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El pelícano

Pájaro
disciplinante,
que, haciendo abrojo del pico,
sustentas como morcillas,
a pura sangre, tus hijos;
barbero de tus pechugas,
y lanceta de ti mismo;
ave de comparaciones
en los púlpitos y libros;
fábula de la piedad,
avechucho del martirio,
mentira corriendo sangre,
aunque a mucho se dijo;
en jeroglíficos andas;
que en asador no te he visto;
te pintan, más no te empanan:
todo eres cuento de niños.
Temo que las almorranas
te han de pedir en el nido,
por sanguijuelas, prestados,
esos polluelos malditos.
Con túnica y capirote
y esa llaga que te miro,
te tragarán por cofrade
en los pasos los judíos.
¿En dónde estás, que en el aire,
no han llegado a dar contigo
ni la gula ni el halcón,
tan diligentes ministros?
No vi cosa tan hallada
con virtudes y con vicios;
eres amante en los versos;
eres misterio en los himnos.
Concepto de los petas,
vinculado a villancicos,
que, entre Giles y Pascuales,
te están deshaciendo a gritos.
Símbolo eres emplumado,
eres embeleco escrito;
un “tal ha de ser el padre”,
un “así quiero al obispo”.
Ave para consonantes;
golosina de caprichos;
si no te citan figones,
de mi memoria te tildo.
Si yo te viera sin pollos
y con lonjas de tocino,
vertiendo caldo por sangre,
te retozara a pellizcos.
Buen esdrújulo si haces;
buen caldo no lo he sabido;
más quiero una polla muerta
que mil pelícanos vivos.
Qué no entrarás en mis coplas
te lo juro a Jesucristo;
que yo no doy alabanza
a quien no clavo colmillo. |
Francisco de Quevedo y Villegas
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