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Por el aire

Por: Víctor Menco Haeckermann

Para Carlos Haeckermann

Desde que tengo memoria, papá suele lanzarnos los objetos de la casa. Si alguno de sus tres hijos le pide el favor de que le pase el salero, se lo arroja desde el otro lado de la mesa; si un vaso de aluminio, papá también lo tira. Incluso, nos ha llegado a lanzar jarros, vasijas, floreros y demás objetos delicados. Y, como pocos padres, siempre le ha encantado que le pidamos monedas, con la única condición de que se las recibamos de lejos.

La explicación del modo de actuar de papá es que creció viendo y jugando béisbol, y en aras de que sus hijos le siguiéramos los pasos comenzó a entrenarnos siendo pequeños. Pero, muy a su pesar, nosotros nunca nos interesamos por el béisbol, sino por el fútbol (algo que papá ha aceptado con resignación a medida que pasan los años).

Sin embargo, aún no puede evitar lanzarnos cosas por el aire: Ayer, cuando se iba para su trabajo, me lanzó las llaves de la casa apenas hubo pisado la calle, por encima de la reja. Traté de seguirlas con la mirada pero el sol me lo impidió, me dieron en un brazo y cayeron al suelo. "¡Qué mal beisbolista eres! Deberías aprender de tu primo", dijo con seriedad, y continuó su camino.

Una vez dentro de la casa, vi a mi primo debajo del arco que separa la sala de la cocina. Ese mismo muchacho que mi padre cree una promesa del béisbol por su habilidad para atrapar objetos en el aire, tenía puesta la casaca de un famoso portero alemán y en la mano llevaba un vaso de jugo. Él entendió en mi mirada un desafío, como los de siempre. De inmediato, dejó a un lado el vaso y se plantó en el centro del arco, a la espera de que le pateara las llaves por el aire.

El cuarto bate Minimizar

Por: Roberto Montes Mathieu

Yo era el mejor tercera base del país. En ningún equipo había otro jugador que se me midiera por que yo no sólo era un tigre con la manilla sino un bateador del otro mundo y también me fajaba corriendo las bases y empujando carreras en el momento que se necesitaban. Más completo ni mandado a hacer…Y en plena época de oro del béisbol colombiano. Yo entonces era ágil, joven y fuerte y no tan gordo como ahora aunque todavía conservo un poco de fuerza y habilidad, pero en aquella época yo era todo un bigliguer. Mira cuando yo me plantaba en la tercera no había pelota que pasara. Me cuadraba así con las piernas un poco separadas, inclinándome hacia alante con la gorra que parecía taparme los ojos y la manilla lista a entrar en acción. Oye bien, bola que bateaban por ahí era bola muerta, no pasaba nunca del campo corto, yo la atarzanaba viniera como viniera. Si era un tubo me le medía casi siempre con un salto espectacular que le arrancaba aplausos al respetable. Y si era un roletazo me le arrodillaba, y si había necesidad de estirarme me estiraba hasta agarrarla y zaz mandaba a primera donde la Flaca Vitola se espretinaba para hacer el aut. Mis tiros era buenos y eso le servía a él para lucirse un poco.
A veces cubría yo solo todo el hueco del siorestó  y la tercera, entonces tenía que correr hasta la segunda para atrapar el imparable porque ahí es donde está la verraquera de ser buen pelotero. Un flai o una palomita lo atrapa cualquiera, pero a un imparable de esos que llevan dinamita son pocos los que se le miden. Yo fildié batazos que eran jits hasta que yo les llegaba y les metía el guante. Eso es lo bueno del béisbol, lo extraordinario, lo que lo convierte en el rey de los deportes. No creas que es por capricho que las bolas de espoldin siendo redondas vienen en cajas cuadradas. Por esos somos pocos los que llegamos a valer en estas vainas.
¿Tú viste la película del beisbolista fenómeno? Es con resortes. A él le dicen Bola de Bumo porque es un picher a quien no le ven una. Parece que tirara con un cañón. Imagínate que cada tiro al plato arrastra al cacher hasta las mayas del baquestó. Es que no se la ven por la velocidad tan macha con que la manda. Por eso le dicen Bola de Humo. Y cuando batea es todavía más verraco: bola que le mandan es bola que recuesta en los 400 pies. Es todo un fenómeno. Claro que él hace todo eso porque hay un espíritu que lo ayuda, que es el que le da la mandarria que tiene. Bueno yo no era tan fenómeno pero no dejaba de ser verraco, porque si sirviendo era como te dije, bateando también me lucía. Mira yo empecé siendo abridor. A mí me tenían como un bateador más, como alguien que de vez en cuando podía hacer daño. Hasta ahí, pero cuando se dieron cuenta que yo le pegaba duro al perro en el hocico me fueron ascendiendo hasta llegar al cuarto bate.

