Golpe de Suerte
por Javier Gil Gallego
"Pronto llegará el día de mi suerte"
Hector Lavoe

Yo soy Olegario, nací en Quibdó, me crié en Andes, y he rodado por todo Antioquia. Del Chocó me sacó un incendio que acabó con el pueblo y separó a mi familia. La gente de Andes conmigo fue bacana, porque pa qué, es que de entrada fui la sensación: primer negro que llegaba a ese pueblo, las señoras felices con el Olegario: qué negrito tan bonito, esos dientes, esos ojos, cómo es de pícaro; yo me les arrimaba, me les ofrecía, les hacía mandados, les ayudaba en la casa, me ganaba su confianza, me daban comida, ropita, hasta en la escuela me metieron, y como no tenía casa fija, vagaba por el pueblo sin que me faltara nada y sin quién me jodiera. Así viví como ocho años, pero la calle se la admiten a los pelaos, a los muchachos no, y empezaron a meterme en unos enredos, las cuchas desconfiando del negro y los que emigran, además yo nací fue pa' andar, mi sueño era la U. S. A., pero apenas si llegué a Jardín, a veinte kilómetros de Andes, que risa. Allá sí viví en una casa, donde doña Bertilda, qué cucha tan bacana, una mamá; tuve casa, estudio, ropa, todo a lo bien, yo jamás he sido tan juicioso; pero ya como a los veinte años me fue picando ese pueblo. Terminé sexto y de güevón me regalé para el ejército, pagué servicio militar en Apartadó, ¡hijueputa tierra tan brava, no joda!, incluso para un negro como yo. El servicio es una mierda, hermano, y eso que no daban tanto plomo como ahora, ya lo dijo el jefe: "Te metiste a soldado y ahora tienes que aprender". Salí de allá y por hay que era más derecho, me quedé trabajando en una finca bananera, yo no sé qué es más bravo, si el ejército o ese trabajo. Me dije, esa no es conmigo, me dediqué a otras labores, menos santas, pero que dan más billete: descargando y cargando barcos, con matute o con droga; el negro ganando a lo bien, hasta que una vez me pegaron una aplanchada, casi que me matan; pensé, negro, esto está muy peligroso, me dediqué a vender contrabando; pero esa güevonada tiene muchos altibajos, y una mafia ni la hijueputa. Para no alargar mucho la cosa, terminé vendiendo chance y lotería al soco, por Apartadó, Turbo, Carepa, Currulao, todo el eje bananero. Me cansé de venderle a otros y empecé a mezclarle rifitas mías, pues conocía el mercado. Un día me independicé, arranqué haciendo la rifa de la graba que tenía, una nota de aparato: doble casetera, llena de luces, parlantes grandes, severo sonido, como nos gusta a los negros; compré talonario de cien boletas, y a feriar la graba, ¡oigan a mi mamá! Las vendí todas, cogí el billete y me compré un equipo de sonido, para rifarle rumba a los negros, la cosa marchaba. Para diciembre rifé una carreta llena de cosas con las que sueñan los negros, mire no más: equipo de sonido con mil de salida, televisor de veinticuatro pulgadas con control remoto, betamax, atari, nevera de doce pies; eso parquiaba ese viajao, todo el mundo volaba a comprar boletas, me fue más bien que un putas. La rifa es una opción de los pobres. Cuando llegan los malos tiempos aparecen rifas como arroz. Yo me dije, sabe qué, Olegario, hay que competir con calidad, fui y me compré un uilis cincuenta y cuatro, lo puse como una uvita, y ahí estaba el negro con mil boletas, ya sabía por dónde era el camino, así que en un año rifé como tres o cuatro camperos más, que son los carros que gustan por allá. Como vi que la cosa rendía, me compré un montero ful equipo, de esos que les gustan a los mágicos, imagínese que me costó diez melones, para vender boletas a quince lucas, y como era una chimba de carro, decidí abrir mercado, y me fui para el suroeste. Como la nave lo exigía me puse todo el oro que tenía, ahora sí parecía un mafioso -en eso andaban con lo del cartel y Pablito, me miraban con más respeto que un putas-. Cuando llegué a Andes no lo podían creer; que ese negrito que dormía en las calles llegaba montado en esa lancha, los puse a morder. Pero ni así, de esa rifa sólo vendí ochocientas cincuenta boletas, pero como el negro no es güevón, el día de la rifa me encerré con Saúl, una llavería, le dije: sabe qué loco, si la boleta cae entre estas ciento cincuenta que quedaron, le doy un melón, usted sale y dice que se ganó la rifa. Ese man no lo podía creer, se ganó su billete y a mí me quedó el montero, que después volví a rifar, porque yo se lo "compré" de nuevo al viejo Saulo. Cómo le quedó el ojito. Yo he rifado muchos carros, el negocio es bueno, a mí me ha ido bien, lo que pasa es que uno de pobre no sabe guardar ni culo hermano. Me iba para ese puto pueblo de Andes a beber, para mostrarle a todo el mundo que Olegario no era un negro muerto de hambre; es más, me llevé un equipo de fútbol a jugar a Apartadó, en un vuelo charter, puse a hablar a todo ese pueblo. Así me la pasaba entre rifas, bebetas, comelonas, rumbas, viejas; pero la gente no sabe que eso es parte de los negocios -los mejores negocios se hacen bebiendo-. Yo vivía sobrado, para arriba y para abajo y pa' más piedra llegué a rifar carros sin tenerlos, -es que me descapitalizaba en esa rumba corrida que mantenía-, le tomaba una foto a un buen carro que veía, y en Andes decía que el carro estaba en Urabá, pero que mirara que chimba de toyota y sacaba la foto, la misma aplicaba en Turbo. Como no tenía quien me jodiera, me dió por sacar a vivir a una negra bacana, la Mercedes, pero brava esa hijueputa, -empezó a organizar las cuentas y al marido- ya no se podía viajar, rumbiar ni cachoniar tanto, y con el embarazo de ella, ¡negro a pensar en serio!. Todo iba bien como para retirarme de lo de las rifas, pero uno en la vida no debe confiar en nadie.

