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UNA LECCIÓN DE VANIDAD
por:Juan Carlos Orrego Arismendi
| ¿Por qué
una novela ha de llamarse Una lección de abismo?
El hombre avezado en asuntos de academia literaria quizá
suponga que la novela se refiere a sí misma como
una muñeca rusa que se albergara, repetida, dentro
de su propio vientre , fenómeno que algunos eruditos
han etiquetado con la expresión "puesta en
abismo". Pero no hay tal: si bien es una colección
de epístolas lo que compone la novela al mejor
estilo de Las amistades peligrosas de Choderlos
de Laclos , ninguno de los personajes escritores redacta
de su propia mano una novela que se llame Una lección
de abismo. |
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En este caso,
el abismo lo forman otros riscos y otras pendientes, de los
cuales ya se nos da noticia en la atiborrada página
de los epígrafes: en francés para que mejor
lo entiendan los lectores políglotas , aparece una
frase de Viaje al centro de la Tierra de Julio Verne,
allí donde el protagonista alude a las lecciones de
abismo que le impartía su tío antes de emprender
el viaje fantástico, haciéndole subir repetidas
veces a un elevado campanario para que lograra dominar el
vértigo que le acometía con sólo mirar
abajo.
Sin embargo, tampoco hay en Una lección de abismo
campanarios ni jóvenes excursionistas en entrenamiento,
y si la alusión a Verne explica el título, lo
hace sólo en calidad de metáfora. Porque lo
que ocurre en la novela de Ricardo Cano Gaviria es algo muy
distinto: dos primos, uno en la aldehuela francesa de Montefontaine
y otro en Newhaven, intercambian cartas, y básicamente
en torno a un asunto amoroso. Jasmin un nombre ridículo
para un hombre, tal como lo hace notar algún personaje
, en Montefontaine, acecha la casa de las mellizas Lambert
y termina enredado en tormentosos amores con una de ellas,
muy a pesar de que, en la infancia, hubiese sido erigido un
pacto "de no agresión" entre los dos primos:
para evitar rivalidades entre ellos, habían jurado
no pretender amorosamente, jamás, a ninguna de las
dos mujeres. Y el amor abyecto en que se sume Jasmin, esa
pasión en que consiente arrastrarse bajo su amada y
ser pisoteado literalmente por ella, se le antoja a él
como una voluptuosa "lección de abismo".
Pero no se crea que Ricardo Cano Gaviria permite a su lector
construir una propia interpretación de eso que, bien
podría decirse, ha de entenderse como la esencia abstracta
de la novela, como su sutil entramado simbólico. No:
el autor interpreta la idea del abismo para todos ¿es
prudente explicar el epígrafe en una novela, tal como
ocurre en ésta? , sagacísimo y profundo, e incluso,
en algunas páginas, embebido de trascendentalismo,
hace que las palabras que los protagonistas vierten en sus
cartas sean, más que palabras de personajes creíbles,
las sutiles sugestiones de gentes muy inteligentes que merecerían,
cada uno, haber escrito la novela en vez de Ricardo Cano Gaviria.
A este respecto, Pierrette Vatard, una niña que a sus
catorce años es tan sagaz como Hercule Poirot y tan
fluida en la escritura como Leopoldo Alas "Clarín",
hace en la novela un papel de marisabidilla que, por su inverosimilitud,
termina incomodando al lector, e incluso podría decirse,
a la lectora feminista.
Pero si se explica abrumadoramente toda la sutileza semántica
de la novela, sus hechos materiales no dejan, por ello, de
acusar una cierta iluminación penumbrosa. Robert, el
primo que veranea al otro lado del Canal de La Mancha, se
muestra algo turbado al conocer los asuntos de Jasmin, pero
no, como podría creerse, porque sienta violado el pacto
de la infancia ¡sólo su cándido primo
podría valorar tamaña cursilería! , sino
porque él ya lo ha hecho años antes y, trenzándose
en amores con una de las mellizas, ha precipitado un drama
sórdido de celos en que la otra, al parecer, ha encontrado
la muerte. ¿Pero qué pasó realmente en
aquel pasado? ¿Si ha muerto una melliza por qué
Jasmin, en el presente de la novela, dice ver a las dos? ¿La
melliza sobreviviente ejecuta un doble y macabro papel, con
alguna aquiescencia de Robert? ¿Cómo muere,
en últimas, el desventurado Jasmin? Por supuesto, la
novela sugiere caminos de dilucidación para estas cuestiones,
pero nunca exhibe con claridad el encadenamiento preciso de
los hechos, esos que sólo parece conocer el narrador
y que apenas revela parcialmente al lector. Y, entonces, he
aquí la paradoja: el sentido de las materias subjetivas
le es señalado férreamente al lector, mientras
que le es confiada a su entera responsabilidad la reconstrucción
de los hechos objetivos, los mismos que el autor, deliberadamente
acaso sacrificando la claridad ante la tentación de
ejercitar el ingenio , no termina de presentar. ¿O
lo que ocurre es que a Cano Gaviria se le hace inevitable
ese sesgo más o menos policíaco que antes evidenciara
en El Prytaneum (1981)?
Por supuesto, la presentación incompleta de ciertos
hechos no es, en sí, un yerro de la novela, pues ese
carácter velado de la exposición, esa aparición
paulatina de algunas informaciones sólo puede redundar
a favor de una enfebrecida expectativa de lectura. Incluso,
cierto pasaje en que se revela, intempestivamente, un crudo
telegrama, puede llevar al lector a un inusitado sobresalto,
acaso el mismo que sintió si ya leyó, en páginas
de Edgar Allan Poe, el dramático sorteo de cuatro náufragos
que rifaban la suerte de servir de vianda a los demás.
Sin embargo, el interés del lector decrece una vez
que, ocurridos los hechos más relevantes de un clímax
más o menos prematuro, el narrador echa a rodar una
segunda parte en que, como ya decíamos, abundan las
palabras "inteligentes", y no propiamente aquellas
que podrían hacer las veces de acicate para una lectura
desbocada. En otras palabras: en esa segunda parte en que
el lector quisiera que se le revelaran los hechos que se le
han ocultado, sólo se topa, de manos a boca, con la
jactanciosa correspondencia de dos personajes Robert y Pierrette
que, mutuamente, tratan de impresionarse con su sutileza verbal
a lo largo de más de 70 páginas.
De tal suerte, al cerrar las tapas de una novela que se había
prometido como excelente a lo largo de casi todas sus páginas,
el lector no puede evitar sentir una sensación de decepción
ante lo que le han deparado las últimas líneas,
ésas en las que siempre se espera encontrar una deslumbrante
clave del mundo: allí ha encontrado que el enigma de
la novela, una vez planteado, desdeña la oportunidad
de la respuesta y se pierde en los miasmas de su propio envanecimiento.
Algo así como si la Esfinge, al formular la temible
pregunta a Edipo, hubiese optado por soplarse las uñas
para luego limárselas contra el pecho, acompañando
todo eso de una arrogante mirada por el rabillo del ojo sobre
el hijo de Yocasta.
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