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crónica

Crimen, capilla y ejecución de Tamayo Minimizar
Ilust. Verónica Velázquez

El 18 de septiembre de 1902 apareció en el Semanario del comercio de Medellín una crónica escrita Henrique Gaviria Isaza, violinista, profesor de música, escritor y publicista. La H en su nombre servía para diferenciarse de un homónimo liberal con quien tenía diferencias por cuestiones de fe. El único toque musical de su relato es un redoble de tambores segundos antes de la ejecución de José María Tamayo. Gaviria Isaza dice que intentará escribir sin adornos ni filosofismos. Sus intenciones son una sencilla lección para los cronistas de cualquier tiempo: “me limitaré á explanar un poco mis notas, tomadas á pie de fábrica, y á hacer algunas breves observaciones cuando me plazca, ó cuando los sucesos que vaya relatando así lo indiquen.” Y su historia con venenos, amor, juicio y rifles que obedecen a la orden de una espada es digna de un culebrón primitivo. Tamayo fue el primer fusilado del siglo XX en Medellín, recién terminada la guerra de los 1000 días. Todavía se discute quien fue el último de los fusilados bajo pena de muerte en Medellín. Algunos dicen que fue José Leonardo Agudelo, un anarquista, falsificador y aficionado a la heráldica que confesó haber planeado un complot contra el presidente Rafael Reyes. Agudelo murió en 1906 bajo el puente de Guayaquil, sin venda en los ojos, mirando a sus verdugos con una ligera sonrisa. Según otros el último fusilado fue Fructuoso Pareja, condenado por uxoricidio y fusilado en la escalinata del palacio Nacional el 22 de marzo de 1907.

Del terrible suceso que acaba de conmover tan profundamente la sociedad he querido dar á los lectores de este periódico un relato detallado y tan minucioso como me sea posible, y para eso, violentando mi temperamento, dominando mis nervios, relegando al último rincón del alma los viejos residuos que aún me quedan de noble sensibilidad, he visitado en su capilla á Tamayo, lo he acompañado en su doloroso vía crucis, y he tenido la desdicha de verlo morir acribillado á balazos por los soldados del gobierno.

Ilust. Verónica Velázquez

Lisa y llana será mi narración, libre de dibujos, retóricas y literaturas, sin frases declamatorias, ni sensacionalismo de relumbrón; me limitaré á explanar un poco mis notas, tomadas á pie de fábrica, y á hacer algunas breves observaciones cuando me plazca, ó cuando los sucesos que vaya relatando así lo indiquen.
Menos aún entraré en disquisiciones más ó menos filosóficas en pro ó en contra de la utilidad y eficacia de la matanza, de la destrucción de seres humanos, como castigo y como remedio. Artículos de periódicos, hojas, folletos y centenares de libros se han publicado, defendiendo unos, atacando otros y la cuestión está allí tan en pie como si nadie la hubiera tocado. Sólo si declaro solemnemente, PARA HONRA MÍA, que tengo la dicha de ser enemigo acérrimo de la pena de muerte, y que creo que únicamente quien puede darla tiene derecho para disponer de la vida de los hombres.
Ahora, como impresión personalísima, y sin que yo pretenda con esto irrespetar la Ley, digo que el fusilamiento tal como he visto que se efectúa, el hecho de que esté allí un hombre sentado, solo, indefenso, con los ojos vendados, atado como un cordero, rodeado por gente armada, teniendo al frente suyo diez y seis individuos que dirigen contra él sus fusiles, lo hieren primero y lo rematan enseguida, sin piedad y sin que ellos corran el menor peligro, digo que ese acto, así descarnado, me parece una acción baja, ruin y cobarde, que subleva el corazón.
Pero… basta, que yo he prometido ser narrador insensible.
Para hacer la cosa con algún método, y por que sé que muchas personas no conocen el delito que llevó a Tamayo a morir con tanto afrenta, referiré el hecho brevemente. Para ello me serviré de la brillante y lúcida vista fiscal que tuvo la fineza de facilitarme el Dr. Jesús María Trespalacios, Agente de Ministerio Público, que fue, en este asunto.
 
Crímen

Requerida de amores María Josefa Echavarría por Jesús Ma. Tamayo, unió su suerte a la de él, con los lazos matrimoniales el 1° de diciembre de 1894.