Hermano, no es por nada, he sido más bueno que un putas, pero la gente a la que uno le hace favores es la que más mal paga. Yo tenía muchos amigos en todo el suroeste, gente rumbera, bacana, no era sino que llegara y alborotábamos esos pueblos. ¡Qué bacanales!. En Betania tenía una severa parcera, una chimba de vieja, con hijo y todo, pero no se le notaba. Cuando iba, ella no se me despegaba, era una sola rasca, esa vieja no se tocaba por nada, éramos amigos a lo bien, a mí no me dolía darle nada, para ella o para el hijo, si uno tiene, que los amigos estén bien. Si no, ¿para qué sirve la plata?. Pero qué va hermano, yo quedé más bajao. Ya no creo en nadie, no como de nada. ¿Cómo es que esa malparida se me tuerce?. Que cabeciada tan hijueputa, todavía me acuerdo y me da piedra, pero bueno, hay que echar pa´ delante. No es la primera vez que me toca arrancar.

Yo soy Marina, nací, me crié, pero creo que ahora sí me voy a poder ir de Betania. Nosotros, como toda familia paisa, éramos una gallada muy grande, como doce. Las mujeres fuimos muy agraciadas, es más, al cucho le decían "chimbo de oro". ¡Qué tarraos!. Eso fue lo único bueno que hizo en su vida, porque ese man nos daba rejo al soco, se emborrachaba y nos encendía, desde que me acuerdo ese hijueputa no hacía sino darle a la cucha, la mantenía seca, a punta de palo y de hijos, siquiera mataron ese güevón, si no acaba con todos, o acabamos con él -no hay mal que dure cien años- pero eso sí, quedamos llevados del putas, sin un peso, lo único que nos quedó fue la casita, a la salida del pueblo, que con tanta gente cada día era más pequeña, y las hermanas mías, las mayores, sin Dios ni ley, se abrieron a la vida -malparidas que no saben hacer las cosas- y fijo métale pelaos a la casa, sin papá para responder, y una fama de putas y atravesadas que nos seguía a donde fuéramos, no sólo en Betania, en todo el suroeste, y nosotras colaborábamos a esa fama, porque rumberas, no perdíamos fiesta en ningún pueblo; llegábamos, nos las poníamos de ruana, y como éramos unas viejas todas buenas, más de uno se lambía por comernos, los poníamos a gastar y de aquello nada, es que los hombres se creen unos vivos y son unas güevas. En esa casa vivíamos como veinte, hasta que la cucha, pobrecita, no aguantó, no sólo por ese trajín en medio de esa pobreza tan malparida, sino esa vida disipada de sus hijos, más el dolor que le causaba Juan Carlos, mi hermanito y mi mejor amigo, el primer marica reconocido de Betania. Al morir la cucha, ahí si fue que se volvió mierda esa casa, yo eso no me lo aguanté, arranqué con Juan Carlos, alquilamos un apartamentico donde él puso la peluquería. Yo seguí rebuscándomela como siempre, vendiendo de todo: ropa interior, lociones, relojes, camisetas; salía a vender a la calle, pero de esa mercancía fiada mucha se pierde, y todo el mundo termina sacándole el culo a uno, por no pagarle. De "agente vendedora", conocí a Alfonso, agente