Una orgía de libros
con libros en
CUENTOS QUE HE QUERIDO ESCRIBIR
por Ignacio Piedrahíta
| Poner un
montón de cuentos juntos y llevarlos al público
como un libro de espesor considerable es más
que una exigencia de mercado. En principio cada cuento
es una entidad aislada que, mientras cuenta, también
establece las dimensiones de su propio mundo. Es así
como puede explicarse el hecho de dejar los libros
de cuentos a la mitad, o a veces tan sólo con
haber leído el primero. Porque parece poco
natural que en una sola tarde puedan caber tantos
mundos.
Cada autor tiene una forma única
de presentar esos mundos de fantasía y tal
podrá identificarse en sus relatos en alguna
medida. Así, estos entes autónomos que
aparentan ser los cuentos, en realidad son parte de
los colores con que un autor pinta el universo en
cada lector. Más allá de la perfección
de un relato, un escritor busca una gran ventana a
través de la cual pueda ser concebido el espectro
completo de la naturaleza. |
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El cuento
cuenta con una presencia autónoma donde es todo
cuanto dice y establece con su lector, pero un cuento es
también una parte de esa abertura a través
de la cual un autor nos permite ver el mundo. Aunque los
cuentos no necesitan estar unidos por estrategias formales,
pues la colección de los mismos tiene su propio sentido
como conjunto, y en estos también puede intervenir
deliberadamente el autor. En Cuentos que he querido escribir
hay una forma ingeniosa de presentación que atrae
y dice mucho del carácter de su autor, además
de enriquecer la relación con el lector, pues le
manifiesta su consideración como contraparte del
ejercicio literario. La intención de Juan Carlos
Orrego por presentar su colección más allá
de poner los cuentos uno tras otro, significa ponerse del
otro lado y hacer una primera lectura de sí mismo,
en un gesto de solidaridad que el lector acoge con agrado.
Orrego escribe, dentro
de la serie de sus relatos (su libro de cuentos), un
cuento final que narra la concepción de los otros que
lo acompañan y que lleva el título muy significativo
de "Cuentos que he querido escribir". También
es ése el título del libro, un aspecto necesario
para enriquecerlo con una paradoja. Y además de haber
escrito un cuento final que explicara o uniera todos los otros
que conforman el libro, hay también un "Índice
para consultores". Éste, ubicado al final como
parodiando un libro de texto, contiene las referencias de
autores, obras y personajes de ficción que el lector
encontrará a lo largo de los relatos. En síntesis,
nueve relatos con algo muy particular en común, un
décimo que de manera arrogante considera la posibilidad
de los nueve anteriores y finalmente un índice de consulta.
Pero ¿qué
hay más allá de estos juegos formales? En los
cuentos de Orrego hay una presencia ubicua de los libros:
los libros como única forma de amar, los libros como
reveladores de dramas humanos, los libros como laberintos,
los libros como amigos desleales, los libros como cosas que
otros leen, los libros para comprar y vender, los libros como
fichas de dominó. Incluso, la ausencia de los libros.
El tema de los cuentos de Orrego es el libro, desde su naturaleza
como objeto material hasta la calidad de su texto; el libro
como presencia múltiple.
Los
nueve relatos
Hay quienes afirman
que la materia de escritura es la vivencia personal, la aventura
real; y hay quienes aseguran que la acción del escritor
se halla atrapada en el mundo de las ideas. De ahí
que las formas de contar se muevan entre lo objetivo y realista,
de un lado, y lo muy sicológico en el otro. Y es tal
vez dentro de este espectro donde los cuentos de Orrego presentan
los mayores desafíos. Es inusual que un escritor pueda
moverse fácilmente sobre una superficie tan amplia.
Los relatos pueden ocurrir en ocasiones como reflexiones obsesivas,
como es el caso de un librero que vive en sus recuerdos, o
a veces como verdaderas aventuras que suceden en el centro
de Medellín o en un vagón del metro. Estas cuentas
aparentemente esparcidas tienen en común, como hemos
dicho, la presencia de los libros.
