Cuando un rostro llega a ocupar la cara de un billete, es necesario que su figura haya sido manoseada en exceso por eso que llaman La Historia. Tal vez el billete sea el pedestal más alto que pueda ocupar la “vera efigie” de cualquier gran personaje. Buena parte del papel moneda lo ocupan quienes han sido héroes, paladines y mártires de las causas nacionales, y casi siempre eso implica un fusil y muchas medallas en la solapa. También las figuras reales adornan con su perfil, y la misma altivez de las águilas, la moneda corriente y los bolsillos de muchos. Y están los científicos y están los artistas. Todos impresos en esa materia vil y anhelada.
Esta nueva sección de rabodeají se encargará de encontrar los billetes en los que aparezca la figura de un escritor. Regalaremos a nuestros lectores esa imagen, que sin duda vale más que mil palabras, y entregaremos una breve biografía del autor con énfasis en el estado de sus finanzas, todo con el fin de saber si el escritor tuvo billete o si todo hace parte de una cruel paradoja alentada por la Historia y acuñada por los Bancos Centrales.
Para esta primera entrega hemos escogido el descontinuado billete de 50 francos en el que aparece Antoine de Saint-Exupery, sabemos de otros cuatro franceses que tuvieron su cuarto de hora en los francos, pero nos gustó el billetico de 50 con su avión, las rutas de vuelo del escritor y piloto y la famosísima figura del petit prince.

 
* Esta sección aparece gracias a la colaboración del
Círculo Numismático Antioqueño (CINA) y especialmente a Ignacio A. Henao.
 
Antoine de Saint-Exupery (1900-1944)
 
En este caso el simple paréntesis con las fechas de nacimiento y muerte, oculta una singular coincidencia: Saint-Exupery nació y murió un 31 de julio. El día de su cumpleaños 44, durante un vuelo de reconocimiento aéreo, un caza alemán derribó su aparato sobre la isla de Córcega. Pero dejemos su muerte en otras manos que muy poco puede decirnos sobre el estado sus arcas.
Antoine fue el tercero de seis hermanos. Era hijo del conde de Saint-Exupery, inspector de seguros, y de Marie de Fonscolombe quien ocupaba el cargo de enfermera jefe en la enfermería de la estación de Ambérieu. Su madre también era de familia noble y muchas veces el joven Antoine pasó días de verano en la casa solariega de su abuelo materno, conocida como Le Châteu de La Môle.
La casa paterna de Saint-Exupery en Lyon no ostentaba el calificativo de castillo como la de su abuelo, pero según palabras de su madre era “acogedora y espaciosa, aunque sin un estilo preciso”; y proporcionó a Antoine y a sus hermanos “una provisión de dulzura”. Los niños jugaban entre las florestas de lilas y los altos tilos, domesticaban pájaros de colores y tórtolas, montaban en una bicicleta a la que le instalaban un alto mástil con su vela. En las noches se recogían en una buhardilla “maravillosa” donde la mamá contaba cuentos que se convertían en “cuadros vivientes”. El terrible Barbazul era gran protagonista.
Leyendo esa infancia de ternuras maternas es imposible no pensar en el pequeño Marcel de Proust, en su ansiado beso de buenas noches que hacía posible que la vida continuara al día siguiente. Una carta de Exupery a su madre, donde recuerda las delicias de la infancia, bien podría ser un pasaje de Por el camino de Swan: “A veces tu subías, abrías la puerta y nos encontrabas rodeados de un agradable calorcillo. Oías como la estufa zumbaba a toda velocidad y volvías a bajar... Madre, te inclinabas sobre nosotros, sobre aquella partida de ángeles, y, para que el viaje fuese apacible, para que nada agitara nuestros sueños, borrabas de cobertor una arruga, una sombra, el oleaje, porque una cama se apacigua como la mar con un dedo divino”.


Le château de La Môle
 
 
  
 
 
 
 
 
 


Los hermanos Saint-Exupéry.
Izq. a Der.: Marie-Madeleine,
Gabrielle, françois,
Antoine y Simone.