viajero, malparido que me calentó el oído, estuvo conmigo, me preñó y se fue, como todos los hombres: una gallina; y yo que me creía tan aviona, pero sabe qué, Alexander me trajo suerte, qué culicagao más lindo, era un sol, nosotros nos moríamos por él. Vendiendo relojes y maricadas de esas, llegó la solución a mis problemas: apareció en Betania un negro pretencioso, lleno de oro -a ese pueblo nunca iban negros, y con oro menos- manejando severo montero: llantas anchas, rompenieblas, mataburro, equipo de sonido que ponía a todo taco en todas partes; estaba dizque rifando esa chimba de nave, todo el mundo decía que ese negro era traqueto. Pero el loco era un bacán y repartía trago al soco, gastaba como un animal, en esos primeros cinco días que estuvo allá nos hicimos buenos parceros, él al principio, como todos los hombres, detrás de la cuca, pero yo después de la experiencia que tuve, ni mierda con nadie, aunque prendido siempre retacaba, yo lo manejaba. Después de este primer viaje quedamos de buenos amigos, porque a los dos nos gustaba el trago, la rumba, la bulla, la varetica; cada vez que llegaba a Betania o a cualquier pueblo del suroeste, me buscaba y siempre traía presentes para Alex, Juanca, y me regalaba buenas pintas, me daba mercado, ese negro era una bendición de Dios; lo acompañaba a veces a otros pueblos, lo de nosotros era pura amistad, colegaje entre pobres. El negro no siempre que ofrecía boletas traía el carro, a veces se aparecía con la foto del Toyota que estaba rifando, la mostraba, la gente igual le compraba, porque tenía labia para vender, ¡qué hijueputa tan carretudo!. Le daba dos aguardientes al cliente y en media hora se levantaba con una nueva boleta vendida. Uno por pobre, pero oyéndole ese carretazo le daban ganas de sacar veinte o treinta lucas y comprarle la rifa a ese loco. Era un bacán, un día me invitó a Apartadó, dizque de madrina de un equipo de fútbol de Andes, en un vuelo charter, un partido contra unos manes más pata dura, los reinsertados, nos metieron como seis goles, pero pasamos sobrados: pasiamos, comimos, bebimos y conocí el mar. Llegué al pueblo y la gente toda chismosa me preguntaba por el mar, yo me sentía como si hubiera llegado de Europa, cuando hablaba del vuelo charter, todo el pueblo quedaba boquiabierto: ¿Cómo alguien podía alquilar un avión, llevarlo, esperarlo y traerlo? Increíble, ese negro tiene billete, quien lo ve tan sencillo. Y yo colgada a él como mi marido, no, mentiras, de verdad yo a ese negro no le di nada, no era que no me gustara, porque el negro era pintoso, además tenía mucho qué agradecerle, pero en estos pueblos todo se sabe y no es por creerme, pero los treinta me sentaron, estaba echa una chimbita. El y yo hacíamos buenas migas, moviamos los pueblos, tengo muy buenos recuerdos con el negro, pero lo mejor que me pasó fue que salí de pobre, gracias a él, creo que es la reencarnación de San Martín de Porras, porque, ¡qué milagroso!.

