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Yo
soy Olegario, nací en Quibdó, me crié
en Andes, y he rodado por todo Antioquia. Del Chocó
me sacó un incendio que acabó con el pueblo
y separó a mi familia. La gente de Andes conmigo fue
bacana, porque pa qué, es que de entrada fui la sensación:
primer negro que llegaba a ese pueblo, las señoras
felices con el Olegario: qué negrito tan bonito, esos
dientes, esos ojos, cómo es de pícaro; yo me
les arrimaba, me les ofrecía, les hacía mandados,
les ayudaba en la casa, me ganaba su confianza, me daban comida,
ropita, hasta en la escuela me metieron, y como no tenía
casa fija, vagaba por el pueblo sin que me faltara nada y
sin quién me jodiera. Así viví como ocho
años, pero la calle se la admiten a los pelaos, a los
muchachos no, y empezaron a meterme en unos enredos, las cuchas
desconfiando del negro y los que emigran, además yo
nací fue pa' andar, mi sueño era la U. S. A.,
pero apenas si llegué a Jardín, a veinte kilómetros
de Andes, que risa. Allá sí viví en una
casa, donde doña Bertilda, qué cucha tan bacana,
una mamá; tuve casa, estudio, ropa, todo a lo bien,
yo jamás he sido tan juicioso; pero ya como a los veinte
años me fue picando ese pueblo. Terminé sexto
y de güevón me regalé para el ejército,
pagué servicio militar en Apartadó, ¡hijueputa
tierra tan brava, no joda!, incluso para un negro como yo.
El servicio es una mierda, hermano, y eso que no daban tanto
plomo como ahora, ya lo dijo el jefe: "Te metiste a soldado
y ahora tienes que aprender". Salí de allá
y por hay que era más derecho, me quedé trabajando
en una finca bananera, yo no sé qué es más
bravo, si el ejército o ese trabajo. Me dije, esa no
es conmigo, me dediqué a otras labores, menos santas,
pero que dan más billete: descargando y cargando barcos,
con matute o con droga; el negro ganando a lo bien, hasta
que una vez me pegaron una aplanchada, casi que me matan;
pensé, negro, esto está muy peligroso, me dediqué
a vender contrabando; pero esa güevonada tiene muchos
altibajos, y una mafia ni la hijueputa. Para no alargar mucho
la cosa, terminé vendiendo chance y lotería
al soco, por Apartadó, Turbo, Carepa, Currulao, todo
el eje bananero. Me cansé de venderle a otros y empecé
a mezclarle rifitas mías, pues conocía el mercado.
Un día me independicé, arranqué haciendo
la rifa de la graba que tenía, una nota de aparato:
doble casetera, llena de luces, parlantes grandes, severo
sonido, como nos gusta a los negros; compré talonario
de cien boletas, y a feriar la graba, ¡oigan a mi mamá!
Las vendí todas, cogí el billete y me compré
un equipo de sonido, para rifarle rumba a los negros, la cosa
marchaba. Para diciembre rifé una carreta llena de
cosas con las que sueñan los negros, mire no más:
equipo de sonido con mil de salida, televisor de veinticuatro
pulgadas con control remoto, betamax, atari, nevera de doce
pies; eso parquiaba ese viajao, todo el mundo volaba a comprar
boletas, me fue más bien que un putas. La rifa es una
opción de los pobres. Cuando llegan los malos tiempos
aparecen rifas como arroz. Yo me dije, sabe qué, Olegario,
hay que competir con calidad, fui y me compré un uilis
cincuenta y cuatro, lo puse como una uvita, y ahí estaba
el negro con mil boletas, ya sabía por dónde
era el camino, así que en un año rifé
como tres o cuatro camperos más, que son los carros
que gustan por allá. Como vi que la cosa rendía,
me compré un montero ful equipo, de esos que les gustan
a los mágicos, imagínese que me costó
diez melones, para vender boletas a quince lucas, y como era
una chimba de carro, decidí abrir mercado, y me fui
para el suroeste. Como la nave lo exigía me puse todo
el oro que tenía, ahora sí parecía un
mafioso -en eso andaban con lo del cartel y Pablito, me miraban
con más respeto que un putas-. Cuando llegué
a Andes no lo podían creer; que ese negrito que dormía
en las calles llegaba montado en esa lancha, los puse a morder.