Hé aquí lo que de la infeliz mujer dice la vista fiscal. “Era María Josefa Echavarría una pobre mujer antioqueña, de baja posición social de oficios como los propios entre gente de su clase, que se alquilan de serviciales en casas de personas pudientes, cuando les falta la manutención que otros ha de darles, según obligaciones contraídas bajo juramento solemne”.
Poco duró la ventura con que ella soñara el casarse; las frases de amor y las caricias se tornaron bien pronto para ella en insultos y en golpes, á los que de cerca siguió el completo abandono en que la dejó su marido sin motivo ninguno, porque la conducta de ella era intachable en todos sentidos.
Se fue Tamayo á Remedios y su mujer entró en calidad de sirvienta en una casa respetable. Triste pero resignada, pasó la pobra mujer dada á sus faenas y sin que nadie la oyera nunca una queja contra el esposo ingrato.
De pronto un día, el cuatro de agosto de 1898, se presentó Tamayo en la casa á invitarla, con frases melosos y con mentidas promesas, á seguirlo y á hacer de nuevo vida conyugal. Conocedora ella, sin duda, de los sentimientos de su marido se negó a sus pretensiones. Empecinado el hombre, recurrió a las autoridades y en la tarde del citado día, acompañado por un agente de policía la obligó a irse con él.
Tomaron juntos en dirección á carretera de l norte. En la esquina de ciprés, en la tienda de un señor Idárraga, pidió Tamayo una botella de vino, ordenando que se la entregaran destapada. Allí mismo tomó él un trago seguramente para quitar á su mujer toda sospecha, y le dio otro á ella. Salieron de allí con rumbo al bermejal. Habían andado algunos pasos y él se quedó un poco atrás, destapó la botella y vació en ella el contenido de un papelito con estricnina, veneno que para el caso trajo desde Remedios, según consta en el sumario. La invitó a tomar otro trago y como ella, recelosa, se negara á sus instancias, le dijo él: “Si no se toma este trago tiene que morir en la punta del cuchillo”. Y parece que la amenaza no era en balde por que un cuchillo fue hallado en la carretera, y reconocido por Tamayo como de su propiedad. Es un hecho evidente que él deshacerse de su mujer (para casarse con otra con quien vivía en Remedios) y que traía meditado su crimen, por que algunos días antes había ofrecido a una muchacha unos polvos para que matara a un novio que la había burlado, y porque contra su víctima había lanzado esta terrible sentencia: “Aquí (Medellín) ó en Remedios, muy pocos serán los días de ella”.
Tomó el trago fatal, que le produjo, en el acto, dolores intensos “No habrás llegado al Bermejal cuando te estés torciendo”, dijo él cuando ella se quejó de padecimiento. Un poco más adelante oyeron algunos, que se cruzaron con ellos, que él decía, contestando á algo que ella hablara: “No le hace que lleve el diablo”. Otros afirman haber visto que la daba bofetones.
Logró la pobre mujer arrimar á la casa de Antonio Mesa, donde fue presa de horribles convulsiones y donde comenzó su corta y espantosa agonía. El Dr. Julio Restrepo A., llamado por lo vecinos, declaró que aquella mujer moría envenenada con estricnina. Cuando su mujer agonizaba hizo Tamayo mucho espavientos y alharacas queriendo parecer muy consternado, á pesar de que ella dijo á los circunstantes: “Me mató Jesús con ese trago que me dio” y de que á el mismo lo inculpó, con estas palabras: “Me mataste Jesús; no le hace. Y fue para irte con Nepomuceno; irés y te casarás conella, pero en el Cielo nos veremos”.
Todavía tuvo el cinismo de brindarse á venir por los remedios prescritos por el Dr. Restrepo, pero cuando volvió con ellos ya su mujer había pasado á mejor vida. Allí mismo fue aprehendido por los Agentes de Policía, a quienes se había prevenido, y conducido a la cárcel.
Tres jueces intervinieron el proceso: El Dr. Julio Echavarría que llamó á juicio á Tamayo; el Dr. Julio Ferrer, que lo condenó á muerte y el Dr. Juan E. Martínez que presidió la ejecución. Actuó como fiscal el Dr. Jesús María Trespalacios; como Defensor, el Dr. Nicolás Mendoza. Fueron jurados los Sres. Alejandro Arango V., Clímaco Toro V., y Germán Vélez E.


