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crónica

 

 

Juan Carlos Orrego 

1. Lunes

El lunes, festivo por los caprichos del almanaque nacional, es inevitable una tardía apertura de la puerta de casa. Sobre la acera, el sol del medio día ratifica la presumible modorra de la jornada. En los márgenes de la antigua Carretera de la Circunvalación —hoy Carrera 47, sin más— se alinean bolsas de basura, algunas disciplinadas con su uniforme negro y otras, díscolas, vestidas con los colores e insignias del Éxito. Pasan horas y apenas cambia el tono del cielo, ahora clemente con las cosas de la calle. Entre el abandono de las bolsas de basura surcan, frenéticos, gigantescos buses de Manrique; una y otra vez, como proyectiles tontos, pasan esos convoyes. A la hora del algo, camino de la panadería, paso revista a todas las bolsas de basura de la vereda: imagino las tibias y mefíticas descomposiciones que se esconden entre los vientres de polietileno. A las puertas de la panadería, un perro duda entre embriagarse con el vaho de la parva o esculcar los desechos de aquel comercio. Cae la tarde y el animal agoniza en la indecisión, refutando que se trate de una dolencia exclusivamente humana. Cuando la noche llega, ajena al perro, el mundo está quieto: Manrique es solo silencio. En algún momento, insospechadamente, como algo pavoroso, una campana lejana anuncia el lento rodaje del carro de la basura. Los reclamos de la campanilla crecen y llegan hasta materializarse en una máquina tan majestuosa como maloliente que pasa con sus fauces abiertas. Tiemblan los vidrios de casa mientras dura la visión. Después, la calle queda como una boca sin dientes. Son las nueve de la noche y pesa la angustia del fin de semana muerto.

 

 

 

2. Martes Minimizar

Es martes y voy por la Avenida Carlos Gardel en busca de un botón azul. En un almacén de buhonerías atendido por una enana exhibicionista solo encuentro botones blancos y plateados, además de la decepcionante noticia de que mi tarea es vana: la mujeruca se cree en propiedad del mejor surtido del barrio. Más adelante —mi proa mira al norte—, un comerciante de hilos me da a entender, sin vacilaciones, la seriedad de su tienda: “Aquí solo vendemos hilos”. En el cruce de la Calle 71 casi choco contra una anciana que, con regocijado esfuerzo, sube por la acera abrazada a una pequeña estatua de la Virgen del Carmen. El halo sacrosanto de aquella aparición no alcanza, sin embargo, a iluminar mi tarea: en la atiborrada miscelánea de esa esquina el obeso dependiente me informa, compungido, que nunca ha vendido botones. Es la media tarde y trato de aferrarme al único consuelo que me ofrece el paisaje callejero: la tranquilidad de un día fresco, con jubilados que sorben café en los bares, vendedoras de chance que toman su algo de empanada con gaseosa y despreocupadas muchachas con short y camisa blanca que, a no dudarlo, esta mañana bostezaron en el colegio. Los comercios se suceden sin que se presente la más mínima posibilidad de hallar el minúsculo artículo que me ha obligado a salir de casa: droguerías con superávit de dependientes, bancos atestados hasta la acera, siniestras agencias de arrendamientos y expendios de abarrotes acicalados con la pulcritud de las escenas de Edward Hopper. En la base de la pequeña cuesta que inicia en la Calle 76 me encuentro frente a la estatua de Gardel: los botones se destacan sobre su traje de bronce. Por simpatía argentina me llega —junto con el primer golpe de viento del crepúsculo— la frase final de un cuento de Borges que indica mi insalvable derrota: “Volveos: a mis espaldas no hay nada”. 

 

