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El Camarín de las vulvas Minimizar

Pascual Gaviria

El arte está en decadencia desde la cueva de Altamira.

Pablo Picasso

El Camarín de las Vulvas es sin duda un nombre con atractivos irresistibles, un hilo sugestivo que conduce hasta lo más profundo de un socavón asturiano para entregar como recompensa las conchas primitivas de tres “mujeres” de cromagnón. Porque los tesoros de las cuevas no sólo se miden en oro y en brillantes, y el filón más apreciado puede ser la representación de tres vulvas femeninas “plenamente realistas”, escondidas al ojo de los hombres durante más de 15.000 años por las trampas de algún dios celoso.

El 12 de abril de 1968 las joyas del camarín se encontraron con el ojo ciclópeo de los espeleólogos. Después de recorrer bóvedas donde los ciervos, los caballos y los uros corren en manada sobre las paredes rojizas; luego de atravesar pasos uterinos y detallar las siluetas de algunas manos prehistóricas sobre la roca, la expedición vio con claridad el trofeo de caza más preciado por los hombres de todos los tiempos.

Hay quienes piensan que los espeleólogos son unos insensatos en busca de la boca del infierno y que sus hallazgos despiertan las rencillas viejas de los demonios; y tal vez sea cierto, porque el voyeurismo prehistórico del que hablamos trajo consigo la obligada maldición: días después del hallazgo uno de los expedicionarios, llamado Tito Bustillo, murió en un accidente en una caverna cercana. Esos tres pequeños aros delineados de rojo pueden ser la mirada fatal del basilisco.

Los antropólogos calculan que las vulvas del camarín fueron pintadas hace 22.000 años. Magnesio, oxido de hierro, tierra, carbón y grasa de algunos animales estaban en la paleta del más antiguo adorador de las encrucijadas femeninas. Las vulvas son entre 5.000 y 8.000 años más antiguas que las manadas de bóvidos y el único pez que recorren todo el complejo de las cuevas de Ribadesella y tienen, como es justo tratándose de la visión que encarnan, una mayor resistencia a los estragos del tiempo. Por algún lado la memoria de las rocas debe emparentarse con la memoria de los hombres.

Se dice también que esa bóveda estrecha era un santuario dedicado al dios de la fertilidad y que sólo unos pocos sacerdotes podían penetrar en ella, teoría que parece confirmarse con el generoso hilo de plata que atraviesa la pared de la cueva donde se dibujan las vulvas. Sin embargo, no se puede descartar que en lugar de santuario el camarín fuera la cueva lujuriosa de algunos sátiros con piel de bisonte.

A estas alturas las mujeres deben estar preguntándose por el santuario apto para sus ruegos, porque si se habla de fertilidad el camarín de las vulvas debe tener al menos un obelisco que se le corresponda. En caso contrario el hallazgo en la cueva de Tito Bustillo sería tan sólo uno de los oscuros refugios de Onan. Pero muy cerca del Camarín está la cueva de La lloseta donde los encantos masculinos no sólo están pintados sino esculpidos. La verticalidad de las estalagmitas era aprovechada para dibujar un sencillo capuchón en su cima y lograr la única representación paleolítica donde el sexo masculino no está escondido detrás de algún simbolismo animal, sino expuesto tal cual, muy mondo y lirondo. En el centro de La lloseta una estalagmita de un metro y medio, engrosada con pigmentos varios y recubierta de óxido férrico, se exhibe como pilar fundamental de los credos paleolíticos. Resulta obvio que ninguna de las estalactitas, formaciones que cuelgan del techo de las cavernas y apuntan sus gotas al suelo, tenga una mínima incisión que pueda emparentarla con desfallecimientos indeseados.

Sólo 300 metros separan el Camarín de las vulvas de la cueva de La lloseta, lo cual conduce a algunas especulaciones amatorias. Luego de los clamores al dios de la fertilidad es posible que la prueba reina acerca de la eficacia de los santuarios fuera inmediata, haciendo de las cúpulas rocosas escenario ideal para las cópulas ansiosas.

  

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