Capilla

El miércoles, 10 del presente, se quitaron á Tamayo las cadenas para ponerlo en Capilla. Correspondió esto al Capitán Jacinto Barón, porque estaba de jefe de día. Ya libre se abalanzó como una fiera sobre los gendarmes y mordió a tres de ellos. Fue preciso asegurarlo con lazos para conducirlo al cuarto donde debía pasar las últimas horas de su vida. Ese primer día de negó a recibir y á escuchar al sacerdote que fue a visitarlo, y aun parece que a sus insinuaciones amistosas contestó con palabras agrias y ofensivas.
Más poco á poco vino la calma y el segundo día de su capilla – jueves 11 – no sólo atendió y recibió bien al sacerdote sino que se confesó. Algunas virtuosísimas señoras que lo visitaron y consolaron, le obsequiaron con manjares, vinos y cigarros, lo acompañaron en muchas de sus tremendas horas, tanto en esta día como el primero y el último. Tan conforme y tan tranquilo pasó el segundo que hasta cantó en asocio del ordenanza que pusieron á su servicio.
Esa noche, á las siete se verificó en la comandancia de la Gendarmería, el sorteo para designar el oficial que debía comandar la escolta, entre los siguientes oficiales Capitanes: Cleofe Gómez, Epifanio Ramírez, José María Restrepo, Eduardo Madrid, Jacinto Barón y Juan C. Uribe; Tenientes: Luis E. González, Juan Echavarría, Adolfo Lopera, Eugenio Gómez y Luis Ortiz. La suerte designo al capitán Jacinto Barón, el mismo que los puso en capilla.
Todos estos detalles los debo a la gentileza de Sr. Coronel Marciano Madrid, así coma la lista de los soldados de la escolta, que copio en seguida, como dato curioso. Los tiradores fueron: los sargentos segundos, Juan Gómez, Francisco Restrepo…. José Díaz; cobos primeros, Manuel A. Vélez, Mario A. Escobar; Cabos segundos, Ramón Montoya, Rodrigo Peña, Antonio Burgos, Soldados, Marco A. Pérez, Antonio J. Foronda, Luis A .Uribe, Félix Rodríguez, Juan B. Córdoba, Antonio Calle, Víctor A. Adarve.
El viernes trece, día de su capilla y último de su existencia, oyó misa y comulgó. Pasó las horas ya con algún sacerdote, ya con las señoras que lo visitaban. Cuando merced al permiso que en mi calidad de periodista, me concedió el Sr. Alcalde para visitar al reo, me presenté, á las cuatro y media de la tarde, en la puerta de la cárcel, se me detuvo algún tiempo porque estaba Tamayo dando a dos señoras sus disposiciones testamentarias, para su hija y su madre.
En el papel común y sin intervención de Notario hizo él la especie de testamento que copio en seguida y cuya adquisición debo á las estimabilísimas Sras: Da. Mariana Díaz de Q. y Da. Incolaza Restrepo de U.
“ Digo Yo, Jesús M. Tamayo. Pronto ya á comparecer al Divino Tribunal de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, en quien creo y confieso, que dejo a una niña de seis años más ó menos, hija legítima mía y de mi esposa (que en paz descanse) y la cual hija está en poder de tíos maternos Lisardo y Fausto Echavarría que me la negaron como al mes de haber ocurrido en mi desgracia, cuando se las pedí para entregarla a mi madre:” 
“ Dejo más una pobre madre anciana, pobre y sin quién la ayude” “ Como no tengo bienes de fortuna vinculados en fincas raíces, ni muebles y sólo poseo unos pocos reales en efectivo, dispongo de ellos en vida de la manera siguiente:”
“ De lo que poseo dejo depositarios ante testigos y con el cargo de cumplir mis últimas resoluciones á las Sras. Doña Incolaza Restrepo de U. y Doña Mariana Díaz de Q.”
“ Darán al Sr, Juan M. Gutiérrez la suma de ($100) para que este señor me haga el servicio de arreglarle á mi pobre madre sus casita.”
