Sin mancharlo ni romperlo
por Pascual Gaviria

El delicado himen de las señoritas es cosa que no debería importar más que a los desvelos de sus madres, los apetitos de sus pretendientes y al inventario de templanzas de las afectadas, o beneficiarias, según se mire. Sin embargo, ese tesoro de llaves dulzonas y cofres aterciopelados se ha mantenido bajo la vigilancia y amparo de todo tipo de mandamientos, sometido desde siempre a la curiosidad socarrona de los párrocos y a la fisgonería exaltada de algunas beatas impolutas o solapadas. Hay niñas que lo cuidan hasta hacerlo inútil y hay quienes lo malbaratan durante el primer sofoco. Los castigos por ofrecer y entregar cuando todavía no es tiempo están entre los más graves, pero no sirven más que al remordimiento y sus desvelos, y claro, a las filas en los confesionarios. Incluso, entre las leyes más benignas de los mortales se estipula pena de prisión para los varones que inciten a las doncellas a entregar su pureza a cambio de promesas incumplidas. Los profesores de derecho penal, siempre didácticos, definen la conducta punitiva con un chiste y mirada socarrona: "Prometer para meter y después de metido no cumplir lo prometido". Así que a las "féminas enteras" se les aconsejaba sopesar con cuidado la seriedad de las propuestas antes de abrir la puerta, pues el asunto no tiene marcha atrás.

El alboroto que trajo la segunda mitad del siglo XX venció buena parte de los cinturones de castidad, convirtió la virginidad en una virtud casi risible y recomendó sin tapujos no dejar para mañana lo que se podía hacer hoy. ¡Ya! Muy buena parte de la apertura fue liderada por las estrellas de rock que exhibían con desvergüenza inaudita sus lenguas o movían la pelvis sin recato, con descaro de exhibicionistas. Los jóvenes vitoreaban y más tarde imitaban la coreografía ejerciendo el derecho a su clase práctica. Los predicadores, los policías y los políticos hablaban de demonios, invocaban infiernos y miraban el show con indignada envidia. Más tarde los reyes y las reinas del espectáculo entendieron que el escándalo venía bien, que la gente pagaba por gozar de sus desenfrenos y que el pudor sexual y la mojigatería eran los mejores blancos. Por eso, para Madona el micrófono no es un simple instrumento para lograr la amplificación de su voz; ella sabe muy bien cómo empuñarlo y dónde ponerlo. Parece que medio siglo de exhibicionismo ha hecho que la fórmula se agote y que el público mire con indiferencia las poses más atrevidas y oiga entre bostezos las hazañas eróticas de más grueso calibre. Ahora el escándalo viene con los alardes de candor y pureza. Nada levanta mayor polvareda hoy en día que el canto a la virginidad, y con mayor razón cuando es una estrella del pop quien asegura tener su membranilla intacta; sólo queda santiguarse ante semejante atrevimiento. La pionera en esta nueva estrategia de escandalizar por medio de la virtud es una rubiecita de buenas carnes que dice llamarse Britney Spears. Asegura la diva que mantendrá su secreto y que sólo tras las bendiciones respectivas dejará arrimar varón. Los medios andan enloquecidos ante semejante osadía, los jóvenes la ven más apetitosa que cualquiera y las niñas de hoy, que comienzan a volar sin haber emplumado, no saben si condolerse de su suerte o burlarse de su farsa. La niña, que ya no lo es tanto, tiene su noviecito en la figura de un querubín ensortijado que también transita bajo los flashes de la farándula; sin duda el muchacho ha de ser el hazmerreír de sus compañeros, e incluso ya se habla de quién puede ser la sustituta que calma sus urgencias. Por estos días el noviazgo ha tenido algunos altibajos y Britney se queja con descaro de que a su ángel le gustan más los videojuegos que cualquier otra cosa. A falta de pan buenas son tortas, dirá el muchacho. Sin embargo, las malas lenguas dicen que los vieron por Río de Janeiro en épocas de carnaval y aseguran que en semejante ambiente libertino algo se rompió, no propiamente el noviazgo de la joven pareja.

 

 

 

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