Pero ni así, de esa rifa sólo vendí ochocientas
cincuenta boletas, pero como el negro no es güevón,
el día de la rifa me encerré con Saúl,
una llavería, le dije: sabe qué loco, si la
boleta cae entre estas ciento cincuenta que quedaron, le doy
un melón, usted sale y dice que se ganó la rifa.
Ese man no lo podía creer, se ganó su billete
y a mí me quedó el montero, que después
volví a rifar, porque yo se lo "compré"
de nuevo al viejo Saulo. Cómo le quedó el ojito.
Yo he rifado muchos carros, el negocio es bueno, a mí
me ha ido bien, lo que pasa es que uno de pobre no sabe guardar
ni culo hermano. Me iba para ese puto pueblo de Andes a beber,
para mostrarle a todo el mundo que Olegario no era un negro
muerto de hambre; es más, me llevé un equipo
de fútbol a jugar a Apartadó, en un vuelo charter,
puse a hablar a todo ese pueblo. Así me la pasaba entre
rifas, bebetas, comelonas, rumbas, viejas; pero la gente no
sabe que eso es parte de los negocios -los mejores negocios
se hacen bebiendo-. Yo vivía sobrado, para arriba y
para abajo y pa' más piedra llegué a rifar carros
sin tenerlos, -es que me descapitalizaba en esa rumba corrida
que mantenía-, le tomaba una foto a un buen carro que
veía, y en Andes decía que el carro estaba en
Urabá, pero que mirara que chimba de toyota y sacaba
la foto, la misma aplicaba en Turbo. Como no tenía
quien me jodiera, me dió por sacar a vivir a una negra
bacana, la Mercedes, pero brava esa hijueputa, -empezó
a organizar las cuentas y al marido- ya no se podía
viajar, rumbiar ni cachoniar tanto, y con el embarazo de ella,
¡negro a pensar en serio!. Todo iba bien como para retirarme
de lo de las rifas, pero uno en la vida no debe confiar en
nadie.
Hermano, no es por nada, he sido más
bueno que un putas, pero la gente a la que uno le hace favores
es la que más mal paga. Yo tenía muchos amigos
en todo el suroeste, gente rumbera, bacana, no era sino que
llegara y alborotábamos esos pueblos. ¡Qué
bacanales!. En Betania tenía una severa parcera, una
chimba de vieja, con hijo y todo, pero no se le notaba. Cuando
iba, ella no se me despegaba, era una sola rasca, esa vieja
no se tocaba por nada, éramos amigos a lo bien, a mí
no me dolía darle nada, para ella o para el hijo, si
uno tiene, que los amigos estén bien. Si no, ¿para
qué sirve la plata?. Pero qué va hermano, yo quedé
más bajao. Ya no creo en nadie, no como de nada. ¿Cómo
es que esa malparida se me tuerce?. Que cabeciada tan hijueputa,
todavía me acuerdo y me da piedra, pero bueno, hay que
echar pa´ delante. No es la primera vez que me toca arrancar.
Yo soy Marina, nací,
me crié, pero creo que ahora sí me voy a poder
ir de Betania. Nosotros, como toda familia paisa, éramos
una gallada muy grande, como doce. Las mujeres fuimos muy
agraciadas, es más, al cucho le decían "chimbo
de oro". ¡Qué tarraos!. Eso fue lo único
bueno que hizo en su vida, porque ese man nos daba rejo al
soco, se emborrachaba y nos encendía, desde que me
acuerdo ese hijueputa no hacía sino darle a la cucha,
la mantenía seca, a punta de palo y de hijos, siquiera
mataron ese güevón, si no acaba con todos, o acabamos
con él -no hay mal que dure cien años- pero
eso sí, quedamos llevados del putas, sin un peso, lo
único que nos quedó fue la casita, a la salida
del pueblo, que con tanta gente cada día era más
pequeña, y las hermanas mías, las mayores, sin
Dios ni ley, se abrieron a la vida -malparidas que no saben
hacer las cosas- y fijo métale pelaos a la casa, sin
papá para responder, y una fama de putas y atravesadas
que nos seguía a donde fuéramos, no sólo
en Betania, en todo el suroeste, y nosotras colaborábamos
a esa fama, porque rumberas, no perdíamos fiesta en
ningún pueblo; llegábamos, nos las poníamos
de ruana, y como éramos unas viejas todas buenas, más
de uno se lambía por comernos, los poníamos
a gastar y de aquello nada, es que los hombres se creen unos
vivos y son unas güevas. En esa casa vivíamos
como veinte, hasta que la cucha, pobrecita, no aguantó,
no sólo por ese trajín en medio de esa pobreza
tan malparida, sino esa vida disipada de sus hijos, más
el dolor que le causaba Juan Carlos, mi hermanito y mi mejor
amigo, el primer marica reconocido de Betania. Al morir la
cucha, ahí si fue que se volvió mierda esa casa,
yo eso no me lo aguanté, arranqué con Juan Carlos,
alquilamos un apartamentico donde él puso la peluquería.