En su cumpleaños número 10 Antoine recibe un estilógrafo, con él escribe una carta a su madre donde le pide que le recuerde al tío Emmanuel el asunto de su cumpleaños y la promesa que hizo de regalarle un reloj. En ese momento el muchacho estudia como internado en el colegio de Sainte-Croix, en Mans, el mismo colegio donde había estudiado su padre. En 1914 pasará al colegio de Saint-Jean, en Friburgo, dirigido por los hermanos maristas. Allí estudiará hasta 1917, cuando todos los alumnos mayores del Saint-Jaen, fueron trasladados a un instituto en Boueg-la-reigne, debido a la mala costumbre de encaramarse en los tejados para ver los bombardeos de la Gran Guerra. Su última escala de bachiller es en el instituto Sain-Louis, en París, que hacía las veces de antesala de la escuela naval. Los encargos de Antoine a su madre, hechos desde el Saint-louis a los 18 años, nos dan una excelente pista de los gustos y el refinamiento del joven bachiller: “P. S. Di que me hagan trufas de chocolate; envíame cosas de esta clase, y en cantidad. Harán un efecto excelente en el paisaje de mi estómago. A mí me gusta la auténtica pastelería, los almendros, las trufas de chocolate y los bombones”; y terminaba la carta con una orden perentoria que debía hacerle bastante gracia a su madre: “Ya estás informada. Antoine propone y la familia dispone. Disponed en seguida y aprovisionadme de bombones”.


Colegio: Sainte-Croix du Mans

Pero sus gustos en el vestir no eran menos exigentes, unos meses después, ya con las trufas en el paisaje de su estómago, el joven hacía el pedido para sus galas: “Podrías enviarme lo siguiente: (las autorizaciones de compra aquí no tienen eficacia como en Friburgo): 1. Un sombrero hongo (o mejor aún, envía a Madame Jordan dinero para comprarme uno). 2. cordones de zapato (comprados en Lyon, no en Ambérieu, que se rompen); 3.gorra de marino. (necesito un sombrero para salir el domingo con Yvonne). Así pues, escribe hoy mismo a Madame Jordan, con el dinero, de modo que llegue antes del jueves.” Digamos entonces, que el joven Antoine no sufría apuros económicos, sino simplemente afanes, consistentes en cierta impaciencia por ver llegar sus pedidos.
En 1919 Antoine sufre un fracaso académico, su examen oral en la Academia Naval no convence a los profesores y debe abandonar su sueño marino. Ingresa a la Escuela de Bellas Artes, en la sección de arquitectura, y sólo aguanta un año de planos y tiralíneas, ya la aviación ha hecho sus primeros llamados. En 1921 es destinado al regimiento de aviación en Estrasburgo, pero en calidad de ayudante de tierra, de ahí en adelante todo será una lucha por pilotar aviones. Al comienzo la vida militar lo aburre, Antoine tiene una vitalidad y una necesidad de cambios permanentes que la vida del cuartel no le puede ofrecer: “Mi opinión sobre el oficio militar es que no hay rigurosamente nada que hacer, al menos en la aviación. Aprender a saludar, jugar fútbol, y luego aburrirse horas enteras con las manos en los bolsillos y el cigarrillo apagado en los labios”. Los pedidos de dinero a su madre no se acaban con la llegada al regimiento, pero ya no se trata de chocolates o sombreros, Antoine ha sido encargado de un curso de Aerodinámica y de otro acerca del motor de explosión, necesita comprar algunos “libros bastante caros” y de nuevo se muestra algo imperativo en sus encargos: “¿podrías enviarme dinero en cuanto recibas esta carta?” Pero antes de la despedida en esa carta, con “Un beso de tu respetuoso hijo”, aparece el pedido de su mesada: “¿Podrías enviarme 500 francos al mes? Esto es más o menos lo que me gasto.”
Parece que no siempre llegaban los pedidos con la puntualidad que quería el joven recluta, unos meses más adelante terminaba una carta a su madre diciendo: “¿Podrías enviarme hoy mi pensión? Ya te lo pedía en mi última carta y hace una semana que estoy sin un céntimo”. Habría sido delicioso enviarle diez billeticos con su figura impresa.
En últimas, el dinero de su madre daría a Antoine la posibilidad de ser piloto. En 1921 comenzó su aprendizaje en un avión “Farman sumamente lento”, para sus tres semanas de instrucción necesitaba de 2.000 francos y como siempre el pedido se dirigía a Madame de Fonscolombe. Ahora el joven se mostraba un poco más recatado en sus pedidos y hasta parece que algo de vergüenza acompañaba sus requerimientos: “Te suplico mamá que no hables de ello a nadie y me envíes los fondos. Si quieres te devolveré el dinero poco a poco, descontándolo de mi sueldo. Tanto más cuanto que, como piloto militar, tendré muchas facilidades para el examen de alumnos oficiales”. La madre envió el dinero y Antoine de Saint-Exupery recibió su título civil como piloto, ese giro le ahorró un alistamiento durante un año más para ser piloto militar o un viaje a Marruecos para intentarlo desde el África.