“ Darán al R. P. Perea, de la orden de San Francisco, la suma de noventa pesos($90) para que me diga las treinta misas de S. Gregorio por el descanso de mi alma”.
“ Pondrán en un banco de la cuidad lo restante de lo que les entrego, deduciendo las dos partidas que anteceden, á favor de mi hija María del Rosario que es aquella de que hago mención al principio, cuyos intereses servirán para algunas de sus necesidades”.
“ Es mi voluntad y así lo pido que en estos solemnes momentos en que sólo pienso en mi próximo fin y en Dios omnipotente, que esta mi pobre huérfana hija quede en poder de las señoras á quienes estos encargos hago y pido y repito á las autoridades de esta ciudad que coadyuven en este sentido, pensando sólo en el bien de mi hija y que esta es mi voluntad como padre, sin que me hayan ofendido y asimismo pido de todo corazón y con la mayor humildad, perdón á todos aquellos á quienes voluntariamente haya ofendido”.
“Cuando mi hija haya cumplido su edad mayor pueden las señoras Restrepo y Díaz entregar a mi hija la suma que quede en deposito al cuidado de dichas señoras”.
“Advierto que me mandé las siguientes promesas por si era la voluntad de mi Dios que me conmutaran la pena capital, pero uno de los sacerdotes que me han asistido en mi Capilla me dice que quedo sin obligación de cumplir estas promesas, pero á pesar de esto, dejo á las señoras á su voluntad de cumplir con ellas ó no”.
“Para todos los encargados que dejo á estas señoras que tan buenas me han sido durante mi prisión y especialmente en estos momentos en que sólo pienso en Dios y la muerte, entrego a ellas en presencia del Sr. Alcalde, del señor Carcelero y cinco testigos la suma de seiscientos cuarenta y cinco pesos con diez centavos ($645.10)”.
“Pido por último, á todos los presentes, que no maldigan mi memoria y me perdonen y que me sirvan de interpretes para la sociedad, para que mi sacrificio redima sus faltas aquí y en la eternidad”.
“Las promesas que mandé son: una misa rezada al Señor de los milagros, una misa rezada á S. Antonio, y una misa cantada á la Virgen de la Merced”.
“Conste que como esto no es testamento, ni deposito, ni finca y además el tiempo urge hago esto en papel común contando con que la solemnidad de los momentos en que lo hago, le dará también a este acto alguna solemnidad y hará legal en todo y conforme á todas las prácticas constitucionales esta mi última voluntad”.
“Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo”.
“Firma por mí un testigo por no saber y los demás que hablo para constancia, en la capilla, para se ejecutado, en la cárcel de Medellín á 11 de Septiembre de 1902”.
“Como testigo y a ruego de Jesús M. Tamayo Juan de J. Ortiz, Secundino Henao, José Ma. Restrepo, Juan C. Uribe, Indalecio Betancur, Nepomuceno Zapata C.”
“Recibimos y aceptamos, haciendo constar que el R.P. Perea prometió decir las misas de S. Gregorio sin exigir retribución ninguna y por tanto el dinero dedicado a esta obra queda para su hija”.
“Firma con dos testigos, Incolaza Restrepo de Uribe. Mariana Díaz de Quintero”. Avisado en Señor alcalde, Coronel Betancur, por el oficial de guardia, vino á la puerta y con su ingénita amabilidad me hizo entrar, en compañía de varios caballeros que deseaban también ver á Tamayo en Capilla. En la parte del edifico que llaman allí El hospicio, en el fondo de un pequeño patio hacia la izquierda, cuatro centinelas guardaban la puerta del cuarto.
Entramos.
A nuestra llegada, las dos señoras que hablaban con Tamayo, sentadas cerca á él en un escaño, se pusieron de pie y se retiraron. Aquel, ya sólo, nos invitó a sentarnos, y ocupamos una banca que había inmediata a la puerta.
