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crónica

Parque Bolívar Minimizar

Ignacio Piedrahíta

Muchos dicen haber vivido en el centro, pero pronto aclaran que habitaron en Prado, Boston u otro barrio. Los alrededores del propio Parque de Bolívar eran otra cosa. Dominaban los edificios y se vivía como en una ciudad. No se conocía a los vecinos ni se hacían visitas. Mi mamá y yo, y luego mi hermano, caminábamos todos los sábados a medio día por Perú hacia arriba, doblábamos a la izquierda cruzando la Oriental y subíamos por la calle Argentina hasta El Palo. Allí vivía el papá de mi mamá y casi todos sus hermanos. A pesar del breve recorrido que había entre los dos lugares, la casa de mi abuelo estaba ya en un barrio, donde había un granero que surtía el vecindario, pasaban pidiendo limosna a la vieja usanza y se rezaba el rosario después de comida. El centro de Medellín era el Parque Bolívar, nada más.

I 

Dos ceibas, un almendro y un árbol de cuyo nombre no quiero acordarme, marcan las esquinas del parque de Bolívar. Las dos ceibas están para el lado de Junín, y justo detrás de ellas se levantan tres cauchos majestuosos. De las ramas de estos últimos cuelgan lianas que en ocasiones llegan hasta el piso y se entierran de nuevo buscando el silencio de la tierra. Desde que recuerdo, hace quizá unos 25 ó 30 años, este ha sido el sitio de los emboladores. Cuando niño, siempre tuve el anhelo secreto de hacerme embetunar los zapatos, hasta que lo llevé a cabo siendo aun pequeño. En compañía de no recuerdo quién, atravesé la pesada puerta de hierro del edificio Santa Clara, que quedaba sobre Perú, caminé media cuadra hasta el parque y fui directo a las casetas de los viejos que trabajaban allí. Me ubiqué en uno de los asientos altos destinados a los clientes y, como había visto que era habitual, acordé el color con el embolador. Entonces me entregué a los cosquilleos que se sienten en los pies a través del cuero de los zapatos, primero por la estopa que unta el betún, luego por el paso de las cerdas del cepillo y, lo último y más gratificante, por los tirones del dulceabrigo que resuenan contra el cuero, que va dejando salir radiantes haces de luz. Nunca más me he hecho embetunar, pero tengo el recuerdo de aquella primera y única vez fresquito como el rocío.
Entre aquellos cauchos pasaba yo con mi mamá dos veces los sábados: una rumbo a la marisquería de la esquina de Venezuela con Caracas para comprar camarones, y otra camino de la matiné si esta se presentaba en el monumental teatro El Cid. En caso de que la película fuera en el Lido, el paseo resultaba aun más corto, pues bastaba bajar por Perú y doblar por Ecuador una cuadra. Ahí yo aprovechaba para dar una mirada a las novedades de la filatelia de don Gabriel, la tienda donde compraba estampillas para el álbum personal que había adquirido allí mismo. La filatelia todavía existe, y don Gabriel también. Entro a preguntar por cualquier cosa y lo veo tal cual, diligente, semiencorvado, con la misma voz aflautada pero ahora más bien gangosa por los años. Al descubrir que nada ha cambiado me siento como en casa y le digo he vivido allí hace unos 25 ó 30 años, en el edificio de al lado. “Vos jugabas tenis, ¿no cierto? ¿Cómo es que te llamás?”, me dice. Hablamos un buen rato de lo bueno que era el tiempo pasado, de los cambios de dueño que ha tenido la enorme casa en cuyos bajos está el local, y me hace pasar para mostrarme algo desconocido para mí: el antiguo cielo raso labrado en cobre, cubierto y disimulado por una capa de pintura blanca.
Hablamos de los cines, de las librerías, de las líneas de bus que antes pasaban por Ecuador. Él lo recuerda todo, yo apenas algunas cosas. No recuerdo ni una sola de las docenas de películas que hace poco confirmé con mi madre haber visto en aquellas matinés. Estoy seguro de que si recordara siquiera la mitad de esas cintas, o fragmentos al menos, tendría con qué hacerme una carrera de director o en su defecto de crítico, pero la verdad es que, salvo un par de fotogramas en los que me veo en la oscuridad de la sala, todo me lo ha borrado el tiempo.