Yo seguí rebuscándomela como siempre, vendiendo
de todo: ropa interior, lociones, relojes, camisetas; salía
a vender a la calle, pero de esa mercancía fiada mucha
se pierde, y todo el mundo termina sacándole el culo
a uno, por no pagarle. De "agente vendedora", conocí
a Alfonso, agente viajero, malparido que me calentó
el oído, estuvo conmigo, me preñó y se
fue, como todos los hombres: una gallina; y yo que me creía
tan aviona, pero sabe qué, Alexander me trajo suerte,
qué culicagao más lindo, era un sol, nosotros
nos moríamos por él. Vendiendo relojes y maricadas
de esas, llegó la solución a mis problemas:
apareció en Betania un negro pretencioso, lleno de
oro -a ese pueblo nunca iban negros, y con oro menos- manejando
severo montero: llantas anchas, rompenieblas, mataburro, equipo
de sonido que ponía a todo taco en todas partes; estaba
dizque rifando esa chimba de nave, todo el mundo decía
que ese negro era traqueto. Pero el loco era un bacán
y repartía trago al soco, gastaba como un animal, en
esos primeros cinco días que estuvo allá nos
hicimos buenos parceros, él al principio, como todos
los hombres, detrás de la cuca, pero yo después
de la experiencia que tuve, ni mierda con nadie, aunque prendido
siempre retacaba, yo lo manejaba. Después de este primer
viaje quedamos de buenos amigos, porque a los dos nos gustaba
el trago, la rumba, la bulla, la varetica; cada vez que llegaba
a Betania o a cualquier pueblo del suroeste, me buscaba y
siempre traía presentes para Alex, Juanca, y me regalaba
buenas pintas, me daba mercado, ese negro era una bendición
de Dios; lo acompañaba a veces a otros pueblos, lo
de nosotros era pura amistad, colegaje entre pobres. El negro
no siempre que ofrecía boletas traía el carro,
a veces se aparecía con la foto del Toyota que estaba
rifando, la mostraba, la gente igual le compraba, porque tenía
labia para vender, ¡qué hijueputa tan carretudo!.
Le daba dos aguardientes al cliente y en media hora se levantaba
con una nueva boleta vendida. Uno por pobre, pero oyéndole
ese carretazo le daban ganas de sacar veinte o treinta lucas
y comprarle la rifa a ese loco. Era un bacán, un día
me invitó a Apartadó, dizque de madrina de un
equipo de fútbol de Andes, en un vuelo charter, un
partido contra unos manes más pata dura, los reinsertados,
nos metieron como seis goles, pero pasamos sobrados: pasiamos,
comimos, bebimos y conocí el mar. Llegué al
pueblo y la gente toda chismosa me preguntaba por el mar,
yo me sentía como si hubiera llegado de Europa, cuando
hablaba del vuelo charter, todo el pueblo quedaba boquiabierto:
¿Cómo alguien podía alquilar un avión,
llevarlo, esperarlo y traerlo? Increíble, ese negro
tiene billete, quien lo ve tan sencillo. Y yo colgada a él
como mi marido, no, mentiras, de verdad yo a ese negro no
le di nada, no era que no me gustara, porque el negro era
pintoso, además tenía mucho qué agradecerle,
pero en estos pueblos todo se sabe y no es por creerme, pero
los treinta me sentaron, estaba echa una chimbita. El y yo
hacíamos buenas migas, moviamos los pueblos, tengo
muy buenos recuerdos con el negro, pero lo mejor que me pasó
fue que salí de pobre, gracias a él, creo que
es la reencarnación de San Martín de Porras,
porque, ¡qué milagroso!.
