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La siguiente entrevista, atípica
por tener sólo dos preguntas que desatan una inmensa
repuesta de Porfirio Barba Jacob salpicada aquí y allá
por las impresiones del reportero, fue la última que
se le hizo al poeta Colombiano. La realizó Neftalí
Beltrán a finales de diciembre de 1942, semanas antes
de la muerte de Miguel Ángel Osorio- nombre con el
que Porfirio quiso que se elevaran las oraciones por su alma-.
La foto que acompaña la entrevista y la piadosa respuesta
del poeta contradicen su escandalosa y turbulenta existencia.
Poco parece quedar de ese huracán que fue tomando fuerza
en Antioquia para después asolar Centroamérica
con vendavales de escándalos, injurias y versos. Quien
alguna vez dijo que cambiaba la eternidad por un tequila,
en sus días finales sólo deseaba morir como
aquellos "a quienes más había querido,
don Emigdio y doña Benedicta, sus abuelos". En
opinión de Fernando Vallejo, "Barba Jacob, el
espíritu intemporal, empezaba a personificarse, a encarnar
el hombre temporal asolado por la nostalgia y la muerte".
Antes morir, en una habitación distinta a la de la
foto en el Hotel Sevilla, recibió la comunión
y se confesó con el padre Gabriel Méndez Plancarte
quien dirigía la revista Ábside, donde apareció
un artículo relativo a la confesión del poeta;
eso sí, sin dar luces acerca del inmenso catálogo
de infracciones capitales que debieron soportar los castos
oídos del confesor. Más tarde vendrían
las palabras de la extremaunción: "Por esta santa
unción y por su piadosísima misericordia, perdónate
el Señor cuanto hayas pecado con la vista, con los
labios y la palabra, con las manos y el tacto..." Es
seguro que con todo esto y con algo más pecó
Barba Jacob.
No sobra decir que la hoja amarillenta de Noticia de Colombia
donde se publicó esta entrevista, la encontramos en
un pequeño álbum de recortes acerca de la vida
y la muerte de Barba Jacob, que apareció entre los
papeles de la biblioteca personal de León De Greiff.
Hablando con Porfirio
Barba Jacob
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Neftalí Beltrán
Especial para Noticia de Colombia
Por insinuación del Director de Noticia de Colombia,
Germán Pardo García, me presenté alguno
de estos días a ver a Porfirio Barba Jacob.
Germán Pardo García, que siempre ha tenido como
una gran preocupación la situación cultural de
su país dentro del Continente, tenía un interés
muy especial en publicar en su revista una plática, una
conversación con este colombiano ilustre que es sin discusión,
uno de los valores poéticos americanos.
Porfirio Barba Jacob está muy enfermo, sería bueno
que vaya usted a visitarlo.
No esperé más. Siempre he sentido una gran estimación
por este poeta como hombre y como creador.
En el "Hotel Sevilla", en la calle de Ayuntamiento,
me encuentro con él. Confieso que me causó una
extraña impresión verlo postrado en su lecho.
Extraordinariamente delgado, con la voz apagada que parece salirle
desde muy adentro. |
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¿-Cómo se
siente usted poeta?
-Ya lo ve, me dice Barba Jacob, muy enfermito.
¿-Y moralmente?
-Muy mal. He sido siempre una persona que ha gustado de la vida
a través de los sentidos, y ahora me siento incapacitado
para todo. Me ha gustado comer, me ha gustado beber. Nada de
eso puedo hacer ahora. El otro día, sabe usted, he vuelto
a descubrir lo maravilloso de lo sencillo. Me trajeron, a la
hora de la comida, un caldo, nada más que un caldo. Con
zanahorias, con nabos. ¡Qué delicia! ¡Qué
banquete extraordinario! Y es natural que haya sido así
porque yo, en el fondo, soy nada más que un campesino.
Mi infancia fue feliz en Antioquia viviendo en medio de rancheros,
de hombres del campo que son, como usted sabe, gente sencilla
y ruda pero de una bondad extraordinaria. Sí, de una
gran sencillez y muy cercanos a la perfección evangélica.
A pesar de esta felicidad, o quizás por ella, viví
una vida de muchacho un poco en desacuerdo con lo que mis abuelos
querían que yo fuera: agricultor. No vaya usted a pensar
por esto que haya sido intelectualmente un niño precoz.