II

Al costado izquierdo del atrio de la Catedral, mirándola desde la fuente, está ese árbol del que ignoro el nombre. Sus hojas diminutas contrastan con su cuerpo largo y envarado, que se abre al final de las copas como un ramillete. Me interesa ese árbol innominado porque de otros como él está sembrado el costado oriental del Parque, frente a la filatelia y al edificio Santa Clara, donde viví entre los 5 y los 11 años. De vivir en una finca en la sabana del Cesar, donde no existían límites, pasé a habitar este hermoso edificio de fachada que unos dirán café, otros gris: un tono indefinible que se debe a una arena gruesa, casi una gravilla, pegada por una matriz de cemento, todo esto velado por la suciedad del tiempo. Mi primo y yo recorríamos esa pared rugosa con las palmas de las manos buscando unas piedritas de color ambarino en forma de escamas, que íbamos pelando con las uñas. Después supe que esas piedritas se llamaban micas y que su color se debía a la presencia de hierro en sus débiles capas minerales.
Clara se llamaba mi abuela, Clara mi mamá, Clara mi tía y Santa Clara el edificio, construido por un antecesor nuestro de la rama paterna, de apellido Arango Fonnegra. De los cuatro pisos que tiene, mi familia y yo vivíamos en el tercero al igual que mis abuelos; en el segundo lo hacía mi bisabuela y en el primero mi tía. En el ala opuesta, la que daba sobre la carrera Sucre, vivía mi primo con su familia. El resto de apartamentos, que no eran muchos, estaban alquilados a gente conocida. También en el tercer piso había un espacio enorme acondicionado como taller, donde mi abuela y mi tía hacían flores de papel, cocían modelos de la revista Burda y recibían clases de pintura. Allí también me hacían los disfraces, ideados casi siempre por tías y abuela, que quedaban muy bonitos pero que no eran los más populares entre los otros niños: recuerdo el de Hojarasquín del monte, todo hecho de hojitas verdes de tela recortadas a mano. El centro no era buen lugar para pedir confites, pues las casas eran pocas y pedir en los edificios contiguos no tenía mucha gracia.
Me siento bajo la escasa sombra de la tarde, para tratar de ver con mis propios ojos, y no que los recuerdos vean por mí. Es la vieja y conocida esquina de los maricas, los travestis, y otros comercios; es como una avanzadilla de la calle Barbacoas, una corta vía que sale por un costado de la Catedral para hacer un recorrido sinuoso como la vida de sus habitantes. Es amplia la variedad de cuerpos que allí se exhiben. Yo, que soy clásico pero antojadizo, fijo mi atención en la carita linda de una muchacha sentada sobre una de las escaleras más bajas de la iglesia. La luz del sol cae sobre sus cejas espesas y pinta un religioso claroscuro sobre una de sus mejillas. Cuando ve que ha capturado mi sincera admiración, abre un poco las piernas y me enseña un prodigioso bulto que me recuerda los atributos del dios Príapo.

III

Detrás de las ancas del caballo del Bolívar hay dos carboneros florecidos. Los carboneros son arbolitos bajos, de ramas que crecen como formando un parasol con sus hojas menudas. Sus flores son raras, pues no tienen pétalos sino solo estambres de color rojo, que parecen motas de nieve tropical que se han posado sobre las ramas. Tomo asiento y respiro algo que ya siento familiar, el aroma de la serenidad. Romerías de viejos pueblan esas bancas a la espera de alguna noticia ajena o de una vendedora de tintos qué cortejar. Ellas se sientas benévolas a su lado y a cambio de una empanada y algo más se dejan sobar pasito sobre el delantal.
Por encima del sombrero de fieltro de un viejito estrecho de hombros, y entre los ijares del caballo de bronce, veo la fachada del Santa Clara. En las ventanas de la que era la sala de mis abuelos hay un cartel de abogados. Es decir, no un cartel formado por tinterillos, sino un póster que anuncia sus servicios. Se lo podría bajar de allí de un escopetazo. Sin embargo, en la ventana del apartamento de abajo, un hombre viejo que fuma y mira por el balcón con el placer que lo hice yo desde nuestro balcón de esquina, aparta aquella noble idea de mi cabeza.
Desde mi pieza, que daba sobre Perú, yo pasaba revista a los hechos cotidianos de al menos dos locales comerciales que recuerdo con claridad. El primero era una tienda de ropa llamada Cimarrón, regentada por su dueño, un hombre joven con una barba heredada de los primeros años 70’s, de quien se rumoraba sabía artes marciales; el dato se pudo comprobar un día en el que neutralizó limpiamente a un raponero que venía en plena huída. El otro local era La Polonesa, una heladería en la esquina de Perú y Ecuador que despertaba desconfianza en mi padre por el hecho de cambiar de dueño con quizá demasiada frecuencia. Junto a su nombre en letras cursivas de color negro sobre fondo blanco veo que anuncian jugos naturales, de modo que me acerco hasta allí, tomo una mesa contra el ventanal y pregunto qué sabores tienen. El mesero se excusa para ir a investigar. Mientras tanto miro alrededor para comprobar que solo hay cervezas y tintos sobre las mesas de los otros clientes. El mesero, viejo ya, se acerca para ofrecerme mora y guanábana. Me inclino por la segunda, que llega con la morosidad de su nombre largo y aliterado. Mejor, me digo, no tengo prisa. Desde allí veo la ventana de la que fue mi habitación, en cuyos vidrios hay unas calcomanías pegadas en desorden. Los motivos infantiles me sugieren la ilusión de que es un niño el que aun hoy vive allí.