Uno es muy güevón y le pasan las
cosas por porfiado, yo ya estaba cansado de esas rifas, esa
viajadera tan tenaz, la gente ya no tiene para comprar rifas
-¡Si no hay para comida!- Pero conociendo el mercado,
decidí tirarla toda, coger unos buenos pesos de una
vez, y dedicarme a otros negocios con mi mujer, que ya estaba
putísima con esa vagabundiadera mía tan berraca,
que no me ha dejado ni culo, no he prosperado nada y ya ando
por la edad de Cristo. Decidí hacer una cuca de rifa:
una Toyota jailuz, una moto DT, premio de melón semanal
y cien lucas diarios, nunca había echo una mejor. Yo
calculaba a esa rifa sacarle cincuenta melones; en gastos
y premios se me iban treinta y cinco, quedaban quince de plante
para arrancar a camellar, esos melones valían el esfuerzo
de tres meses; cinco melones mensuales. ¿Quién
se gana ese billete viajando, bebiendo y cachoniando?. Las
cosas no salieron como las había pensado; ni los mismos
cafeteros calculaban que la cosecha iba a ser tan mala, los
precios tan perratiaos, la broca, la guerrilla; en Urabá
estaban haciendo salir a todo el mundo. ¡Que descachada
tan malparida!. Con mucho esfuerzo logré vender setecientas
sesenta boletas, libré la inversión, pero es
mucho trabajo, para no ganarse uno nada. Pero todavía
quedaban abiertas puertas, yo sabía arreglármelas
para que quedara billete, -todo hueco tiene su salida- pero
yo no sospechaba que esa Marina fuera tan torcida, si no,
me hubiera luquiado; es que uno no debe confiar en nadie,
menos en las mujeres.
Yo estaba tranquila en la casa, echando cuentas,
organizando la mercancía, cuando llegó el negro
Olegario, que hacía días no venía, muy
cariñoso él como siempre, detallista, lleno
de regalos, todo prendo, montado en severa camioneta; me invitó
a comer, a beber. Eso sí, no perdía tiro para
ofrecer las dichosas boletas, que eran las que le daban el
billete. Aunque esta vez él se me quejó de que
las ventas no estaban buenas, que había trabajado en
balde, pero que uno nunca se debía de desesperar, que
más arriba de Dios no vive nadie, y que él me
iba a proponer un cruce que nos convenía a los dos,
me podía ganar un buen billete. Yo me dije: mierda,
este negro se metió a trabajar con los duros. Pero
a la final el negro fue la respuesta a mis oraciones. Me la
puso en la mano, me dio el gran empujón de mi vida,
es que a uno lo tienen que ayudar, si no, no es capaz. ¡Solo,
ni por el putas!
La noche del sorteo me fui para donde la Marina
con botellita de guaro, dos vareticos, un pollo, paquete de
malboro; como para celebrar a lo bien, echamos carreta, una
risueña del putas; porque yo con esa pelada pasaba
bacanísimo, ella era muy chévere, un varón
con faldas, no se tocaba por nada, ya todos ventiados como
a las diez, pusimos el radio para escuchar el sorteo de la
lotería, cuando supimos el número ganador, saqué
de la mochila las boletas que habían quedado, y hermano,
¡qué alegría!. Tenía la boleta
ganadora, ahí mismo le propuse a la Marina que si decía
que esa boleta la había comprado ella, yo le daba tres
melones. A ella se le abrieron severas pepas de ojos, se tomó
uno doble y dijo que si, claro, qué cuándo ella
en la vida iba a conseguir tres melones, me dio severo abrazo
y me repetía: verdad negro, es verdad, es en serio,
no se me vaya a mamar, negrito bello; brincaba de la alegría.
Malparida tan torcida, pero un teatro de esos, ¿quién
no se lo come?
Yo les juro que a mí nunca me pasó
por la cabeza, la famosa propuesta que me iba a lanzar el
negro. Él llegó a la casa todo armado como para
una rumba que yo creí que era de despedida, porque
el negro había conseguido mujer, y ya no pensaba seguir
vendiendo boletas. Inicialmente él no habló
nada del negocio, yo pensaba, ese negro anoche estaba muy
prendó y me estaba cañando; pero qué
va, como a las diez me quitó un casete de Oscar La
Roca, me puso el sorteo de la lotería, cuando oyó
el número ganador empezó a buscar en un cerro
de boletas que tenía en la mochila, se puso todo contento
porque le había quedado la boleta ganadora. Le dije
negro menos mal te salvaste. Salvaste, ¡las güevas!.
Si no me cogen la rifa la tengo que volver a hacer, pero sabe
qué, ¿se acuerda del negocito del que le hablé
ayer? Bueno, le voy a dar a usted mamacita tres melones si
sale mañana y le cuenta a todo el mundo que se ganó
la Toyota. Dejamos pasar unos días y después
me la "vende" ¿se la pilla?. Yo me puse feliz,
brincaba, esa noche me pegué una de las mejores borracheras
de mi vida, en lo único que pensaba era en mi Alex:
él no iba a ser un arrastrado como yo.