Llegue a los catorce años inocente, quizá un poco
retardado por la falta de escuelas, de maestros y mi afán
de vagar por el campo. Aquí brillan los ojos de Barba
Jacob y exclama incorporándose de su lecho: ¡Pero
qué maravilla! Qué maravilla mis abuelos, otros
dos nietos y yo. Allí no necesitábamos de nada.
Todo lo teníamos a la mano. Los productos de aquellas
tierras de mis abuelos iban a venderse en el mercado, los domingos.
Era realmente extraordinario, créamelo.
Luego me mandaron a Bogotá. Hasta los quince años
comencé a leer poesía y mi primera lectura en
este sentido fue Guillermo Valencia a quien yo considero un
grandísimo poeta y maestro de la forma, de quien he tenido
una influencia decisiva. Por el mismo tiempo leía yo
a Luis G. Urbina y a José Asunción Silva, que
acababa de morir. A Darío no leí sino hasta los
veinte años y fue más o menos a esa edad cuando
sentí repentinamente el anhelo de escribir. Mi primer
poema, lo recuerdo muy bien, es bellísimo, aun en medio
de sus titubeos. Está publicado y se llama "La tristeza
del camino". He sacado la poesía de mí mismo
y ha sido, durante toda mi vida, un ejercicio desinteresado
no sólo en cuanto a lo económico sino que nunca
me he preocupado siquiera de hacerme publicidad alguna. El hecho
de haber llegado a los cincuenta años sin publicar un
libro, lo demuestra. Y es que la poesía ha sido para
mí la mejor recompensa. Recompensa de haber nacido, de
tener que morir, de sufrir y de encontrarme dentro del mundo.
Esa es la angustia humana, sabe usted, la eterna pregunta de
Hamlet. ¿Soy? ¿No soy? ¿A dónde
voy a ir? ¿Por qué he venido? Y sin embargo la
poesía ha sido para mí la presea, la corona de
todos mis esfuerzos, de todas mis luchas en la vida. Usted lo
ve, estoy pobre, enfermo, y aún así, si en mi
mano estuviera el poder volver a nacer y cambiar el panorama
de mi vida, no lo haría.
Recuerdo que en una novelita de Unamuno, uno de los personajes
decía que "Hay que aceptar la religión porque
es opio". Los místicos, también, resuelven
este problema a su manera. Yo, en cambio, soy un epicúreo
y además, católico. Católico por disciplina,
y por elegancia. |
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Después,
he vagado por aquí y por allá... Llegué
a México en 1907, sin dinero y como un campesino
asustado. Recuerdo que me causó pavor la metrópoli,
un miedo extraño. Fui entonces a vivir a Monterrey
y allí me hice periodista. México es un
país extraordinario, me gusta muchísimo
aunque, claro, tengo siempre la nostalgia de Colombia.
Sigo siendo muy antioqueño en mi carácter,
y hombre de ideas universales. Esto es, un hombre que,
al fin y al cabo es el elemento poético por excelencia,
todo elemento estético reside allí, porque
la poesía debe ser humana y el hombre ha sido y
sigue siendo valor estético en todas las épocas.
Lo mismo en Hegel que en Nietzsche, en los siglos góticos
que en renacimiento.
Y ahora, ya lo ve, la poesía está incapacitada,
como todas la artes, para resolver en forma alguna los
problemas del mundo actual. La poesía está
inerme, incapacitada para oponer reacciones inmediatas
al torrente de la muerte en la guerra. Sólo prácticamente
pueden ser combatidos la violencia y el odio para restaurar
las virtudes cristianas. Es angustioso, terrible y desolador. |
¿Qué podemos hacer nosotros contra
el bronce y la sangre? Sólo practicar el amor cristiano.
Rectificar en nombre nuestro y en el de todos los equivocados.
Tratar de ser interiormente lo más perfecto que se pueda.
Aquí calla barba Jacob, se ve el esfuerzo enorme que
ha tenido que hacer para poder hablar conmigo, contarme sus
cosas, sus impresiones. Un grupo de amigos suyos ha pretendido
que vuelva a su país pero esto es imposible por el estado
de gravedad en que se encuentra y no sólo eso sino que
su condición económica es muy precaria.
Colombia vuelve a ser, para Barba Jacob, la tierra prometida.
Pero su espíritu está allá en Antioquia,
entre los campesinos tan cercanos, como él dice, a la
perfección evangélica. |
La tristeza del camino (fragmentos) |
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