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Carta robada


Es lógico que las cartas obedezcan a la mano de los exaltados y se adornen con exclamaciones, preguntas insondables y el adiós de una queja lírica. Son acentos obligados para sus cantos de urgencia y sus ruegos, sus noticias definitivas y saludos ostentosos, sus filosofías de amargura o nostalgia. Al terminar, el golpe de un sello les entrega un aire de sentencia.

Ninguna de las noventa cartas que se conservan de Porfirio Barba Jacob se salva del tono febril: ni las del joven que agujereaba sus recados con el punto aparte de su máquina, ni las del moribundo que las dictaba entre dientes. Las cartas con mentiras en busca de algunos pesos inspiraban colectas tumultuosas, las cartas con verdades acerca de su enfermedad lograban que se dictaran leyes de la República para su pronto auxilio. Sus salemas en sobre encontraban mecenas y abrían puertas de revistas y oficinas públicas, sus sobres con diatribas traían el regalo apetecido del exilio.

Muchas de sus cartas sirvieron como catálogo de altos y vanos propósitos. Anuncio de libros nunca escritos, de artículos olvidados en el título, de viajes truncos y visitas por siempre incumplidas. “Tengo para terminar mi novela, un estudio sobre las corridas de toros, uno sobre Bolívar, y uno sobre los signos exteriores y su influencia en la vida. Tengo por empezar un poema dramático de los tres caminos que estoy viendo será obra de años; un ensayo crítico acerca de Jesús, y no sé cuántas cosas más…”

Sus amigos las leían con una sonrisa condescendiente y las guardaban en el legajo de los imposibles. Pero también abundan sus cartas que se leen como pequeñas profecías, líneas que podrían ser oraciones sobre la dudosa santidad del poeta. A sus veinte años deja claro su Ars vivendi en una nota de despedida escrita por la mano de Maín Ximénez: “…no me será dado beber el agua en la cuenca de la mano ni sentarme a descansar a la vera del camino bajo la fresca sombra de los árboles. ¡Adiós!”. Antes de la despedida vendrá el epígrafe para las intenciones escrito desde Nueva York, pero aplicable a todas sus andanzas, una frase que podría ser una inscripción para la puerta de sus infinitos cuartos de hotel: “Vamos a hacer vida, arte, estudio, dinero y bohemia”.

Además de los esporádicos alardes de poeta coronado y periodista de multitudes,  Barba Jacob presumía en sus cartas de ser un tonto de solemnidad. Un simple compositor de canciones que estiraba la mano para pedir ayuda a sus amigos afortunados, a quienes en “la lotería de la vida les había correspondido ser hombres prácticos y hacerse ricos”. Tenía un gran talento para injuriarse a sí mismo en el tono grave del confeso: “He fracasado sucesivamente en todos mis intentos. No pude hacer crítica por las grandes lagunas que hay en mi cultura. No puedo hacer dramas ni comedias porque les doy a los parlamentos una rigidez insoportable, además he sido muy mal observador e ignoro el arte de los matices. No acerté siquiera a componer un diario íntimo.”

Pero su infinidad de sobres sirvió al menos como una completa antología de despechos. Los recurrentes días de hospital en México sirven de escenario a sus jornadas de penitente con látigo de tres puntas. En los amaneceres líricos la emprendía contra su efigie de poeta: “Mi obra es sumamente limitada y fuera de esos pocos versos que tanto renombre me han valido, no tengo significación alguna”. Tal vez era el juicio rudo que deja una semana de alcohol. Luego, en los días de rutina acababa con sus demás páginas: “Con respecto a mis trabajos en prosa, nunca he compuesto en mi vida una sola página que me parezca digna de ser conservada. Los trabajos de periódicos son cosa despreciable; llenan una necesidad momentánea y al día siguiente no tienen significado”. Cuando las enfermeras apagaban la luz ideaba una paradoja para encabezar su carta amarga del día siguiente: “A veces pienso sino seré vanidoso al creer que soy humilde”.