 3. Miércoles

Bajo por la Calle 69 animado por la luz blanca del Granero Italia, encallado en la parte baja de la cuadra. Cuando entro, a un mismo tiempo veo el vidrio empañado del enfriador de bebidas y siento la camisa pesada de sudor. Pido una cerveza y su tapa, arrancada con maestría por el viejo patrón, rueda hasta los pies de la estatua itinerante de la Virgen. Como intuyo que presencio —o, peor que eso, provoco— una herejía, huyo hasta el umbral de la tienda y me recuesto sobre el marco metálico de la persiana, casi bajo el zumbido del televisor. Desde allí gobierno el cruce de la Calle 69 y la Carrera 47, vivo y ruidoso como un campo de tiro. Sin embargo, más allá de ese prosaico primer plano se alzan las marcas de una ciudad grave, si no entrañable. Frente a mí, majestuoso, el campanario de la Iglesia del Señor de las Misericordias desafía la noche con sus puntas y luces blancas, circuido por el vuelo tímido de pajarracos trasnochados que no atinan a posarse en sus aristas. La máxima punta señala un cielo de nubes moradas, opacado por la luz que el campanario no presta a ninguna otra cosa del paisaje. Aquí, lo que no brilla con luz propia se pierde en la noche. A mi derecha, mucho más al fondo, un resplandor imponente se alza sobre los techos de la vereda de enfrente: son las emanaciones de las torres de luz del Estadio Atanasio Girardot, abierto como una muela enferma al otro lado de la ciudad. Desde mi atalaya no veo nada que no sea la proyección de la luz. Ahora mismo, el balón debe correr entre las bandas, al mismo tiempo despreciado y amado en un bosque de piernas. Las campanas de la iglesia suenan cuando menos lo espero y me arrancan del lejano césped: ha empezado el más antiguo de los misteriosos ritos. Del otro tendré noticias cuando, a mis espaldas, los clientes del granero canten el primer gol. Quizá también ocurra que las luces palpiten con un guiño cómplice.

 

   

4. Jueves

Han transcurrido dos horas espesas desde un parco desayuno cuando suena el timbre con su ding-dong desapacible. Se trata de un vendedor de sábanas que, como último recurso antes de resignarse a no celebrar ningún negocio, me ofrece varas aromáticas. Cuando se va, desairado, la atmósfera dormida de la casa me envuelve de nuevo. El segundero de un reloj escondido marca el tiempo y, gradualmente, va preparando el nuevo embate. En efecto, el timbre suena otra vez. Es el hombre de los jueves, y a duras penas abre la boca: mueve las cejas calculadamente y me hace entender, con el gesto preciso, que espera a la menor brevedad su saldo de botellas y cajas. Todavía lucha en la acera con una caja de muñeca cuando, a sus espaldas, el desmalezador espera como un perro fiel. Sobre la cabeza del hombre de los jueves le explico que la yerba aún está baja y que debe volver en dos semanas. Se alejan juntos, hombro contra hombro, como si estuvieran concertados en una coreografía o en planear un crimen. Sé que la puerta se mantendrá cerrada solo durante la pachorra del mediodía. El reloj sigue empeñado en su interminable responso, pero ahora advierto que algo más lo acompaña en su oración: las sombras regulares que se ven pasar bajo la puerta. Alguna de ellas se detendrá con fatalidad de ruleta y hará que el timbre chille otra vez. Sucede cuando menos lo espero y por un motivo peregrino: una mujer blanquísima me alarga un papel a través del postigo y me explica que ha sido autorizada para pedir dinero en nombre del niño muerto en Restrepo Isaza. La despido con las manos vacías, pero el resto de la jornada solo pienso en la rúbrica poderosa entrevista en la nota fúnebre. Dándole vueltas al asunto atiendo al vespertino afilador de cuchillos y al vendedor nocturno de bolsas de basura. A las nueve llama una vecina que se estrena en el oficio de vender zapatos, y cuando se va siento como si, a pesar la hora avanzada, el día nunca fuera a acabar. El tiempo apenas le ha sido derogado al niño muerto.

 

5. Viernes

Miro la Iglesia del Señor de las Misericordias desde una estación del metro. Poco después la cabeza me zumba tratando de distinguir, entre retazos de colores que se confunden, los ladrillos y los árboles de la trastienda de mi casa. Ya me parece que la mía es una gigantesca construcción coronada por una fronda soberbia, pero la punta del edificio en que funcionan los billares —que acabo de descubrir— me obliga a corregir la perspectiva: ahora creo que mis muros son un par de fichas de dominó. Tampoco estoy seguro, sin embargo, porque la mirada no se soporta aguzada un segundo más. Cuando cierro los ojos para descansar, en mis párpados aparece, en fosfeno, la silueta de la torre del fortín de los padres carmelitas; pero aquello, solitario en mi impresión, ya no parece la iglesia madre de Manrique sino la catedral de Toledo fijada por el Greco, con trazos lúgubres, en el célebre cuadro de esa ciudad remota. Abro los ojos y compruebo que la iglesia local no ha dejado de ser la española: el convento de las Siervas de María es la Judería, y por la Calle Barranquilla baja un melancólico caballero con la mano al pecho; inclusive, un anciano con sotana que vende panes bajo la estación es San Andrés, aun sin su cruz en aspa. Entonces me hace sonreír la idea de que frente a mi casa, en la marquetería que se agazapa contra los billares, el Greco —esta vez con cara rojiza, anteojos y una camiseta obscena por debajo de su talla— pule el bastidor de su última obra maestra.