El sábado me levanté tardísimo,
a mí sí, gracias a Dios, no me da guayabo, todo
el pueblo andaba prendido porque Marina se había ganado
la Toyota. Muy a las once vino y me pidió las llaves
de "su carro", la mujer arrancó pitando por
todo el pueblo, con ese carro lleno de sardinos, frenando
y saludando a todo el mundo, las señoras salían
de las casas, los catanos de los cafés, el comentario
era el mismo: "Mire esa loca tan de buenas, pero ese
carro no pudo haber quedado en mejores manos, eso sí
pa qué". Era buena propaganda para mí,
que me hacía el güevón mientras Marina
era la reina, con esa vieja estaban saliendo las cosas mejor
de lo que había pensado, ya debía de saberse
en todo el suroeste, porque esa pelada era muy conocida, estaba
hecho, ya me veía de nuevo rifando la camioneta, la
retirada se iba a demorar; con esa publicidad tan tenaz y
gratis. Uno cree que conoce la gente y que todo está
arreglado, pero cuando las cosas no van a salir, es mejor
hacerse uno el güevón. "Contra el destino
nadie da talla".
En ese puto pueblo yo era una diosa, montada
en una Toyota doble cabina, pa' arriba y pa' abajo, paraba
y saludaba a todo el mundo, unos me miraban con envidia, pero
había gente que se alegraba viéndome montada
en esa nave, los cuchos todos tocones, me invitaban a beber,
pero qué hijueputas, yo ese día no comía
de nada, y Marinita por aquí, Marinita por allá,
incluso me saludaban viejas que no me podían ver ni
en pintura, yo a todos los ponía a morder, estaba en
la cima del mundo, era la cuca del suroeste, me sentía
dueña de la situación. En medio de esa algarabía
y esa prenda tan tenaz fue que se me vino la idea de torcerme.
Yo me puse a pensar: las güevas, ese negro me trajo la
suerte, a la larga ese man es un faltón y faltón
que falta a faltón... Los caminos del Señor,
como dice el cura, son imprevisibles, yo a él le he
pedido mucho que me saque de esta situación y él
me manda la plata en forma de un negro tumbador. ¿Si
la dejo pasar, cuándo vuelve?.
Al otro día madrugué para donde
Marina, con los tres melones y por el carro, tenía
ganas de regresar a Turbo, y la Mercedes la última
vez que hablamos estaba enroscada. Cuando llegué a
la casa, me contaron que ella se había ido para Andes
en la camioneta. A mi se me salió la piedra, porque
estaba bien que diera vueltas en el pueblo, pero Andes estaba
muy lejos y esa vieja ni pase tenía. Cogí un
carro y me fui a buscarla para que me entregara esa puta camioneta
de una vez. Llegué a Andes y casi no la encuentro,
estaba en un restaurante comiendo con los pelados, ni siguiera
se asustó cuando me vio. Cuando le hice el reclamo
me dijo: no me alce la voz, ni me abra los ojos, que no le
voy a echar gotas, venga para allí que usted y yo tenemos
mucho qué conversar. Me llevó a una mesa desocupada
y me soltó severo parlamento, bajito pero firme, muy
acentuado. ¿Sabe qué, negrito? Yo me encariñé
con ese carro, porque yo me lo gané con el ciento setenta
y tres, para todo el mundo ese carro es mío, usted
me llevó la suerte a la casa y gratis, yo no se la
devuelvo, usted verá qué hace, ese carro no
me lo quita ni el putas, y para que vea que yo no soy faltona
quédese con los tres melones. Negrito, sabe qué,
yo esto lo hago por Alex, yo a usted lo quiero como un putas,
ha sido como un padre para Alex, pero no quiero que él
coma tanta mierda como yo. A usted le queda más fácil
que a mi, usted la ha tenido y la ha tirado, para nosotros
los pobres las oportunidades son escasas, si acaso una en
la vida, y usted me la regaló, Diosito me la mandó
con usted; yo no soy una torcida, soy una pobre que jamás
verá tanta plata junta. Negrito, para que no le de
mucha piedra, tómelo como una obra de caridad al salvar
una familia, y es una buena forma de hacer propaganda, sabiendo
que usted es el único que hace rifas que se las ganan
los pobres. FIN |