Cuentos de Darío Restrepo Soto

Los Preparativos

La embarcación está casi lista, y cuando el Diluvio
anegue por segunda vez este mundo
inicuo, seré, con los míos, la semilla de una humanidad
más justa y bondadosa. Pero
entretanto es necesario alejar a tiros a los curiosos y
a quienes pretenden viajar como
polizones en un espacio ya atestado; así que diariamente
rezo para que los cielos abran sus
diques, pues la colina empieza a teñirse de sangre y
cada vez será más difícil mantener
nuestra superioridad con las armas que poseemos...


El Diluvio.
Iglesia de Carahuara de Carangas. Oruro, Bolivia.

 

La Hacienda

Mi abuela fue a misa en la capilla de la plantación,
recibió a unos comerciantes que le
proveían esclavos, y hacia el crepúsculo, "la hora en
que los difuntos avisoran por un
instante el mundo de los vivos", convidó a sus amigos a
tomarse unos rones en el corredor
de la casa, mientras la noche vertía sus toneladas de
tinta sobre un paisaje de cañaverales
y galpones. Cuando estuvieron razonablemente borrachos,
fuimos a la vivienda de los negros,
donde mi abuelo hizo dar cincuenta latigazos a uno de
ellos para mostrar a los visitantes
lo bien que yo contaba cada golpe.
-Pronto -dijo, abrazándome- estará contando hasta
cien...
-Puede hacerlo hasta doscientos -rió uno de los hombres,
de prominente barriga-. Mis negros
son de lo mejor.
-No tanto...-replicó mi abuelo, dando un trallazo al
aire con el látigo ensangrentado-. Los
hay que vienen enfermos, o incluso que mueren antes de
que se haya podido recuperar la
inversión...
 

Volvimos a la casa donde nos aguardaba una espléndida
cena, y hubo algunas bromas a cerca
de la resistencia de los negros antes de que el sueño me
arrastrara a sus catacumbas, donde
lo sucedido tomó proporciones de drama cósmico.
-Eres un chico impresionable-dictaminó mi abuelo a la
mañana siguiente, mientras encendía
un puro y lanzaba hacia el ventanal del comedor los
anillos de una serpiente de humo-. Pero
si vas a mandar aquí algún día, es mejor que inspires
temor y no desprecio.
Esto debió poner punto final a la cuestión, pues mi
abuelo no había cometido más falta que
el abrirme los ojos prematuramente, pero no me resignaba
a que el infierno irrigara nuestra
vida familiar, así que me hice amigo de aquel negro y
cuando sanó de sus heridas lo urgí
para que llevara a cabo un plan de fuga que habíamos
tramado medio en broma, medio en
serio.
-Será más fácil con tu ayuda-dijo él-. Pero si llega a
saberse....
-Descuida. Es algo tan simple que no puede fallar.
-No pareces blanco -murmuró él, sopesándome con sus ojos
de buey-. Los blancos siempre
andan complicándolo todo...

 
A la hora convenida prendí fuego a unas casetas ubicadas
en los lindes de la propiedad, y
en la confusión nadie advirtió la silueta que emergía
del humo para fundirse con el cuerpo
más oscuro de la noche. Al rato lo seguí llevando una
mochila con víveres (el deseo de
aventura era más fuerte que la prudencia), y bajé hacia
la cañada en el fondo de la cual
unos chicos y yo habíamos construido un refugio de palos
y arcilla, cuyo perfecto mimetismo
con el entorno le hacía el lugar ideal para ocultarse
durante largo tiempo. Pero el
fugitivo se hallaba a la intemperie, tratando de paliar
el frío con una mezquina fogata, y
en cuanto le pregunté la razón de ello me respondió
lacónicamente:
-Anda y velo por ti mismo.
La fuga de esclavos no era infrecuente en las haciendas
de la región, por lo cual no le di
mucha importancia al hecho de que hubiera una mujer
negra ocupando parte del refugio. Perdí
algunos minutos tratando de comunicarme con ella, y
luego volví donde mi amigo.
-Está muy asustada -dije-. Pero si le hablas, hay
espacio suficiente para los dos.
-Es una jajali.
-¿Una qué?
-Una jajali, la más despreciable categoría humana,
traída en los barcos por la ceguera de
los traficantes. Cualquiera de mi tribu se haría
desollar vivo antes que compartir techo
con una jajali...

-¿Qué harás, entonces?
-Iré hacia las montañas, y me uniré a los que han ganado
la libertad. Al fin y al cabo, es
lo que habíamos planeado...
En la ambigua luz de la madrugada me estrechó la mano, y
luego, con la mochila en su
espalda, trepó ágilmente la ladera opuesta. Cuando me
asomé al refugio, la mujer se había
marchado: sigilosa como una sombra, había tomado quien
sabe qué rumbo; así que, no teniendo
nada más que hacer allí, regresé por donde había venido,
pensando en cómo sería Africa,
hasta que la vista de la hacienda desovando la ardiente
burbuja del sol me sacó de mis
cavilaciones.


Billete con el que se pagaba
la libertad de los esclavos en la Nueva Granada.

 

 

 

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