Pero las cartas eran también el cielo amplio de los anhelos, un pequeño gabinete para idear sueños lujosos o mundos sencillos, para pedir remedio divino a sus desarreglos. A los veintiséis años era lógica su ambición de un perfil menos torcido. Es claro que sus primeras reflexiones acerca de la belleza fueron frente al espejo: “Junto a mí, en esto días, comió un muchacho de tan singular belleza que no puede sino mirarlo largamente y comprender la gracia de las líneas en toda su pureza. ¡Ser bello Dios mío! Y que yo no lo fuera nunca, gracias a esta piel morena, y a estos labios belfos, y a esta palidez mortal y terrible. Ser bello y limpiar después el alma y enriquecer la inteligencia y dar a la voluntad toda la necesario robustez, y tener hijos también bellos y diligentes para que algún Napoleón dijese algún día: es usted todo un hombre, mi querido Arenales…” Según sus palabras solo un extraño capricho de alfarero le negó la belleza que tenían sus padres. Tal vez su materia no fuera del todo maleable.

Sus anhelos de viajero siguen rutas conocidas y conmovedoras, viejos itinerarios dignos del sueño de todo inmigrante. Una carta a Rafael, su hijo adoptivo, nos muestra a un Barba Jacob dócil bajo el aura de padre de familia. Parece que hablara el hombre sencillo y risueño que posa en los afiches promocionales de la Chevrolet.  Solo un sueño escrito sobre el papel nos hace posible ver al poeta que afirmaba moverse por América como si lo llevara un huracán, convertido en un turista engolosinado por las novedades en las vitrinas: “Como yo pienso comprarme mi automóvil y pienso que usted aprenda a manejar. Usted podría llevarme a los Estados Unidos a la hora en que queramos ir a pasear o a hacer compras. ¿No le parece agradable perspectiva? Pero no crea que esto son ilusiones: esto es la realidad que está cercana y al alcance de la mano. Un poquito de espera, un mucho de confianza en Dios y de trabajo activo, y habremos llegado a esa felicidad modesta que ambos ambicionamos, y que nos permitirá prestar alguna ayuda a los seres queridos, a los de Nicaragua y a los de Colombia.” El viento de los campos y de los versos, el dulce viento que mecía árboles, espigas y llamas, es ahora un viento desordenado en la cara del poeta, una ráfaga que despierta sus sueños de  automovilista.

Más tarde las ansiadas rutas de Norteamérica se cambian por un camino más conocido y tortuoso, un ovillo de nostalgias que nos hace entrever a Barba Jacob como un excéntrico moribundo que decide entregar sus días finales a la rueda de la fortuna de un vapor: “Nada sería más grato para mí que volver a Colombia y vivir los años que me restan en una de sus encantadoras ciudades, en Cali o Medellín, o viajando en los buques del río Magdalena”. Y, sin embargo, el ruego más recurrente de sus cartas , su máxima obsesión de viajero empedernido era encontrar un fondeadero seguro, una larga recalada que le diera un poco de quietud: “Y que el Señor me dé la fuerza necesaria, que me dé un deseo claro definido, y no estas ansias de ser, de no ser, de ir a París, a México, a un campo desierto, de quedarme aquí, de regresar a mi tierra nativa, de casarme, de no casarme, de todo y de nada.” Al final una firma larga y sugerente: “Miguel Ángel Osorio Benítez Cadavid y Giraldo y otras hierbas”.

 

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Barranquilla, 1906 ó 1907

Mi querido Luis Felipe:
Tu carta, tu ingenua carta ha refrigerado mi corazón ardiente. Veo que dejé por allá en esas montañas a alguien que me quiere y que no hace un gesto de fastidio al recordar a Miguel Ángel.

Pero me dices palabras en esa carta de tan honda ternura que me han conmovido. Y me expresas amarguras que es preciso curarte para que no envenenen tu corazón.

