| El delicado himen de las señoritas
es cosa que no debería importar más que
a los desvelos de sus madres, los apetitos de sus pretendientes
y al inventario de templanzas de las afectadas, o beneficiarias,
según se mire. Sin embargo, ese tesoro de llaves
dulzonas y cofres aterciopelados se ha mantenido bajo
la vigilancia y amparo de todo tipo de mandamientos,
sometido desde siempre a la curiosidad socarrona de
los párrocos y a la fisgonería exaltada
de algunas beatas impolutas o solapadas. Hay niñas
que lo cuidan hasta hacerlo inútil y hay quienes
lo malbaratan durante el primer sofoco. Los castigos
por ofrecer y entregar cuando todavía no es tiempo
están entre los más graves, pero no sirven
más que al remordimiento y sus desvelos, y claro,
a las filas en los confesionarios. Incluso, entre las
leyes más benignas de los mortales se estipula
pena de prisión para los varones que inciten
a las doncellas a entregar su pureza a cambio de promesas
incumplidas. Los profesores de derecho penal, siempre
didácticos, definen la conducta punitiva con
un chiste y mirada socarrona: "Prometer para meter
y después de metido no cumplir lo prometido".
Así que a las "féminas enteras"
se les aconsejaba sopesar con cuidado la seriedad de
las propuestas antes de abrir la puerta, pues el asunto
no tiene marcha atrás. |
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El alboroto que trajo
la segunda mitad del siglo XX venció buena
parte de los cinturones de castidad, convirtió
la virginidad en una virtud casi risible y recomendó
sin tapujos no dejar para mañana lo que se
podía hacer hoy. ¡Ya! Muy buena parte
de la apertura fue liderada por las estrellas de rock
que exhibían con desvergüenza inaudita
sus lenguas o movían la pelvis sin recato,
con descaro de exhibicionistas. Los jóvenes
vitoreaban y más tarde imitaban la coreografía
ejerciendo el derecho a su clase práctica.
Los predicadores, los policías y los políticos
hablaban de demonios, invocaban infiernos y miraban
el show con indignada envidia. Más tarde los
reyes y las reinas del espectáculo entendieron
que el escándalo venía bien, que la
gente pagaba por gozar de sus desenfrenos y que el
pudor sexual y la mojigatería eran los mejores
blancos. Por eso, para Madona el micrófono
no es un simple instrumento para lograr la amplificación
de su voz; ella sabe muy bien cómo empuñarlo
y dónde ponerlo. Parece que medio siglo de
exhibicionismo ha hecho que la fórmula se agote
y que el público mire con indiferencia las
poses más atrevidas y oiga entre bostezos las
hazañas eróticas de más grueso
calibre. Ahora el escándalo viene con los alardes
de candor y pureza. Nada levanta mayor polvareda hoy
en día que el canto a la virginidad, y con
mayor razón cuando es una estrella del pop
quien asegura tener su membranilla intacta; sólo
queda santiguarse ante semejante atrevimiento. La
pionera en esta nueva estrategia de escandalizar por
medio de la virtud es una rubiecita de buenas carnes
que dice llamarse Britney Spears. Asegura la diva
que mantendrá su secreto y que sólo
tras las bendiciones respectivas dejará arrimar
varón. Los medios andan enloquecidos ante semejante
osadía, los jóvenes la ven más
apetitosa que cualquiera y las niñas de hoy,
que comienzan a volar sin haber emplumado, no saben
si condolerse de su suerte o burlarse de su farsa.
La niña, que ya no lo es tanto, tiene su noviecito
en la figura de un querubín ensortijado que
también transita bajo los flashes de la farándula;
sin duda el muchacho ha de ser el hazmerreír
de sus compañeros, e incluso ya se habla de
quién puede ser la sustituta que calma sus
urgencias. Por estos días el noviazgo ha tenido
algunos altibajos y Britney se queja con descaro de
que a su ángel le gustan más los videojuegos
que cualquier otra cosa. A falta de pan buenas son
tortas, dirá el muchacho. Sin embargo, las
malas lenguas dicen que los vieron por Río
de Janeiro en épocas de carnaval y aseguran
que en semejante ambiente libertino algo se rompió,
no propiamente el noviazgo de la joven pareja.

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