| Mercar
en París
Del antiguo Les Halles a Rangus
por
Luis Fernando Zea
En el corazón del París de finales
de la segunda mitad del siglo XIX y hasta entrados los años
setenta del siglo pasado, existía el gran mercado central
de Les Halles, de cuya arquitectura Eiffel dijera
que “abría a Francia hacia el siglo XX”,
y en el que Verlaine veía “destellos de Vulcano”,
y que caracterizaba ese sector y le daba al entorno una personalidad
hoy añorada por muchos de los que lo disfrutaron como
visitantes ocasionales, y por todos los que fueron sus usuarios,
proveedores, mercaderes, restauranteros, tenderos, y tantas
y tantas personas para quienes el mercado significaba su vida,
su negocio, su ambiente; en el que los amores furtivos eran
lícitos y el vino y los alcoholes se consumían
en horas insólitas.
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De la enorme estructura de hierro, fundición y vidrio
concebida por Víctor Baltard levantada como respuesta
a las críticas que Napoleón III hiciera del
primer mercado de París, al que los parisinos ya llamaban
Le Fort des Halles, sólo queda el Pavillon
n° 8, desmontado y reinstalado en Nogent, que abrigaba
el mercado de huevos y aves, y que hoy se conoce como el Pavillon
Baltard.
Algún día hablaremos de Irma
la Dulce, de la Rue Saint Denis, y de tantas cosas que encierra
ese lugar sagrado de Francia...
Habría tanto que decir del antiguo
Les Halles, que se corre el riesgo de distraer el
tema que nos ocupa: pasar una somera revista al gran mercado
parisino de hoy, el mercado de Rangus, situado al
sur de la ciudad y que en su momento fue llamado el 21ème
arrondissement de París.
Desde el año de 1972, al sur de la
ciudad, en gigantescos edificios de una sola planta, separados
por enormes vías, al llegar la noche y hasta entrada
la mañana, se despliega una actividad que más
que la de un mercado, pareciera ser un ballet de movimientos
acompasados, con actores y actrices por cuya sangre corre
la mas alta capacidad histriónica, en el que la tramoya
hace parecer la cosa como si fuere simple.
Infinidad de camiones enormes, vagones de
tren y carros pequeños y medianos, descargan asombrosas
mercancías venidas de todas partes, y de todas partes
es de todas partes: ancas de rana de Japón, pescados
de los mares del sur de África, de Oceanía y
del Caribe; vinos de California, del norte de África,
o de Chile; frutas de los mas variados olores, sabores y colores;
cuantas especies y variedades de aves comestibles pueda el
hombre encontrar y hasta insípidas algas de los mares
de sur de Asia.
Cada edificio sirve un producto o un género
de productos. Hay el de quesos, no sólo los franceses,
sino también los italianos, los españoles, los
griegos... como si fueran pocos los galos. De ahí la
mención hecha por el general De Gaulle cuando en uno
de los períodos mas difíciles de su gobierno
dijo: “un país que tiene mas de trescientas variedades
queso, es un país ingobernable”.
Entrar al pabellón de carnes de cerdo
es un espectáculo que merece verse, y nada tiene que
envidiar al de pescados y mariscos, que merece verse y olerse,
sin mencionar el de las vísceras o el de las aves.
En este último se combinan legítimas “gallinas
de patio” con los icoporados pollos engordados en diminutas
jaulas y “nutridos” a veces con detestables “alimentos”
concentrados. Busque faisanes, patos de todos los tamaños,
colores y precedencia; codornices, gallinetas y en fin cuanta
ave el hombre come y del lugar que quiera, y allí la
encontrará.
Entrar al pabellón de vinos es cosa
aparte. Si se es aficionado, hay que hacer un viaje expreso,
solo, para caminar sin afanes, mirar, preguntar, aprender.
Las verduras y las legumbres vienen de toda
Europa, muchas de África, algunas de América.
Las hay orgánicas, fruto de injertos maravillosos,
de podas precoces y formas inventadas.
Los rituales de la camaradería entre
compradores y vendedores se mantienen; un “petit Calvados”
a las cinco de la mañana, un vino tinto a las tres
o cuatro, un café cargado de un buen cognac, son permanentes
manifestaciones de amistad y comprensión.
A la par que entran vehículos a descargar,
procedentes de puertos, aeropuertos o después de largos
trechos de carretera o ferrocarril, salen otros con su amable
cargamento hacia distancias terrestres increíbles,
o hacia puertos y aeropuertos que llevarán los alimentos
a los cuatro rincones del mundo.
Baja la fuerza de la danza, aparecen nuevos
actores que con enormes escobas ayudan a evacuar los deshechos
que apretujan enormes chorros de agua, se silencia la música,
todo queda quieto, silencioso, el entreacto dura unas diez
horas. Luego continuará la función, la eterna
función, la inagotable función... |