Vista de Toledo

"Ver Nápoles y después morir" reza un decir de alguna celebridad, aunque no se sepa a ciencia cierta si en él se consagran o, por el contrario, se ignoran las famosas venganzas a cuchillo propias de los andurriales de ese punto del mapa. Como quiera que sea, es evidente que hay mucho de melancolía en tan peregrino clamor; o, en el extremo de la ecuanimidad, habría que apuntar, más bien, que la frasecilla se vicia en la amenaza del cliché: simplemente, reproduce una vez más la alabanza superlativa hacia cualquier ciudad del mundo, esa misma saudade previsible que hace presa en quien, sin pedirlo, ha nacido allí; o en quien allí ha conocido la pasión de su vida; o en quien se ha prendado de los ornamentos de una fachada; o en quien, luego de un viaje terrible y rayano en la catástrofe, ha arribado gloriosamente salvo a un puerto de esa ciudad. Y como siempre se repiten las mismas razones, resulta que nada hay tan banal como ensalzar una ciudad. Así que, en compensación, ¿podría pensarse en una villa que inspirara una evocación gris, sobria o al menos ecuánime pero, al mismo tiempo, no exenta de sublimidad? Si tal ciudad existe, ella ha de ser la añeja y sombría Toledo, factor común en relatos de viajeros y escritores escépticos, e introducida en la historia universal del rumiar artístico en 1597, cuando El Greco, mohíno y pesaroso, la vertió en una tela que quizá tenía destinada para pincelar el martirio de sabe Dios qué santo. Desde entonces, esa estampa desesperanzada parece haber dirigido las descripciones de quienes han contemplado la ciudad, verificándose de tal suerte un nuevo sortilegio que, de algún modo, es la esencial moraleja de esta antología: "Ver Toledo y después escribir... lánguidamente".

"La Vista de Toledo del Metropolitan de Nueva York, con sus verdes intensos y sus nubes feroces arrastradas por un viento de fuerza 8, atravesadas por desgarraduras de luz".

Antonio Caballero, Paisaje con figuras
 

"De tanto en tanto, me volvía para abarcar, allende la sinuosidad del Tajo, el perfil de Toledo. Lo vi mudar sus tintas, a lo largo de esa jornada de primavera, tan trascendente para mí. Lo vi abandonar su palidez y sonrosarse, herrumbrarse, platearse. Logró el color de las hojas marchitas, en otoño, y el color de las hojas de los álamos, cuando la brisa los estremece. De la misma manera cambié yo, en el andar de las horas, sólo que a la mañana siguiente no pude recuperar, como Toledo, la virginal palidez del alba".

Manuel Mujica Lainez, El laberinto
 

"Pero cruzad durante algunas horas por las revueltas calles de la población hasta que, a pesar vuestro, os empapéis en la atmósfera de gravedad melancólica que respiran sus ruinas; aguardad a que el día comience a caer, a que las dentelladas crestas de las balaustradas ojivales de la catedral se dibujen oscuras sobre el cielo del crepúsculo, y en la gótica torre suene el toque de oraciones en la colosal campana, cuyo tañido truena y zumba como una voz apocalíptica".

Gustavo Adolfo Bécquer, Poética, narrativa, papeles personales
 

"[El ómnibus] descendía a paso de caracol por la cuesta, entre rocas desnudas, bordeando unas ruinas, hasta llegar a la para nosotros sorprendentemente pintoresca y caballeresca ciudad de Toledo. Cruzamos el profundo abismo por el puente de Alcántara; en lo hondo rugía arrolladora el agua amarillenta, moviendo un par de molinos de ladrillo arrimados a la orilla, como si casualmente hubiesen quedado allí encallados tras haber sido arrastrados por un aluvión. En el río se veían ruinas de casas: pisos enteros [...] Ante nuestra vista alzábase ya, por encima de la muralla parda y ruinosa, la ciudad misma, recostada contra el monte, coronada por las ruinas del Alcázar, palacio de Carlos III al que los propios españoles prendieron fuego durante la Guerra de la Independencia contra los franceses".

Hans Christian Andersen, Viaje por España
 

"Toledo, ciudad donde no se hace una casa nueva y donde lo sitian a uno los mendigos, es notable por su catedral que es de los mejores góticos de Europa [...] El río Tajo la cerca haciendo una península, y allí es estrepitoso como el Bogotá en Tocaima; dos puentes (San Martín y Alcántara) lo cortan, tienen torreones y puertos; linda vista; el Alcázar se está refaccionando y es bien bello [...] La vista de la ciudad desde el puente San Martín es bella: arriba del de Alcántara está el artificio de Juanelo para subir el agua a la ciudad. Toledo amenaza acabarse de consunción"

Ángel Cuervo, Viaje a Europa
 

"paseó por la explanada del hospital de Afuera. Al anochecer, desde allá, aparecía Toledo severo, majestuoso; desde la cuesta del Miradero tomaba el paisaje de los alrededores un tono amarillo, cobrizo, como el de algunos cuadros del Greco, que terminaba al caer la tarde en un tinte calcáreo y cadavérico"

Pío Baroja, Camino de perfección
 

 
 


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