Uno es muy güevón y le pasan las cosas por porfiado, yo ya estaba cansado de esas rifas, esa viajadera tan tenaz, la gente ya no tiene para comprar rifas -¡Si no hay para comida!- Pero conociendo el mercado, decidí tirarla toda, coger unos buenos pesos de una vez, y dedicarme a otros negocios con mi mujer, que ya estaba putísima con esa vagabundiadera mía tan berraca, que no me ha dejado ni culo, no he prosperado nada y ya ando por la edad de Cristo. Decidí hacer una cuca de rifa: una Toyota jailuz, una moto DT, premio de melón semanal y cien lucas diarios, nunca había echo una mejor. Yo calculaba a esa rifa sacarle cincuenta melones; en gastos y premios se me iban treinta y cinco, quedaban quince de plante para arrancar a camellar, esos melones valían el esfuerzo de tres meses; cinco melones mensuales. ¿Quién se gana ese billete viajando, bebiendo y cachoniando?. Las cosas no salieron como las había pensado; ni los mismos cafeteros calculaban que la cosecha iba a ser tan mala, los precios tan perratiaos, la broca, la guerrilla; en Urabá estaban haciendo salir a todo el mundo. ¡Que descachada tan malparida!. Con mucho esfuerzo logré vender setecientas sesenta boletas, libré la inversión, pero es mucho trabajo, para no ganarse uno nada. Pero todavía quedaban abiertas puertas, yo sabía arreglármelas para que quedara billete, -todo hueco tiene su salida- pero yo no sospechaba que esa Marina fuera tan torcida, si no, me hubiera luquiado; es que uno no debe confiar en nadie, menos en las mujeres.

Yo estaba tranquila en la casa, echando cuentas, organizando la mercancía, cuando llegó el negro Olegario, que hacía días no venía, muy cariñoso él como siempre, detallista, lleno de regalos, todo prendo, montado en severa camioneta; me invitó a comer, a beber. Eso sí, no perdía tiro para ofrecer las dichosas boletas, que eran las que le daban el billete. Aunque esta vez él se me quejó de que las ventas no estaban buenas, que había trabajado en balde, pero que uno nunca se debía de desesperar, que más arriba de Dios no vive nadie, y que él me iba a proponer un cruce que nos convenía a los dos, me podía ganar un buen billete. Yo me dije: mierda, este negro se metió a trabajar con los duros. Pero a la final el negro fue la respuesta a mis oraciones. Me la puso en la mano, me dio el gran empujón de mi vida, es que a uno lo tienen que ayudar, si no, no es capaz. ¡Solo, ni por el putas!

La noche del sorteo me fui para donde la Marina con botellita de guaro, dos vareticos, un pollo, paquete de malboro; como para celebrar a lo bien, echamos carreta, una risueña del putas; porque yo con esa pelada pasaba bacanísimo, ella era muy chévere, un varón con faldas, no se tocaba por nada, ya todos ventiados como a las diez, pusimos el radio para escuchar el sorteo de la lotería, cuando supimos el número ganador, saqué de la mochila las boletas que habían quedado, y hermano, ¡qué alegría!. Tenía la boleta ganadora, ahí mismo le propuse a la Marina que si decía que esa boleta la había comprado ella, yo le daba tres melones. A ella se le abrieron severas pepas de ojos, se tomó uno doble y dijo que si, claro, qué cuándo ella en la vida iba a conseguir tres melones, me dio severo abrazo y me repetía: verdad negro, es verdad, es en serio, no se me vaya a mamar, negrito bello; brincaba de la alegría. Malparida tan torcida, pero un teatro de esos, ¿quién no se lo come?

Yo les juro que a mí nunca me pasó por la cabeza, la famosa propuesta que me iba a lanzar el negro. Él llegó a la casa todo armado como para una rumba que yo creí que era de despedida, porque el negro había conseguido mujer, y ya no pensaba seguir vendiendo boletas. Inicialmente él no habló nada del negocio, yo pensaba, ese negro anoche estaba muy prendó y me estaba cañando; pero qué va, como a las diez me quitó un casete de Oscar La Roca, me puso el sorteo de la lotería, cuando oyó el número ganador empezó a buscar en un cerro de boletas que tenía en la mochila, se puso todo contento porque le había quedado la boleta ganadora. Le dije negro menos mal te salvaste. Salvaste, ¡las güevas!. Si no me cogen la rifa la tengo que volver a hacer, pero sabe qué, ¿se acuerda del negocito del que le hablé ayer? Bueno, le voy a dar a usted mamacita tres melones si sale mañana y le cuenta a todo el mundo que se ganó la Toyota. Dejamos pasar unos días y después me la "vende" ¿se la pilla?. Yo me puse feliz, brincaba, esa noche me pegué una de las mejores borracheras de mi vida, en lo único que pensaba era en mi Alex: él no iba a ser un arrastrado como yo.