 

6. Sábado

Una mujer me entrega la estatua de la Virgen en el mismo momento en que salgo rumbo al minimercado. Por las aceras que bordean la Carrera 45 van y vienen mujeres en chanclas y con bolsas de víveres. El conductor de un taxi dedica una galantería sosa a una joven ama de casa que, acaso, hoy debuta en la compra de verduras. Al fondo del minimercado, más allá del pasadizo de los jabones y el cereal —aquí los abarrotes conviven en inofensiva promiscuidad—, se levanta la carnicería. Una hediondez de sangre detenida colma el lugar, y de poco sirve la promesa fresca de los vegetales que se ofrecen a un paso. Me parece ver una cortina de vapor animal entre el dependiente y yo. El hombre agarra el tocino con un guante de cruzado y lo convierte en jugosas tiras de vetas blancas y rojizas que pone sobre la báscula. Los cortes son tan limpios que ya no hago asociaciones criminales: me parece, en vez de eso, que un dulce almizcle llega a mis narices y me hace agua la boca. El carnicero tiene que indicarme dos veces que le reciba el paquete. Rompo la bolsa con un dedo y palpo la carne rosada, llevando mi falange hasta las cerdas erizadas del cuero porcino, y todavía juego con aquella masa cuando escojo las verduras. Confundo —lo descubro cuando es muy tarde— un mazo de lechuga crespa con un manojo de hojas de apio. Cuando pago, el olor del cerdo está sobre los billetes, y siento que me persigue hasta la puerta de casa. Sobre las llaves queda una huella delatora. En la sala me reciben a un tiempo un fino olor de frijoles en cocción y el bulto de la Virgen, puesta con descuido sobre el equipo de sonido. Llevo la figura hasta la mesa tallada de la sala, donde espera el relevo un guerrero zulú. Cuando me apresto a volver la espalda rumbo a la cocina, me parece ver un brillo extraño sobre el manto de la madona. Sin duda se trata de una marca de sangre animal. El remordimiento se disuelve con la convicción de que, en la noche, la peste pasará de largo por la acera.

7. Domingo

A las cuatro de la tarde, con mis hijos, doy un rodeo a la iglesia del barrio. Descubrimos, descorazonados, que no hay por allí ni el más mínimo asomo del carrito de crispetas que es típico en otras aceras de parroquia. Acaso la ausencia de parque frente a este templo fuerce la inexistencia de puestos de comistrajos populares. Subimos por la Calle 67 hasta la Avenida Carlos Gardel, donde una glorieta boscosa esconde un monumento a la Virgen del Carmen. Nos acomodamos bajo aquella sombra como menesterosos romeros. Al rato seguimos hacia el norte por la histórica carrera, recibiendo primero el olor a cerveza derramada del Café Manrique y, una cuadra más allá, el olor perturbador del trigo hecho pan. Mis hijos no se deciden por ninguna de aquellas viandas doradas y sugieren continuar la marcha en línea recta. En la siguiente esquina, un perro hurga perezosamente un tremedal de bolsas de basura de las que son visibles sus entrañas de plátano. Un tibio olor a pavimento mojado acrecienta nuestra hambre. En la puerta de un restaurante nos recibe un aroma de frituras anacrónicas, y dos cuadras más allá apenas encontramos nuevos cafés cuyos borrachos eructan aguardiente en medio de un vaho casi farmacéutico. Sin decirnos una palabra, solo con base en estudiados apretones de manos, acordamos descender por la Calle 72. Cerca del fin de la cuadra se alza un ventorrillo callejero de empanadas. Mis tiernos compañeros saltan como cachorros al sentir el olor de la masa frita, y se olvidan de las crispetas cuando ven el nuevo botín —algo así como un cardumen fantástico— dando vueltas en el aceite hirviente. Poco después, por la Carrera 46, pasa zumbando una caja luminosa adosada a una bicicleta. Solo yo la veo pasar, y no digo nada a mis hijos para no arruinar su felicidad criolla. Cuando desaparece la bicicleta solo quedan los chillidos del aceite.

  

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