Marie de Fonscolombe
(Madre)
 


Antoine de Saint-Exupéry
en la época de servicio militar
 

 

Hasta aquí el joven Antoine no ha hecho más que pedir dinero a su madre para cumplir con sus caprichos adolescentes y su gran sueño de ser piloto. Ha recibido toda la ayuda necesaria, pero sus padres, aunque nobles, no poseen recursos ilimitados y los otros cinco hijos también han de jalar sus cuerdas, es hora de sacar las manos de los bolsillos y comenzar a trabajar.
Antoine parte a Rabat para incorporarse al tercer regimiento de aviación, aprende a adorar a esa ciudad marroquí, la declara su predilecta y dice con arrebatos líricos: “En Rabat uno tiene la sensación de estar paseando por el polo entre los hielos: esta parte de la ciudad árabe parece enguantada al claro de luna”. Ya hace sus primeros vuelos y ve “desde lo alto su ciudad preferida”.
En 1923 regresa a París a trabajar como controlador de fabricación en una industria de tejas. El trabajo es detestable y el sueldo lo obliga a vivir en un “hotelito sombrío del bulevar de Ornano”. La oficina lo fatiga, lo hace rondar su escritorio y maldecir su “trabajo estúpido”. Pero no durará mucho el martirio de revisar tejas, un año después la empresa de camiones Saurer le ofrece un trabajo para viajar con sus vehículos como inspector de mecánica y representante comercial. Ganará entre 30.000 y 40.000 francos al año y tendrá un “cochecito” para él. Con la sola propuesta el joven Exupery se declara “infinitamente dichoso”. Después de dos semanas de angustia se concreta su nuevo empleo. Antoine dice trabajar como un negro y sin embargo disfruta sus viajes: recorre buena parte de Francia, para en los pueblos, lee diarios y se burla en sus cartas de la vida de provincia, además avanza en la escritura de la que sería su primera novela publicada, El aviador. Y ahora tiene cuenta bancaria en Crédit Lyonnais.
Después de varios meses de trabajo en Saurer el joven piloto siente que por fin ha resuelto su existencia, ha sido nombrado representante de la empresa y sueña con ser rico: “El domingo fui a pilotar a Orly, cuando sea rico tendré una avioneta de mi propiedad e iré a verte a Saint-Raphael”, escribe a su madre en 1924. Sus primeros francos como representante de Saurer los invierte en cambiar su Citroën por un coche rápido, muy orgulloso le cuenta a su hermana Didí y agrega: “tal vez así me consuele un poco del avión”. Por fin llegaba el dinero a sus bolsillos, o mejor a su cuenta del Crédit Lyonnais, y el joven tenía otro sueño, ya no un sueño de aventurero sino de joven burgués: “Nuevamente tengo la esperanza de llegar a poseer un pequeño apartamento”.