La pieza, de regulares dimensiones, de forma rectangular, estaba así dispuesta: á nuestra derecha la puerta y un poco más allá, una ventana con vista al patio. Entre la una y la otra, por tierra, una fuente con algo que cubría una servilleta blanca, quizá la comida o los restos del almuerzo, un poco más allá una botella vacía. En el fondo, cerca a la ventana, una gran mesa vestida de blanco; sobre ella, hacia atrás, una bellísima del Crucificado, de gran tamaño; al pie de ésta, un estuche grande de madera que contenía un altar portátil; hacia la derecha, en el extremo delantero de la mesa, una jarra blanca de loza y una vela de cera en un candelero de cobre. A los lados del Cristo algunos tiestos con matas, y atrás y á derecha e izquierda, puestos en el suelo y recostados a la pared tres grandes cuadros de santos. A nuestra izquierda, partiendo de la mesa y ocupando casi todo el tramo, un escaño, en cuyo estremo inmediato á la mesa se sentó en reo cuando nosotros hubimos hecho otro tanto, atendiendo á su invitación.
Hombre alto, robusto, de contextura recia, fisonomía nada atrayente; la cara, un sí es no, es teñida de azulado del carate, de pómulos salientes, nariz chata y pequeña, boca grande y un algo sumida, frente ancha, ojos hundidos, mirada dura. Hélo aquí, á grandes rasgos. Vestía una entre camisa y túnica de color blanco que le bajaba hasta las caderas y que llevaba ceñida a la cintura con un cordoncito también blanco; pantalones negros, los pies desnudos. Tenía sobre el pecho un gran escapulario de no sé que santo.
Llevaba yo la firme intención de conducirme como periodista, no haciendo a Tamayo pregunta alguna, porque me parecía algo así como poco generoso eso de ir a molestar á un ser tan desdichado únicamente para satisfacer después la ajena curiosidad, de modo que me guardé bien -a pesar de las instancias de los que me acompañaban- de romper el embarazoso silencio que siguió a nuestra llegada.
Me pareció, por la manera como chupaba el cigarro, que encendió en cuanto llegamos, por el continuo entrelazar y soltar los dedos de entre ambas manos, por el modo como hizo carrizo, por casi todos sus menores ademanes, que aquel hombre estaba haciendo una violencia suprema para aparecer tranquilo. Cuando, poco después habló, sus palabras confirmaron mi creencia.
Visto que yo no cejaba en mis propósitos de mutismo uno de los caballeros le dijo:
- ¿Comulgó hoy Tamayo?
- Sí, Señor, contestó él.
- ¿Y quedó tranquilo?
- Sí, como no, mi don, dijo, frotándose las manos, y en seguida, con un ademán raro que yo no sé como explicar, levantó la cabeza y echó hacia arriba el humo de su cigarro.
Siguióse un breve silencio que rompió él diciendo:
-El corazón es un buen amigo.
-¿por qué dice eso? Le preguntó alguno.
- ¡Ah¡ Porque yo hacía días estaba aburrido con el día diez (en esa fecha comenzó su Capilla).
Se dirigió hacia él, para despedirse, uno de los caballeros y el se puso en pie y le tendió la mano. A las palabras de consuelo, de aliento, y á los ofrecimientos, contestó dando las gracias, y cuando le preguntó si estaba bien tranquilo respondió, no sé con qué resignada tristeza.
- Yo más bien soy flojo para eso.
- Pero Ud. Va hacer una buena muerte.
- Sí, cómo no, yo ya estoy reconciliado con Dios, dijo con los labios temblorosos, y miró al Cristo, con ojos que mojaron las lágrimas. Y también sé, añadió volviéndose a su interlocutor y parpadeando mucho como para atajar el llanto, que todos nacimos para morirnos y lo mismo es con bala que de otro modo.
Vea, caballero, dijo en seguida, apretando la mano del que se despedía, y ya muy conmovido, dígale á su señora y á sus hijitos que le pidan a Dios que dé resignación. El terrible estado de ánimo en que estaba ese desgraciado dio pronto al traste con la sujeción en que yo había logrado mantener mis nervios, y aprovechando la confusión que produjo la entrada de otros visitantes me escurrí, profundamente triste, abatido, pesaroso de haberme metido allí.
Ya en el corredor oí que decía a alguno que le hablaba de su próxima muerte.
- Mi compañera hoy es la muerte. Se puede decir que ya yo no soy Jesús Tamayo sino un espectro.
En la noche -la última- durmió poco; se detuvo paseando a ratos, a ratos rezando, y sólo a eso de las tres de la mañana logró quedarse dormido, sentado en el escaño. A las cuatro lo despertaron para asistir a la misa.