Por allá en uno de tus párrafos expones: “Yo tuve en nuestra tierruca unos amores platónicos, unos amores muy castos. Ella era una maestrica del lugar, una extraña morena, un agua dormida en la que tuve deseos de arrojar una piedra, para ver lo surgía a la superficie. Desgraciadamente con mis besos y mis caricias que no inquietaban su casto proceder y sus fríos ademanes, apenas pude llegar a los bordes del lago dormido…”

Este párrafo claro que está muy bien; y el lamento medio hipocritón de no haber llegado al subfondo de aquella mujer está mejor… Pero no hay tal mi caro Luisefe: no hay tal lago dormido sin rumor de aguas quietas; al contrario hay mucho fuego adentro, pues, cuando más alcanzará a ser lava lo exterior, lava y ceniza que cubren el rescoldo, el eterno volcán femenino. Lo único que no duerme en la mujer es la sensualidad, “germen de la gran tristeza humana”. Por eso, y aquí en la Costa lo he comprendido, las dulces mujercitas detestan al buen señor que las respeta bonachonamente y aman al hombre franco, valeroso, salvaje, primitivo, brutal que las excita y es capaz de quererlas, con sonrisa de triunfo, bajo el mostacho enhiesto.

Luis Felipe hermano mío en Gustavo Adolfo Bécquer: siempre tendrás que arrepentirte de tu noble y sencillo espíritu soñador, de tu prosapia lírica que solo inicia las cosas, como temiendo levantar el velo de Isis, como con miedo de la hiriente realidad del misterio; de tu “volverán las oscuras golondrinas”… que es poesía, pero no es realidad. Siempre me doleré de que no seas un poco más violento, con más orgullo de ángel rebelde, para lo cual deseo que estudies y aprendas en el viejo Publio Ovidio Nasón las viejas tácticas que conducen a la dulce victoria amorosa…Mira: Mejor que los sabrosos besos, dulces y delicados como grumos de miel; mejor que los cálidos ensueños con molicies de trópico; mejor que la encantadora ternura de las palabras emocionadas, y el palpitar del pecho anhelante; mejor que la vaga poesía irrealizable con la cual exorna el alma enamorada a la mujer que simboliza el eterno femenino; mejor que todo esto, por otra parte tan noble, tan delicado y quimérico, es el olor acre de la carne sacudida, es el amor-pasión del macho encarnizado por su hembra, fácil y ruborosa; es el mordisco asesino que lleva una mueca del dios Pan; es la sonrisa matadora; es la mirada incisiva; es entrar descaradamente al templo del sagrado símbolo despertando en las naves un eco bárbaro, irreverente y marcial, y es, en fin, rasgar con mano trémula el velo de Isis y amar brutalmente a la pálida dios pagana, amiga de la luna, en su propio nicho dorado, y ante la mirada absorta de la multitud. Yo he pensado siempre: sin la roja flor del escándalo el amor no es bello. La hembra dura es una torre de fortaleza -torre florecida de nervios palpitantes- y el varón es un bravo y aguerrido conquistador. Es necesario pues, dinamitar el muro, disparar la escopeta sobre el hueco de luz de todas las ventanas, poner un círculo de hierro y sangre, pasar a cuchillo, sin piedad, a los defensores que se rindan y no quieran pelear más, y al fin, cuando el hermoso edificio esté en llamas, arrojarse dentro como un bello diablo, buscando por rincones oscuros y misteriosos los íncubos, súcubos y fantasmas de la media noche, husmear por los patios bajos, otear hacia los pisos altos como los grandes perros de caza y, de pronto, a la vista extrahumana de la núbil princesa encantada, lanzarse sobre ella, que estará ruborosa y medrosa, y al besarla violentamente, prorrumpir en un largo alarido salvaje que vaya de cordillera en cordillera y que turbe la calma de las cosas como una corneta de triunfo…

Y juntar el Amor y la Muerte, y adornar la calavera monda de una realidad con la suave sonrisa de una ilusión en flor; y hacerlo todo ruinas, y sobre las ruinas, levantar columnas de esperanza.

Recuerda amigo Luisefe, poeta militar con espadín de ensueños, que a la mujer hay que azotarla para que vibren sus nervios; no olvidar maltratarla un poco antes de acariciarla o, al revés, no olvidar el mordisco tras el beso…
Luisefe: todo… me dio mucho dolor de cabeza.

Ricardo Arenales.

* A los 22 años el joven Ricardo Arenales escribe una encendida receta para curar un mal de amores. El remitente es un Subteniente algo tímido, hermano de un compañero de escuela del poeta en sus años de infancia en Angostura. 

 

Nueva York, 21 de febrero de 1916

A la señora María del Rosario Osorio de Cadavid a Angostura, Antioquia.