Hasta 1926 durará su trabajo por las carreteras, han resultado unas vías más atractivas y Exupery es un piloto de aviones y no un simple conductor de coches. Lo espera la ruta Toulouse-Dakar que le ha ofrecido la compañía aérea Latécoère. El nuevo empleo le permitirá la dicha de volar y sus nuevos ánimos hacen que las cartas a su amiga Rinette: “soy muy felíz. Aquí la aviación es una cosa estupenda. No es ciertamente un juego, y así es como me gusta. Ya no es un deporte como en Le Bourget sino otra cosa, algo inexplicable, una especie de guerra. Es hermosa la marcha de un correo, de madrugada, bajo la lluvia.”
Pero no sólo el espíritu de Antoine respira feliz los altos aires de los Pirineos, sus intereses materiales también esperan ser favorecidos y en sus cartas habla de volver convertido en un hombre “casable”.
Ahora el trabajo incluye todos los riesgos: en el desierto no sólo se deberá “luchar astutamente con las fuerzas de la naturaleza”; los peligros estarán también en el estado de los motores y en la hostilidad de algunas tribus árabes que no parecen gustar demasiado de esos “pajarracos” que atraviesan sus desiertos.
Al poco tiempo Antoine es nombrado comandante en Cap Juby: una escala en pleno desierto, una pista rodeada de intrigas y de fusiles. Si en la infancia el pequeño Saint-Exupery se parecía al frágil Marcel de Por el camino de Swan, en esta nueva etapa se parece al Rimbaud silencioso del desierto. Vuela miles de kilómetros, anda en camello y a pie, arriesga la vida mil veces, libra batallas, rescata pilotos extraviados, convence a delegaciones diplomáticas... Y escribe una frase que bien podría estar en el Barco ebrio de Rimbaud: “Soy juguete de los vientos...ya no me reconozco...”
Pero no siempre su aire es tan literario y tan amigo de los destinos incontrolables, en últimas se divierte, le encanta ese nuevo papel de conquistador de aires y desiertos: “Mi querida Mamá. Estos últimos tiempos he hecho cosas magníficas: buscar camaradas perdidos, rescatar aviones, convencer algunos moros armados, etcétera; jamás había aterrizado ni dormido tantas veces en el Sahara, ni oído silbar tantas balas”.
Ahora sus negocios no incluían camiones sino camellos y fusiles, esa era la moneda del desierto y cuando alguno de sus pilotos caía su misión era buscar un acuerdo favorable: “...la tripulación del primer correo fue hecha prisionera, pero los moros exigen por su entrega un millón de fusiles y un millón de camellos. (¡casi nada!)”
Su vida era la de un fraile en rapto místico, decía vivir en medio de las más absolutas privaciones, durmiendo en una tabla ablandada por un jergón de paja, con una jarra de agua y una máquina de escribir como únicas compañeras, y decía ser absolutamente feliz y haber encontrado su camino. Ese camino también incluía la literatura: en diciembre de 1927 había comenzado a escribir Correo del Sur.
En agosto de 1929 Antoine se embarca rumbo a Buenos Aires, ha sido nombrado Director de la Aeroposta Argentina y los días de aventura marroquí son cosa del pasado. Va un poco triste por dejar su vida de azares en el desierto y dice sentirse más viejo, ya no es “El señor de las arenas”. Sin embargo, la recompensa será en francos, su nuevo trabajo es el de un ejecutivo importante y ya sólo pilotará para realizar inspecciones y reconocer nuevas líneas; el salario será de 225.000 francos anuales. Es hora de que los giros bancarios cambien de sentido, ahora es Madame Fonscolombe quien recibe dinero de su hijo:“La semana que viene recibirás telegráficamente 7.000 francos”. Parece que los buenos días han llegado, Correo del Sur es un libro exitoso y el editor Gallimard quiero otro inmediatamente.
Sin embargo la ciudad lo entristece. Vive en un apartamento “encantador”, según sus propias palabras, pero detesta a Buenos Aires: “...es una ciudad odiosa, sin encantos, sin recursos, sin nada...Una ciudad en la que uno se siente prisionero. Fuera de ella sólo hay campos cuadrados sin árboles, con una barraca en el centro y un molino de agua.” Su único consuelo es el orgullo de su madre: “Mi cargo me produce una gran satisfacción por ti. No está mal ser director de un negocio tan importante como éste a los 29 años. ¿No es verdad?”
Ahora es un hombre rico, quiere que su madre disfrute los francos que lo inundan y que no sabe en qué gastar. La anima para que se vaya a vivir tres meses a Rabat, para que lleve sus pinceles y sus acuarelas, y pinte la ciudad blanca que tanto admiró durante sus años en África: “Te pagaré el viaje, luego, con 3.000 francos mensuales creo que podrás vivir bien”.
Sólo 3 años durará esa vida de holguras. En 1932 Aeroposta Argentina entra en liquidación y es adquirida por Air France, la compañía francesa lo releva de su cargo y Antoine debe volver a incorporarse al ejército como simple piloto. Sus libros siguen apareciendo pero ahora son motivo de desdicha. Sus antiguos compañeros de aventuras aéreas los consideran presuntuosos y falsos, buscan en ellos una simple bitácora y los fastidia el tono exaltado de algunos pasajes: “...por el hecho de haber cometido el crimen de escribir, me he visto condenado a la miseria y a la enemistad de mis compañeros”.
Esa miseria de la que habla tiene mucho que ver con el estado de sus finanzas. En una carta dirigida a su amigo Guillaumet, confiesa sus apuros: “Entre mis peores preocupaciones figuran también las deudas; he llegado al extremo de no poder pagar el gas algunas veces; y hace 3 años que llevo las mismas ropas.”