 
Ejecución

El señor Comandante de la Gendarmería Coronel Marciano Madrid, fue lo bastante fino conmigo para esperarme, como me lo había prometido el día anterior, en la esquina de su cuartel a las cuatro de la mañana, con el fin de hacerme entrar a la cárcel para asistir a misa y á todos los preparativos de la ejecución. Decía aquella el R. P. Orrio, jesuita, y le ayudaba el R.P. Perea, franciscano.
Inmediato al altar, del lado del evangelio, estaba Tamayo, de rodillas, en actitus recogida y tranquila.
Asistían, además, el señor alcalde, un amigo que entró conmigo, haciéndose paras por mi secretario, algunos empleados del establecimiento y tres o cuatro solados.
Después del sacerdote, en la misa comulgó Tamayo. Dejó, entonces, el P. Perea de ayudar a la misa, y se arrodillo a su lado para rezar con él.
Terminada la misa á las cuatro y media, el P. Perea y Tamayo continuaron algún tiempo su rezo de rodillas. Después éste encendió un cigarro y se puso a pasearse tranquilamente por el cuarto, á conversar y á chancearse con los empleados y oficiales que entraban y salían.
Tomó con gusto el desayuno que le llevaron, después de lo cual volvió a rezar un poco con los dos sacerdotes. Concluido el rezo a las cuatro y cuarenta y cinco minutos, entró un soldado con el vestido que debía ponerse para ser fusilado: pantalones negros, una chaquetita de igual color y una cachucha negra también. Lo recibió él, y se lo puso con entera tranquilidad. Ya ataviado así, volvió á pasearse, á conversar y á chancearse. Á alguna cosa que le dijo el señor alcalde y que yo no logré oír, contesto él, y terminó diciendo:
- Yo me voy con Cristo.
- Eso es, así se hace, repuso todo conmovido el Coronel Betancur. Detalle: Masacre en Corea, Picasso, 1951.
Á las siete menos cuarto, se presentó el Capitán Barón, espada en mano, á notificarle que había llegado la hora de partir.
(Antes había firmado, en la portería, un papel en que constaba que había recibido al reo Jesús Tamayo para ajusticiarlo).
Para ver lo que pasaba entonces en la calle y presenciar la salida de Tamayo me coloqué en la puerta de la cárcel, del lado de adentro, en seguida de la guardia que estaba formada en el zaguán. Afuera había dos coches, en medio de numeroso escolta que marcaba el paso al son del tambor con sordina y la multitud que espera la salida del reo.
Pocos instantes después, el oficial mandó echar al hombro a la guardia, por delante de la cual pasó Tamayo, erguido y firme, aunque iba intensamente pálido.
Iba asido del brazo del Coronel Uribe y lo seguían los R. P. Orrio, Perea y Velasco, el Coronel Marciano Madrid y el Capitán Barón. Al llegar a la puerta se quitó la cachucha para saludar diciendo: “salud, señores”, y con paso firme se dirigió al primer coche y subió a él, acompañado de los tres sacerdotes y del Coronel Uribe. Al sentarse, saludo por la portezuela, á la multitud que le rodeaba.
Subieron al segundo coche el señor Juez, Dr. Martínez, el médico nombrado para el caso Dr. Alberto Uribe, el inspector de barrio, su secretario y dos caballeros más.
En medio del más profundo silencio un empleado leyó desde el balcón que está sobre la puerta de la cárcel, el siguiente pregón:
“Jesús María Tamayo, natural de Bello, vecino de Medellín, y reo del delito de envenenamiento en la persona de su mujer legítima ha sido condenado a la pena de muerte, que va á ejecutarse. Si alguno levantarse la voz pidiendo la gracia, o de cualquiera otra manera ilegal tratare de impedirlo, será castigado de acuerdo a las leyes”.
Redobló el tambor... y principió esa espantosa calle de la amargura de aquel infortunado, desde allí hasta el puente de Guayaquil, donde estaba el patíbulo.
Apresuré el paso hasta verme delante del séquito y seguí, con el objeto de observar bien el lugar del suplicio.
Poco antes que yo había llegado el Comandante de la Policía y había hecho despejar a la concurrencia, formando un gran semicírculo.