Querida vieja de mi corazón:
En los últimos tres años te he escrito varias cartas y te he enviado varios periódicos en que había retratos y artículos míos, y hasta ahora no he recibido noticia de ninguna clase: tal parece que en lugar de escribirles a seres de este mundo, les hubiera escrito a habitantes de la Luna o Marte. Yo me hubiera desesperado con este horrible silencio, si no fuera porque, después de todo, me queda un consuelo: el de creer que las circunstancias de México, determinadas por la larga revolución de aquel país, han hecho que se pierdan mis cartas, o bien que se pierdan las tuyas. Últimamente escribí de La Habana a Luis Carlos y Manuel Roberto Vélez, a Luis Felipe Trujillo y Francisco Jaramillo Medina, en solicitud de noticias de mi familia; pero de esto hace ya cerca de seis meses, y hasta la fecha no se ha dignado ninguno de ellos a responder mi petición. Yo no creo que cuatro muchachos en la plenitud de la vida se hayan muerto. Sobre todo, que si se han muerto no deberían negármelo, ¿no te parece? Así pues, no sé a qué atribuir la falta de respuesta.

En fin, yo no quiero insistir y allá va esta carta para mi querida vieja, a decirle que no solo me acuerdo de ella, sino que la llevo en mi corazón, junto con la imagen de mi buena tía Jesusa y de todos los muchachos de una y de otra. Ustedes son mi única familia en el mundo, y los recuerdos más gratos y más tristes de mi vida están unidos a ustedes de modo indisoluble.

Las peripecias de mi existencia son incontables. En general debo decir que no debo quejarme de la suerte por lo que se refiere a la salud, pero sí por lo que se refiere a la fortuna. Durante siete años estuve trabajando en México con todas las energías que Dios me dio y logré crearme una buena posición, abrirme créditos y hacer muy buenas amistades; pero vino después la guerra y yo, metido en el torbellino de la política, tuve que correr la suerte del país. Al entrar la revolución de Carranza y Villa, y después de año y medio de agitación y de peligro, tuve que salir huyendo para Guatemala. No necesito decirte que en la fuga perdí todo lo que tenía, es decir, mis libros, que eran más de cinco mil, que me habían costado tantísimo dinero y que representaban mi tesoro. En Guatemala me fue mal, pues apenas pude ganar con qué atender a mis necesidades, y determiné venirme para La Habana. En esa ciudad permanecí varios meses, trabajando con mediano éxito. Me agasajaron mucho, me dijeron “ilustre” en todos los periódicos y me hubieran puesto en un trono si yo me hubiera ayudado; pero en materia de dinero no andaba muy bien la cosa, y como esto tiene tanta importancia en la vida, yo determiné venirme a Nueva York. Y aquí me tienes desde fines del año último. Estoy trabajando y tengo buena salud; pero me aburro bastante a pesar de las mil distracciones que ofrece esta ciudad a los extranjeros.

No puedes figurarte de lo inmensa que es Nueva York. Realmente, la sola ciudad tienen tantos habitantes como toda la República de Colombia; es decir, seis millones. La población es larga y angosta: de norte a sur tiene como doscientas cincuenta cuadras o qué sé yo cuántas más, y todas las calles están formadas por edificios de cuatro, seis y ocho pisos. Hay casas que tienen setenta pisos, a los cuales se sube por elevadores eléctricos. Por todas partes hay tranvías; pero además existen varias líneas de ferrocarriles elevados, que van sobre las casas, y de ferrocarriles subterráneos. Los elevados y los subterráneos tienen rapidez extraordinaria. Yo voy los domingos a visitar un amigo hondureño que vive en la calle 145, y gasto en el viaje 20 minutos, desde la calle 23 que es donde tengo mi residencia. Aquí se trabaja mucho, y por todas partes se ve un brete y se oye un ruido de cien mil demonios. Todo el mundo gana dinero. Hay modo de hacer fortuna en unos pocos años -fortuna grande-; pero esto está reservado a los hombres de espíritu práctico. Los que negocian acciones en la bolsa llegan a ganarse hasta tres millones de dólares en un día. Hay también oportunidades para negocios pequeños, especialmente si se tiene un capitalito. Y en otros puntos de país se ofrecen muchas facilidades para vivir y prosperar. En general, esta gente no conoce la miseria, y es gente alegre, de buen humor y que no se preocupa por el miedo de quedarse mañana sin el pan: el pan no le falta a nadie en Nueva York. Yo estoy escribiendo en un periódico que se publica en español, donde no me pagan sino doscientos dólares al mes. Vivo bien pero no estoy contento; y si no logro mejorar, es posible que me vaya a vivir en La Ceiba, una pequeña ciudad en la costa norte de Honduras, donde me ofrecen buenas condiciones.

