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LAS BRUJAS O LA DIVERSIÓN
IMPUNE
por: Ricardo Aldemar Peña
| Con suficiencia
se ha probado que, si se busca moralizar a los niños
por vía de la literatura, es inevitable darse
de bruces contra el fracaso. Como bien lo ha dicho Evelio
Rosero Diago, "Aunque cualquier niño ante
cualquier cuento haga cara de bobo hipnotizado, es muy
posible que el cuento de marras incluso uno clásico
le valga un huevo de avestruz". Así que,
indudablemente, para viejos o para niños, si
se ha de hacer literatura no hay por qué obedecer
a un objetivo que no sea éste: tener el deseo
de contar una historia, tener la única pretensión
de entretener. |
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Sería absurdo, por
ejemplo, pensar las doscientas páginas de Las brujas
(novela infantil de Roald Dahl, autor galés) plagadas
de cándidas moralejas y sosas exhortaciones al buen
comportamiento: a qué dudarlo, ni el más bienintencionado
de los niños tendría la voluntad suficiente
para alcanzar al menos la página cincuenta, pues
cualquier interés por la anécdota terminaría
hecho pedazos en medio de las más insufribles reconvenciones.
Felizmente, en la novela de Dahl no ocurre nada de eso;
por el contrario, ocasionalmente se destilan consejos que
más fácil pervertirían que edificarían
buenas costumbres en sus lectores.
Un niño y su abuela se encuentran, en un lujoso hotel
de veraneo, con una peligrosa horda de brujas, a las que
deciden combatir poniendo en ello la más increíble
osadía, incluso sin dar importancia al hecho de que
el joven protagonista se vea convertido, hasta el fin de
sus días, en un insignificante ratón. Pues
bien, lector, imagine ahora a ese ratón filtrándose
por todos los recovecos del hotel, esquivando hechizos y
peligros: difícilmente podría pensarse en
un argumento más atractivo. Pero la astucia de Dahl
llega más allá de esta que pudiéramos
llamar estrategia arquitectónica; con deliberación,
el novelista hace que la abuela el personaje en que deberían
recaer todas las funciones educativas sea justamente una
criatura impaciente, veleidosa e irresponsable, tanto como
su nieto o acaso mucho más que él. Bien puede
tomarse nota de una recurrente opinión de la vieja,
escandalosa en el seno de las sociedades morigeradas: "Los
niños no deberían bañarse nunca (...)
Es una costumbre peligrosa". Además, a la buena
señora le parece más atractivo irse por el
mundo a la buena de Dios, a los ochenta y seis años,
que una vida reposada en medio de los valores culturales
de la humanidad: quizá así deba interpretarse
un episodio del cierre de la novela, cuando la vieja, perdidos
los cabales en medio del arrebato de planear nuevas aventuras,
echa por tierra un histórico jarrón Ming:
"¡A la porra con los jarrones! gritó ¡Estoy
tan emocionada que no me importa romperlos todos!".
Por su parte, el narrador el joven ratón , abraza
los principios de su abuela y asume posiciones que, por
lo que respecta a una juiciosa mentalidad de niño
domesticado, no son para nada convencionales: avala el voyeurismo
de las impurezas ajenas ("Siempre es divertido pillar
a alguien haciendo algo grosero cuando cree que nadie le
ve. Meterse un dedo en la nariz, por ejemplo, o rascarse
el culo"), le repugnan las circunstancias propias de
la rutina infantil ("¿Y qué tiene
de maravilloso ser un niño, después de todo?
(...) A los niños los puede atropellar un coche o
pueden morir de alguna espantosa enfermedad. Los niños
tienen que ir al colegio") y, lo más singular,
no le importa vivir una vida corta: cuando descubre que
no vivirá muchos años, el ratón se
adormila dulcemente y se siente "en paz con el mundo",
en una actitud más propia de un extravagante Meursault
existencialista que de un niño de bien. Pero, claro
está: quien narra la historia es un ratón,
no un niño, y de ahí que todas estas consideraciones
hagan proselitismo a la cosmovisión ratonil o, por
lo menos, a una donde no es muy intensa ni relevante la
conciencia social. Por esa naturaleza sui generis del personaje
es que Las brujas no puede ser una novela aleccionadora
ni formativa: quien tiene la palabra no está muy
interesado en plegarse a las nociones ni valores de la existencia
humana organizada; ella le tiene sin cuidado: "sé
lo que soy ahora, pero lo gracioso es que, sinceramente,
no me importa demasiado" .
Así que, metamorfoseando su personaje, Dahl se pone
a salvo del deber de formar a las jóvenes multitudes.
Lo suyo será asustar a los niños, ensoñarlos
no enseñarles o divertirlos, y cuando, a punto de
correr el telón, hace que su pequeño héroe
haga una declaración más o menos filantrópica
("Da igual quién seas o qué aspecto tengas
mientras que alguien te quiera"), el lector avisado
podrá sopesar las magnitudes de la aventura con las
de este aforismo marginal y prescindible para comprender
que la primera, intensa y autónoma, es el foco y
esencia de la historia.
Así como al narrador de El guardián entre
el centeno de J. D. Salinger le obsesionaba cierto poema
de Robert Burns o el destino que podían tomar los
patos al migrar, a Dahl parece obsesionarle la vida en miniatura
o la posibilidad de llevar la existencia saltarina de un
roedor; y quizá sólo por eso, para dar vía
libre a sus caprichos imaginativos, es que ha decidido contar
libremente su aventura, escribir su historia sin ninguna
concesión. La feliz coincidencia está en que
los niños también pueden divertirse con ella.
Alguien ha dicho, con tino, que la clave del éxito
a la hora de hacer literatura infantil no es otra que escribir
acerca de como uno había querido, de niño,
que fuera el mundo, olvidándose olímpicamente
de cualquier deseo colectivo.
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