Cerca de la primera pilastra del puente, a mano derecha, estaba clavado el banquillo. Consistía éste en una especie de taburete, de asiento un poco bajo, y con espaldar alto, de tres barrotes, todo pintado de negro. En el barrote transversal del espaldar había medio envueltos algunos lazos.
A las seis y cuarto llegó Tamayo. La escolta que custodiaba los coches se abrió en dos alas, desde el patíbulo, en dirección a la calle que va del puente a la llamada calle del medio, dejando ancho campo para la escolta que debía obrar en aquel drama.
Bajó Tamayo del coche con mucha impavidez y dio algunos pasos, abrazado al R. P. Velasco y al señor Comandante de Policía. No pude saber quien, pero ví que alguno le sirvió un trago de aguardiente en un vaso, que él lo llevó a la boca sin que la mano le temblara, y que lo tomó sin hacer ni un gesto.
Dio algunos pasos más hacia la derecha, siempre rodeado de los tres sacerdotes, que se interponían entre él y el patíbulo, sin duda sin el caritativo fin de ocultarlo, del señor Comandante de Policía y de algunos oficiales. Uno de ellos le ofreció otro trago que recibió y tomó como el primero. Se dirigió, en seguida al terrible taburete, y ya cerca de él, tomó un tercer trago.
Entre tanto la escolta que debía matarlo se había retirado algunos metros por el camino que conduce al Poblado.
Ya cerca al patíbulo, de pie, hacia el lado derecho, se quedó únicamente acompañado de los tres sacerdotes: el P. Perea a su izquierda, a su derecha el P. Velasco y el P. Orreo.
Tomó de manos del P. Perea un crucifijo e hizo ademán de que iba á hablar. Tocó silencio la corneta, y Tamayo con voz fuerte y entera y con ademanes enérgicos dijo, entre otras, estas o parecidas palabras: “hermanos míos:
“aquí teneís un espectáculo para escarmiento”
“Señoras porque por allí he visto algunas, madres y padres de familia eduquen a sus hijos. ¡Educación¡ Si no quieren Uds. Algún día pasar por el tormento que hoy sufre mi pobre madre”.
“Hoy hay mucho desgraciado, se… (no pude oír qué) y yo en este momento no me cambeo por ninguno”.
“Dentro de cinco o seis minutos estaré yo delante del tribunal de Jesucristo; delante de Dios que es el dueño de todo, ¡qué cuenta tan terrible tengo que darle¡… ¡qué cuenta¡… ¡qué cuenta¡…” Detalle: Los Fusilamientos de la Moncloa, Francisco de Goya, 1814
“Pero yo tengo confianza porque Dios no es vengativo…”
“Jesucristo (poniéndose el crucifijo cerca de la cara) yo he pecado, pero estoy arrepentido ¡perdón¡ Tres dulcísimos nombres de Jesús, María y José, perdón, tened piedad de mí… En tus manos encomiendo mi espíritu”.
“Por otra parte voy á explicar, si el señor Prefecto me lo permite” (dirigiéndose hacia donde se hallaba el señor comandante de policía).
“Hay personas que no creen el Jesucristo. Sí, crean, vean yo lo tengo aquí véanlo (muy emocionado, mostrando el crucifijo a la concurrencia). Si hay algunos que no crean yo les ruego por Dios (se puso de rodillas, con los brazos abiertos) que no nieguen los Misterios de la Virgen Santísima y de su hijo… que la virgen (se puso de pie) es lo mejor, lo más querido, lo único que tenemos en el mundo (los sacerdotes, con los sombreros en la mano, las cabezas inclinadas, lloraban) la verdadera Madre de nosotros… He dicho”.
Acabó de hablar, y se sentó resueltamente en el banquillo. Entonces pasaron por delante de él dos soldados con una mesa redonda, que colocaron a la derecha.
La escolta que se había retirado, volvió silenciosamente y se colocó a unos pocos pasos de Tamayo. Él se puso entonces de rodillas, lo rodearon de cerca los tres sacerdotes, rezaron algo, y el P. Perea le dio la bendición. Volvió á ponerse de pie, entregó el crucifijo, estrechó la mano de cada uno de ellos y se sentó de nuevo.
Por segunda vez leyó un oficial el pregón que se había leído en la cárcel.