Quizá te interesen algunos detalles de mi vida. Tengo un cuarto en la calle 23, entre las avenidas 8 y 7; es decir, en uno de los lugares que aquí se consideran buenos para la gente de clase media. La casa se llama Cabanagh. Yo ocupo la pieza 5 en el tercer piso. Tengo en la misma pieza un cuartito con el inodoro, el baño y el tocador. Hay agua fría y agua caliente todo el día y toda la noche. Tengo luz eléctrica y sistema de calefacción a vapor: muy buenos muebles, mi máquina de escribir (que es como mi brazo derecho, pues con ella gano los fríjoles), teléfono, etc. Pago 10 dólares a la semana. La comida me cuesta seis dólares, en el restaurante que hay en el primer piso de la misma casa.

Ya me voy acostumbrando a las comidas, pero te aseguro que suspiro cuando me acuerdo de nuestros caldos de arracachas con tortilla, de nuestras frituras de cebolla, de nuestras rellenas con cogollitos de mafafa, y de tantas otras cosas. Voy a decirte lo que me dan al desayuno, y así te formarás idea de la alimentación que se usa por acá.

Primeramente sirven un dulce de ciruelas pasas, o bien una fruta parecida a la toronja, pero muy dulce y muy sabrosa. Después viene un plato cocido con sal, azúcar y leche, muy sano y nutritivo. A continuación un par de huevos fritos o revueltos, y dos cosas que aquí llaman chorizos, y que se parecen tanto a los chorizos de allá como se parecen una albóndiga y un ovillo de hilo blanco. En fin, esto no sabe mal. Después dan unos panes calientes que tienen forma de hojaldres, pero que no son tan indigestos: esto se toma con mantequilla y miel de caña de maíz y es muy sabroso. Por último, una taza de café y un poco de crema, es decir, espumas de leche. Queda uno reverendo con semejante desayuno, y en condiciones de esperar hasta la una y media, hora de almorzar. El almuerzo en Nueva York es más ligero, con el objeto de que deje un huequito para la comida que se da a las siete de la noche, y que es más abundante.

Lo que es arracacha, yuca, plátano, mafafa, fríjoles, maíz en forma de arepa o mazamorra; guagua, tatabra, venado y demás aves, no se conoce por aquí. En cambio se come mucha gallina, mucho pisco, mucha torcaz, mucho pichón de paloma y demás cuadrúpedos de pluma.

Con respecto al clima tengo mucho que decirte. No me han tocado en este país ni la primavera ni el verano, sino el fin del otoño y tres meses de invierno. Ahora mismo, mientras te escribo, veo caer por mis ventanas la nieve que dentro de poco habrá cubierto toda la ciudad y los campos vecinos. Cuando está cayendo, parece que estuvieran desplumando allá arriba billones de palomitas blancas y dejando caer las plumitas, o que unos trillones de ángeles se hubieran puesto a rayar la luna con una garlopa y a dejarnos caer las virutas. Estos copos blancos, leves, despaciosos, van formando una capa que a veces llega a tener hasta una vara de espesor: cubren los techos de las casas, las escaleras, las cornisas, los alares, el techo de los tranvías. Los árboles quedan como forrados de un raso blanco, tan lindos que cuando uno los mira dan ganas de llorar. La nieve es blanca como debe ser el alma de la Virgen María, pues no hay otra cosa con qué compararla. Es como un aserrín de la luna. Es blanda cuando acaba de caer, tan blanda como un colchoncito de querubín enfermo. Produce por la noche un resplandor muy suave. Vista en el campo, en una llanura, presenta una superficie tan tersa que ciega los ojos. Salir a la ciudad después de una gran nevada, es lo más admirable que hay. Le parece a uno que es un día de Corpus, y que todos los vecinos se han puesto de acuerdo para engalanar sus casas forrándolas en raso de seda blanca. Después la nieve comienza poco a poco a endurecerse y a convertirse en hielo; viene el tráfico de las gentes, y la nieve que está abajo se ensucia y se pone fea. Todo el mundo está atareado quitándola con azadones y escobas de las cornisas y las puertas, de las escalas, del frente de su casa. Aquí en Nueva York, el municipio pone doscientos cincuenta mil hombres con carros y tranvía a quitarla de las calles para que la gente pueda caminar. Cada nevada le cuesta a la ciudad tres o cuatro millones de dólares. El frío atormenta mucho y tiene que ir uno forrado por dentro en lana.
(…)