 

IV

En la Polonesa se respira la misma tranquilidad del Parque. Primero suena “La gitana”, luego José Luis Perales, enseguida música caliente; una variedad que evidencia cierta actitud de desprendimiento hacia la tradición. Detrás del vidrio, tanto hombres mayores como niños pasan sin prisa para vaciar el basurero rojo pegado a un poste de luz. El botín ya ha sido saqueado, salvo por un plegable enrollado que todos devuelven después de tantearlo con su mano. Un anciano que llega rezagado lo toma como única recompensa y se va leyéndolo con la solemnidad de estar frente a un autor clásico. Los más jóvenes, más afines a la tecnología, pasan del basurero al teléfono público armados de un alambre con el que hábilmente extraen la moneda que un incauto depositó segundos antes.

Una y otra vez pasa un muchacho bien parecido, con pantalones de bluyín y una camisilla blanca pegada al torso que le transparenta sus tetillas avivadas. Se coge el pelo y se contonea mientras se acerca a los caminantes para pedirles dinero o un poco de comida. Aunque no son muchas las personas que pasan por allí, es la calidad lo que importa: gentes cejijuntas, encorvadas, rengas, paralíticas, desorejadas, desnarigadas… Al menos en lo que se refiere a diversidad el parque sigue siendo el mismo de antes, no importa que entonces fuera la variedad de la vida cultural la que dominara. Había tiendas especializadas de todo tipo como no existían en otro lugar de la ciudad. A la vuelta de casa, sobre Sucre, quedaba la librería Aguirre, donde mi mamá compraba novedades, entre ellas el primer libro de Tomás González que todavía conservo, autografiado. Librerías como esa, donde se exhibían libros de gente joven bajo el criterio del librero, tal vez no queden hoy en Medellín.
Pago el jugo y, mientras camino de nuevo por el parque, me pregunto qué significa haber vivido allí. ¿Conocerlo mucho? Para nada: vivir en un lugar significa a menudo repetir los mismos recorridos, pasar sobre la misma trilla; yo mismo no puedo ver nada de lo que hoy ocurre allí. ¿Después de asistir a innúmeros sanalejos qué se del Sanalejo? Nada, salvo que en uno de esos mercaditos, en el año de mi nacimiento, mi abuela compró una mata de coca. Esa mata se fue con ella para El Poblado y allí rindió frutos durante muchos años. Mi abuela daba estaquitas a todo el que la admiraba, hasta que murió la mata y después ella. Más tarde conseguí otra planta de coca para tener en casa, que se encarga de llevarme a ese recuerdo una y otra vez, y en consecuencia al Sanalejo. Uno no vive los lugares, ellos viven en uno.

V

El árbol que más me sorprende de los que enmarcan el parque es el almendro que queda sobre el costado derecho del atrio de la iglesia. Sus ramas tienden a crecer a unas alturas determinadas como si fueran pisos, y sus hojas son amplias como abanicos. Creo que es el almendro más alto y fornido que he visto en mi vida, y es seguro que él me vio pasar de la mano de mi madre rumbo a misa, o a nosotros dos paseando a mi hermano en coche, todavía un bebé. Justo en ese lugar es de donde parte la procesión de la Virgen del Carmen, todos los 16 de julio, rumbo a la iglesia de Manrique. Y en esa misma cuadra, cruzando Ecuador, en los bajos del edificio Fuentes del Parque, solía ir yo a comer sánduche de verduras en compañía del portero del Santa Clara, a quien enviaban con dinero de más para un capuchino.
Ahora mismo camino un poco hacia el sur, paso junto a un par de ventas de plantas y miro de nuevo a mi antigua casa. No soporto ver ese feo cartel de abogados en la ventana, de donde yo pasaba todos los días a ver televisión en colores con mi abuelo. Él se sentaba en una silla individual con una copa de aguardiente a su derecha, mientras yo ocupaba un puesto en el sofá. Recuerdo en especial la serie “Días felices”… recordar es mucho decir, pues, al igual que las películas de la matiné, solo se me viene a la memoria el nombre del protagonista: Fonzie. Puesto que mi abuelo se llamaba Alfonso, comencé a decirle así, Fonzie. Años después, en la sala de cuidados intensivos, víctima de un ataque cardiaco, lo llamé de esa manera. Fue quizá la última palabra que le dije.
Ya a punto de irme a casa, y en un último esfuerzo por capturar la esencia del Parque Bolívar de hoy, que se me escapa, me siento en un banco elegido al azar. Junto a mí, un hombre negro, joven, le habla a un hombre ya mayor con un CD en la mano. Le dice: “Ahí está todo lo que un escritor necesita”. Se lo dice no con la prisa y el acoso de un vendedor corriente, sino con el sosiego al que obedece el tiempo allí, entre las palmeras reales. El viejo le replica, con acento español y subrayada hidalguía, que más adelante quizá pueda comprárselo. Solo en el Parque Bolívar puede ocurrir algo como eso, me digo, donde todavía hay alguien que pretende escribir y vendedores que se ajustan a su pedido y les hablan con morosidad literaria. El hombre de color, como si fuera una ironía hecha a propósito, agrega: “Si no fuera usted de afán, como me ha dicho que está, se lo enseñaría”. El otro asiente y se quedan los dos en silencio, pasando el tiempo bajo un algarrobo, que se reconoce no solo por su tamaño sino porque las hojas están dispuestas en parejitas que parecen mirarse la una a la otra.

   

  

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