Cuando Tamayo se puso de rodillas y lo rodearon, para bendecidlo, los tres sacerdotes, estaba a mi lado un canalla con saco, con botines, y con tragos echando sapos y culebras contra “estos malditos curas”, como si ellos fueran los causantes de la muerte de Tamayo, como si la hubieran ordenado, o como si la hubieran ejecutado, cuando no hicieron otra cosa que acompañarlo día y noche en su Capilla, sufrir con él, llorar con él, consolarlo, alentarlo, prepararlo -conforme a si misión, a su doctrina- para el temido paso a la eternidad, y por último, llevarlo hasta el lugar de su suplicio y presencia r allí aquel tremendo espectáculo; y todo por amor, por interés de aquella alma, sin obtener otra ganancia que la satisfacción del deber cumplido.
No soy mojigato, ni gusto de hacer alarde de mis creencias religiosas porque yo no las tengo para negocio, pero me sofocan siempre las injusticias y por eso no paso ésta en silencio, y por eso hoy siento en el alma no saber el nombre y el apellido del miserable que vilipendiaba a los sacerdotes para clavarlos aquí con todas sus letras por vía de castigo.
Se siguieron unos segundos de horrible angustia, mientras llegaba quien lo amarrara.
Pasó cerca de él, el seños Comandante de la Policía y le dijo, con mucha tranquilidad:
- Me van a vendar o me dejan así.
- Aguardese un momento, contestó aquel.
Algo dijo después Tamayo a la escolta, pero tan paso que yo no oí, a pesar de estar colocado cerca de él.
Llego Genaro (Guasca) y lo amarró a la silla. Inmediatamente el P. Perea le puso una venda sobre los ojos, y mientras la amarraba por detrás de la cabeza hablaba, hablaba, hablaba. Amarrada la venda, se estuvo un momento el padre de pie cerca de él rezando algo.
De pronto se retiró ¡Que angustioso momento¡
Vi yo, entonces brillar la espada en manos del Capitán Barón. Los ocho soldados de la primera fila echaron un pie atrás, prepararon, tendieron sus fusiles hacia aquel desdichado…y sonó la descarga.
Tamayo dio un ligero salto, inclinó la cabeza sobre el pecho, echó el busto hacia la derecha, con la chaquetilla desabrochada y rota por la balas, y que un poco abajo del costado derecho dejaba ver una herida grande, y con el brazo derecho colgando y la mano hecha pedazos. Boqueó dos o tres veces.
Volaron hacia él dos de los sacerdotes y lo enderezaron, al mismo tiempo que la segunda fila de la escolta reemplazaba a la primera.
Breves instantes.
Prepararon, apuntaron y dispararon.
El desgraciado Tamayo terció violentamente el busto hacia el lado derecho, echó la cabeza hacia atrás y estiró la pierna derecha. Se acercó el doctor, lo auscultó, y declaró que había muerto.
Subido sobre la mesa que habían colocado hacia la derecha del patíbulo, dijo el R. P. Orreo, profundamente emocionado, una patética y elocuente oración fúnebre, terminada la cual se descubrió y rezó por el alma del ajusticiado.
Pasado todo esto, y mientras los fotógrafos señores Manuel Botero y Benjamín Calle plantaban sus máquinas delante de aquellos despojos sangrientos, pude ver los estragos de las balas en el cuerpo del infeliz Tamayo.
Una bala entró en el cuello dejando descubierto el hueso que llaman de la manzana; dos en el pecho (una de ellas rompió uno de los escapularios, el más pequeño, y lo introdujo en la herida. De allí lo sacó mañosamente el R. P. Perea) otras dos, un poco más debajo de las costillas. Una bala -quizá la única inofensiva- rompió el espaldar arriba de la cabeza de Tamayo.
La concurrencia al sangriento drama fue, para honor de Medellín, escasa y compuesta en su mayor parte, de mujerzuelas, de borrachines y perdidos.
Conforme lo ordena la ley, dos horas quedó expuesto el cadáver. De allí fue llevado en el “cajón de ánimas” a la capilla de San Antonio y en seguida al cementerio. (E.P.D)




* Agradecemos a Miguel Escobar quien es la polilla de rabodeají en los anaqueles de la villa. Esta crónica fue publicada igualmente en la revista Folios, publicación de la especialización en periodismo de la Universidad de Antioquia.

  

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