Entre los cuentos que
narran desde una voz interior se encuentra "Más
acá de la tumba de Jorge Isaacs", donde un librero
rumia sus amores ficticios en recuerdos de hace ¡10
ó 20 años! El librero, un personaje que se puede
mirar como una faceta presente en cada lector, acaricia sus
amores simultáneos en el plano de la ficción
y deja, para la realidad, la melancolía y el remordimiento
de no poder actuar. Y no sólo este tránsito
del mundo de las ideas al de la realidad le resulta desventajoso
en sentido general, sino también en casos particulares
como el de Juliana, que pasó de ser un amor platónico
a un amor por costumbre. Ricardo Peña, nuestro lector
extremo, apuesta pocas veces a la carrera entre la conciencia
y la acción, y de hacerlo, pierde, y además
sin ánimo de revancha; "porque son muchos los
libros que ha leído y ha creído".
Una narración
dominada también por las cavilaciones, es la "Historia
de un escritor y un laberinto". Un escritor sin ideas
repasa los títulos de su biblioteca en busca de inspiración.
De pronto, descubre que tras el mueble hay una pared sin fondo
y un espacio, un laberinto. Al principio no hay temor en la
exploración de los salones que se abren uno tras otro,
sino un método copiado de Borges que le da confianza
para internarse en las recámaras. El escritor continúa,
preso de su curiosidad, por pasadizos y puertas, narrando
y explorando. Luego descubre que el método no sirve
para este laberinto que hay en su propio estudio, entonces
adopta uno propio y sobreviene el temor. Es el tortuoso recorrido
de la creación. "En medio de estos pensamientos
llegué a la primera salita de todo el sistema. Miré
hacia todos lados antes de escurrirme por el espacio medio
del estante, como si esperara encontrar allí una primera
y última clave para la comprensión de todo el
misterio".
Al margen de las tribulaciones
de lectores y escritores que viven en laberintos literarios,
aparecen las amenas aventuras librescas. Los libros dejan
de ser causa de una locura que atrapa a lector y escritor,
para convertirse en protagonistas de su cotidianidad. En La
mujer que hablaba dormida, un manuscrito autobiográfico
le revela a un lector intruso, los motivos largamente buscados
de un suicidio. El lector es, en este caso, un cuidador de
casas desocupadas cuya curiosidad lo lleva a leer ese manuscrito
donde el difunto ve con terror cómo su esposa anuncia
entre sueños el suicidio de su propio marido.
Pero los libros no
son sólo las historias que contienen, también
son objetos que se compran y se venden, se regalan y hasta
se roban, sin que tenerlos en las manos signifique que van
a ser leídos. Los libros, seres versátiles,
están también en las librerías y en las
calles, andando como cualquiera e incidiendo desde ahí
en la vida del lector. Memorias de un comprador de libros
es una maravillosa narración acerca de un muchacho
que resulta conociendo el centro de la ciudad a medida que
recorre las librerías. El chico conoce la biblioteca
de casa y del colegio, pero ¿de dónde vienen
los libros como objetos, dónde se compran y cómo?
Sin saberlo, este muchacho va a sufrir uno a uno los tormentos
del comprador de libros: No comprar un libro en su momento,
para ver como muere luego el impulso por leerlo; no comprar
un libro en su momento para después no encontrarlo;
y finalmente, saberse comprando libros que nunca van a ser
leídos.
Dentro de las aventuras
librescas se encuentra también En el metro,
la historia de un lector cuyo pasatiempo (o fetiche) es definir
a las personas según la lectura que estén haciendo.
El autor cuenta una historia de comedia al presentar los prejuicios
de un lector sobre las lecturas que podrían caber
en las manos de un transeúnte cualquiera. Es un cuento
espontáneo, ágil y va directo al corazón
de cualquier usuario y lector del metro, o al contrario. El
lenguaje y el escenario son propios y necesarios para describir
con humor una "jerarquía" en la que se embarcan
algunos lectores y aprovecha para criticar la acartonada imposición
académica sobre la literatura.
Los libros empezaron
siendo motivo de monólogos y laberintos para sus lectores,
pero cada vez nos movemos hacia el extremo del libro como
protagonista. Un par de amigos lectores se inventan un juego
con base en el dominó tradicional en el que cada ficha
constituye un tema y cada valor de la ficha, un libro. Es,
de hecho, un dominó literario digno de patentar entre
lectores desocupados y obsesivos. En Dominó
hay únicamente narradores participantes, que entran
a través de un diálogo sin acotaciones; juegan
sin que nadie los vea.