Una cosa que el principio me molesto mucho fue el idioma. Lo que yo sabía de inglés era tan poco que no me sirvió de nada, y por más de un mes estuve como mudo, necesitando siempre de un amigo para hacer las compras, para pedir la comida, para ir de un lugar a otro en esta inmensa Babilonia. Poco a poco he ido dominando las dificultades, ahora hablo inglés, si no muy bien, por lo menos lo bastante para hacerme entender. Espero que dentro de seis meses, si es que no me voy a Honduras, habré dominado el idioma casi por completo. En cuanto a escribirlo correctamente, lo creo imposible: estoy ya muy viejo para cabrero.

No creas, sin embargo, mi querida vieja, que soy feliz. Me hacen mucha falta afectos, pues he permanecido soltero y ya creo que moriré solterón. Paso días de una soledad terrible, y por la noche me asaltan pensamientos desolados. Comprendo que me voy envejeciendo: ya no tengo aquella inquietud, aquella travesura y aquella movilidad que tenía y que me duraron hasta hace tres o cuatro años. Se va uno apagando. Muchas veces, innumerables veces, sueño con mi mamá Benedicta y despierto llorando.
(…)

En fin, la vida es triste; los afectos más caros se nos van porque la muerte se los lleva, y no nos queda más consuelo que el de las lágrimas. Ahora voy a concluir esta carta pero es con la exigencia de que no sólo tú me escribirás sino que harás que tus hijos me escriban ¿No soy también tu hijo, y ellos no son mis hermanos? Cuéntame tú y que me cuenten ellos qué es de su vida. Dime cuáles se han hecho agricultores, cuáles son negociantes, cuáles se han ido de tu lado. No olvides que si algún día alguno de ellos viaja y viene a este país o va a otro donde yo esté, cuenta conmigo como contaría contigo misma. Yo soy un hombre desinteresado, generoso, y la vida me ha enseñado que un afecto de familia vale más que todas las riquezas del mundo.

Se me quedan muchas cosas por decirte, pero creo que estarás cansada de leer esta carta tan larga. Adiós, recibe un apretado abrazo y ruega al Ser Supremo por mí. Y no desesperes de volver a verme, porque no es difícil que dentro de uno o dos años, o quizá antes, vaya a establecerme y a vivir en Medellín. Si puedes, mándale esta carta a mi tía Jesusa para que ella llore otra vez por mí, y vea que nunca la olvido, y que su amor está vivo en mi corazón. Ella y tú son las personas a quienes más quiero en el mundo después de aquel dos de diciembre en que se fue para siempre la dulce Benedicta, la que era madre común de todos nosotros. Ahora, voy a llorar por ella, por ti, por mi tía Jesusa y por todo lo que está allá lejos. ¿Qué ha sido de teresita Jaramillo Medina? ¿Se casó? ¿Con quién? Señora Doña Rosario: ya sabes que se prohíbe morirse sin volver a ver al sobrino a quién le ponías la bata “gulunga”. ¿Te acuerdas? Tu viejo, que ya está viejo y triste,

Miguel Ángel.


* En esta carta a su tía paterna Barba Jacob, con apenas 32 años, tiene por momentos el tono del anciano fatigado. A veces parece un padre que explica los secretos de otro mundo a un remitente infantil y a veces parece un niño que pide llorar en compañía de sus mayores. Y como siempre debe haber una farsa. Según Fernando vallejo, recolector de las cartas del poeta, los cinco mil libros que perdió eran solo un invento. Además, no tardó uno o dos años para volver a Medellín sino doce. 


  

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