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El retrato hablado
En este número se inaugura en las
artes de rabodeají la sección El retrato
hablado. Con ella pretendemos quitarle a los pintores
su monopolio sobre las "veras efigies". No sólo
los pinceles tienen derecho a perpetuar con líneas
y sombras el semblante de las caras ilustres; las plumas tienen
también cómo hacer su "retrato hablado".
La sección tendrá, entonces, retratos de escritores
hechos por escritores, buscando no la adulación del
obituario sino la descripción cáustica del humorista;
como pasa en el grabado, el escritor labrará, con palabras,
la placa de zinc para que su ácido mordiente delinee
la imagen definitiva. A diferencia del retrato en estudio
donde el retratado luce sus mejores galas, levanta la frente
circunspecta y adopta un continente grave, cercano a la inmortalidad,
en el retrato de escritores quien posa está desprevenido,
desvalido ante la pluma de quien lleva tiempo anotando en
su cabeza las particularidades que la víctima cree
ocultas a todos lo ojos, exceptuando los del espejo cruel.
Para el debut de la sección presentaremos dos retratos
de Tomás Carrasquilla. El primero hecho por Tulio González,
quien fuera su compañero en las tertulias del café
La Bastilla. Y el segundo, trazado por el poeta Rafael Maya
cuando Carrasquilla llegaba a los ochenta.
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"Tenía rollizo el cuerpo, alta
estatura, hombros en declive y espaldas abrumadas. La frente
resueltamente ancha, más dilatada aún por el
lamido irrespetuoso de la calvicie, corrido desde atrás
de la coronilla, y cortada en arrugas: las del entrecejo,
muy cavadas, denunciaban el esfuerzo de los músculos
faciales por retener una vista demasiado débil y en
fuga. No usaba anteojos sino en casa, y en general, excepto
el imprescindible bastón de bambú, parecía
rechazar con gesto de juvenil presunción el uso de
todo aquello que contribuyera a confirmar su vejez...Tenía
largas la cejas, aunque escasas, escarmenadas en vedijas undosas.
Descarnada la nariz, de lomo recto y filudo. Los labios, de
delgadez nimia y pulida, golosos, saboreados, de corte de
arma de acero y como labrados para los crueles destrozos del
sarcasmo. Saledizo el mentón, redondeado y sensual
de César decadente. Y las orejas cartilaginosas y grandes,
su voz era desapacible, de falsete, sobremanera discorde con
la amplitud de su contextura..."
Tulio González.
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"Era Célibe. Estaba ciego, por
ese entonces, y permanecía sentado en una amplia silla,
cubierta la cabeza de un gorro bordado y las piernas de una
espesa manta. Era calvo, tenía la frente poderosa,
los ojos pequeños y brillantes, muy hundidos en las
órbitas, nariz ligeramente aguileña y caída
sobre los labios, la barba salidiza y el color de la piel
casi bermejo. Se acercaba a los ochenta años, pero
demostraba aún mucho vigor físico y no había
perdido la memoria, que todavía era lozanísima,
ni el humor picante y malévolo..."
Rafael Maya.
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