No obstante, una vez
el lector se toma tanta confianza con esos objetos de cuidado
que pueden ser los libros, las consecuencias que sobrevienen
podrían costarle, como al señor Quijada, Quesada
o Quejana, la locura. Rayuela y Los cuarenta ladrones
y Alí Babá ponen en evidencia los peligros
de una subversión literaria en la cual se revuelve
uno de los principios más tranquilizadores del libro:
el texto siempre es el mismo, así sus lecturas comprendan
un número extensísimo como lectores y lecturas
puedan presentarse. En el primero, que lleva el nombre de
la novela de Cortázar, ocurre nada más que ¡un
cambio de autor! Un ejemplar que ha mudado deliberadamente
de creador empieza por hacer temblar el sosiego de su lector,
con las funestas consecuencias de ser tragado por su ficción.
En el segundo, un recuento del famoso relato árabe
entre un par de amigos, les muestra la lejanía de sus
lecturas individuales al no coincidir en sus referencias,
empezando por la de un título al revés.
Finalmente, un cuento
presenta la posibilidad de una vida sin lectura después
de la muerte. En una sátira a la eterna pregunta, Un
lector en el infierno se ve sindicado al mayor castigo,
la privación de su lectura. Frente a la petición
del lector condenado arguyendo soledad, el secretario del
infierno le responde que leyendo también se está
solo. El lector replica que hay una diferencia fundamental,
que cuando se lee se "quiere estar solo".
Cuentos
que he querido escribir
Este es el último
relato de los diez, y como advertimos pretende tejer la malla
que los sostiene a todos. Para esto, el autor se concentra
en eso que conscientemente podría atar tantos mundo
diversos y autónomos: la mano que los escribe. Cuentos
que he querido escribir relata la historia de un joven
escritor que confía sus proyectos al juicio de su tío
carpintero. El tío, quien parece cansado ya de tantas
lecturas y que considera tal vez inoportuno y terco el querer
contar lo ya contado, hace severos comentarios a los manuscritos
que le lleva su sobrino:"(...) mi tío tiró
por fin el legajo a una silla de cuero que había entre
nosotros y, más categórico que nunca, exclamó:
No me gusta".
Este relato es, además,
una primerísima lectura hecha por el autor, lo que
tiene como consecuencia esa suerte de consideración
hacia el lector. Además, la coincidencia en el nombre
del libro y la de este último relato constituye una
paradoja con un par de ingredientes interesantes: los cuentos
que "ha querido escribir" fueron, de hecho, escritos,
y además su autor es también su lector.
Índice
para consultores
Orrego había
salido ya del mundo de los relatos para atarlos desde afuera.
Ahora lo hace de nuevo, ubicándose por encima de todos
los textos y elaborando un índice de referencias que
constituye otro lazo más alrededor de la colección,
una atadura que apela incluso a un estilo académico
para ponerlos todavía más lejos. Con esto se
logra que cada plano de ficción aparezca como un subconjunto
de otro, fundiendo aún más el límite
entre lectores y lecturas, entre una supuesta objetividad
que estuviera englobando la posibilidad de la ficción.
El libro "Cuentos
que he querido escribir" es historias de libros, lecturas,
lectores y escritores, todos participando de igual a igual
en esferas que se intersectan y se contienen unas en otras.
Un esquema de este tipo demuestra la dificultad para trazar
límites claros entre ficción y realidad; un
tema muy difícil si se quiere mantener la posibilidad
de una obra con o sin referencias literarias. En el libro,
las referencias abundan, pero están tan finamente dispuestas
que no incomodan al lector que las desconozca.
Juan Carlos Orrego
nos muestra que el mundo de los libros no le pertenece únicamente
a los lectores como eruditos de la literatura ni que la ubicación
de lector y lectura está tácitamente designada
en el proceso, sino que sólo hay un universo donde
hay libros y lectores de todos los tipos y medidas, sin jerarquías
ni orden establecido que les permita su salvación.
Cuentos que he
querido escribir
Juan Carlos Orrego
Fondo Editorial Universidad Eafit, 1999.
Primera reimpresión, 2002.
Medellín, Colombia.
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