Carta escrita a Henri Guillaumet, en 1927

Luego vendrá la guerra. Antoine ha sido destinado al grupo de gran reconocimiento 2-33, acantonado en Orconte (Marne). Al comienzo todo le parece “extremadamente lento”, los vuelos son a 10.000 metros y no implican ningún riesgo. Su mayor preocupación es que los bombardeos italianos pongan el peligro a su madre y sus hermanas. Poco a poco se va apoderando de su espíritu la necesidad de tener un verdadero papel en la guerra. En el ejército intentan protegerlo y le encomiendan misiones menores, aptas para un escritor de fama pero no para un piloto temerario. Antoine no lo soporta y le escribe a un amigo influyente: “Aquí se han empeñado en hacer de mí un instructor, no sólo de instrucción sino de pilotaje de grandes bombarderos. Me ahogo, me siento muy desdichado pero debo guardar silencio. Sálvame. Consigue que me envíen con una escuadrilla de caza. Ya sabes que no soy partidario de la guerra, pero me es imposible quedarme en la retaguardia y no correr mi parte de riesgos. Es un gran error intelectual el de pretender que hay que proteger y poner a buen recaudo a quienes ‘tienen un valor’”.
En 1943, un año antes de su muerte, las palabras de Antoine son de una profunda desesperanza, vive en una habitación en compañía de otros dos pilotos y se siente totalmente sólo: “No me importa que me maten en la guerra. ¿Qué queda ya de lo que tanto amé? Tanto como a los seres, me refiero a las costumbres, a las entonaciones insustituibles, a cierta luz espiritual, a la comida en la granja provenzal, bajo los olivos, y también a Handel”.
El final lo contará su madre en unas notas leídas en Marsella y Lyon en 1953: “El 31 de julio de 1944, llega a la mesa equipado para el vuelo. Se toma un café, muy caliente, y sale. Se oye el zumbido del despegue. Ha salido en viaje de reconocimiento por el Mediterráneo y sobre Vercors. El radar lo siguió hasta las costas de Francia; luego se hace silencio.
El silencio persiste y nace la espera. El radar se esfuerza por captar una señal de vida... Antoine fue un chiquillo maravilloso y feliz”.

 

 

 

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