El sábado me levanté tardísimo, a mí sí, gracias a Dios, no me da guayabo, todo el pueblo andaba prendido porque Marina se había ganado la Toyota. Muy a las once vino y me pidió las llaves de "su carro", la mujer arrancó pitando por todo el pueblo, con ese carro lleno de sardinos, frenando y saludando a todo el mundo, las señoras salían de las casas, los catanos de los cafés, el comentario era el mismo: "Mire esa loca tan de buenas, pero ese carro no pudo haber quedado en mejores manos, eso sí pa qué". Era buena propaganda para mí, que me hacía el güevón mientras Marina era la reina, con esa vieja estaban saliendo las cosas mejor de lo que había pensado, ya debía de saberse en todo el suroeste, porque esa pelada era muy conocida, estaba hecho, ya me veía de nuevo rifando la camioneta, la retirada se iba a demorar; con esa publicidad tan tenaz y gratis. Uno cree que conoce la gente y que todo está arreglado, pero cuando las cosas no van a salir, es mejor hacerse uno el güevón. "Contra el destino nadie da talla".

En ese puto pueblo yo era una diosa, montada en una Toyota doble cabina, pa' arriba y pa' abajo, paraba y saludaba a todo el mundo, unos me miraban con envidia, pero había gente que se alegraba viéndome montada en esa nave, los cuchos todos tocones, me invitaban a beber, pero qué hijueputas, yo ese día no comía de nada, y Marinita por aquí, Marinita por allá, incluso me saludaban viejas que no me podían ver ni en pintura, yo a todos los ponía a morder, estaba en la cima del mundo, era la cuca del suroeste, me sentía dueña de la situación. En medio de esa algarabía y esa prenda tan tenaz fue que se me vino la idea de torcerme. Yo me puse a pensar: las güevas, ese negro me trajo la suerte, a la larga ese man es un faltón y faltón que falta a faltón... Los caminos del Señor, como dice el cura, son imprevisibles, yo a él le he pedido mucho que me saque de esta situación y él me manda la plata en forma de un negro tumbador. ¿Si la dejo pasar, cuándo vuelve?.

Al otro día madrugué para donde Marina, con los tres melones y por el carro, tenía ganas de regresar a Turbo, y la Mercedes la última vez que hablamos estaba enroscada. Cuando llegué a la casa, me contaron que ella se había ido para Andes en la camioneta. A mi se me salió la piedra, porque estaba bien que diera vueltas en el pueblo, pero Andes estaba muy lejos y esa vieja ni pase tenía. Cogí un carro y me fui a buscarla para que me entregara esa puta camioneta de una vez. Llegué a Andes y casi no la encuentro, estaba en un restaurante comiendo con los pelados, ni siguiera se asustó cuando me vio. Cuando le hice el reclamo me dijo: no me alce la voz, ni me abra los ojos, que no le voy a echar gotas, venga para allí que usted y yo tenemos mucho qué conversar. Me llevó a una mesa desocupada y me soltó severo parlamento, bajito pero firme, muy acentuado. ¿Sabe qué, negrito? Yo me encariñé con ese carro, porque yo me lo gané con el ciento setenta y tres, para todo el mundo ese carro es mío, usted me llevó la suerte a la casa y gratis, yo no se la devuelvo, usted verá qué hace, ese carro no me lo quita ni el putas, y para que vea que yo no soy faltona quédese con los tres melones. Negrito, sabe qué, yo esto lo hago por Alex, yo a usted lo quiero como un putas, ha sido como un padre para Alex, pero no quiero que él coma tanta mierda como yo. A usted le queda más fácil que a mi, usted la ha tenido y la ha tirado, para nosotros los pobres las oportunidades son escasas, si acaso una en la vida, y usted me la regaló, Diosito me la mandó con usted; yo no soy una torcida, soy una pobre que jamás verá tanta plata junta. Negrito, para que no le de mucha piedra, tómelo como una obra de caridad al salvar una familia, y es una buena forma de hacer propaganda, sabiendo que usted es el único que hace rifas que se las ganan los pobres.

FIN



 

 

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