Recuerdo que hubo una temporada en que yo no pelaba bola. Cuando pensaban que me iban a ponchar que me encontraba entre la rubia y la morena, sacaba el palo de donde menos lo esperaban y chocaba la pelota. El average mío subió tanto que gané el título de imponchable. De ahí en adelante fui mejorando en batazos de largo alcance porqie inicialmente yo era un bateador de jits y uno que otro de dos y tres bases y claro hasta un jonrón de vez en cuando. En la época que te digo cuando fui imponchable batié un solo jonrón que fue decisivo para ganar el trapo que aseguraba nuestra participación en el pleió. Fue un encuentro dificilísimo contra el equipo de Repauto reparte respuestos rápidamente rebajados repítalo usté también, como decía la propaganda. El partido iba parejo hasta la altura del loqui seven. Eran inings de tres llegaron tres se fueron hasta que salí a batear yo decidido a sonarla. Me cuadré en el plato agarrando firmemente el manduco. Con tranquilidad y sin afanarme esperé el lanazamiento, esperé la bola que me convenía. Cuando la vi dije esta es la mía. Entonces hice el movimiento con todos los hierros y track la pelota desapareció por encima del tablero de los 315. Un palo de cuatro esquinas que nos llevó al cielo. En seguida nos fuimos a celebrar el triunfo donde las putas porque teníamos que divertirnos. No era para menos.
Pero volviendo atrás, cuando yo empecé a darle duro a la bola me pusieron de cuarto bate. Fue en realidad cuando se inició mi carrera de bateador. Los lanzadores me respetaron desde el principio porque yo desde el primer momento di muestras de mi capacidad. Si había bases llenas o dos hombres en base, preferían darme la base pasándome de frente o golpeándome con la bola. Ellos preferían que entrara la carrera forzada antes de atreverse a picharme porque me tenían físico miedo. Ellos sabían que a todos los metía la bola por cualquier rincón, hasta por el raifil. Yo era como Miqui Mantle que bateaba a la zurda y a la derecha y no respetaba a nadie, a todos les daba palo y siempre por arriba de la cerca y en cualquier partido, porque esa era otra de mis ventajas, yo no tenía día malo. Por eso me tenían miedo.

Como sería yo de bueno que jugando en el Campeonato Nacional de Barranquilla, en cuatro veces que fui al bate pegué tres jonrones. Ese es un record que está vigente todavía. Yo no sé de otro que haya hecho esa hazaña, tres jonrones en un partido. Los periodistas no sabían qué decir sobre mí. Los elogios más raros me hicieron. Hasta llegaron a decir que me iban a mandar a Estados Unidos a jugar a la triple A porque yo le quedaba grande al béisbol colombiano. Aquí llegaron a organizar una colecta para comprarme una casa porque y merecía eso y no sé que otras vainas, dijeron. Porque yo era un nuevo Beibi Ruth, ese pelotero gringo que bateó 60 jonrones en un año y que tenía nombre de chocolate. Mira algunos amigos para mamarme gallo me saludaban diciéndome, quiubo jonrón, quieres jonrón, y yo les decía no me jodan con esa vaina que no soy el tipo de la película Don Quintín el amargado, el que llega al cabaré y pide un tequila y cuando le cobran dice que él no paga que si quieren jonrón y muestra el revólver que lleva en la sobaquera, porque los amigos querían hacer relación a eso. Bueno el hecho fue que no me mandaron a los Estados Unidos donde a lo mejor hubiera llegado a las Grandes Ligas, quien quita, hubiera sido en verdad un bigliguer porque tenía madera y de la buena. Era una manilla tremenda y un bateador de largo metraje. Pero lo peor fue que ni siquiera me compraron la casa. La colecta que hicieron no sé qué rumbo tomo, porque después que pasó la fiebre del partido de Barranquilla se olvidaron de mí y no volvieron a mencionar nada de lo que me habían prometido. Pero a mí eso no me importó, yo seguía siendo el mismo, igual que antes, sin rencor contra nadie y sin reclamarle a nadie nada porque yo las cosas las hacía por amor al deporte, te lo juro que era así, yo llevaba el béisbol en la sangre a pesar de que ningún familiar mío fue beisbolista. A mí me gustaba que en la calle me reconocieran los fanáticos. No te imaginas la alegría que me daba cuando subía a un bus urbano y el chofer me decía: ¡ajá cuarto bate, cómo anda esa leña! Y no me dejaba pagar porque yo era la estrella, el ídolo de todos. Mira los pelaos decían que cuando crecieran iban a ser beisbolistas como yo y hasta me imitaban en mi modo de vestir. Fui yo quien impuso la moda de usar los zapatos croydon blancos sin cordones con la lengüeta para adentro mostrando la belleza de las medias. ¡Y hay que ver las medias que yo usaba! ¿Te parece poco? Eso para mí era suficiente. En realidad no necesitaba nada la gente me daba todas las satisfacciones.

Me acuerdo ahora cuando le robé la segunda al Pájaro Guzmán. ¿Te acuerdas de él? Era de los mejores cácheres que había en mí época, tenía un tiro a segunda que no fallaba nunca. El que pensara írsele tenía que tener patines en vez de espais porque sacaba a todo el mundo cruzando el caño. Esa tarde yo le robé la base. Hacía tiempo venía con las ganas de hacerlo y hasta me había preparado porque sabía que de un momento a otro se me presentaría la oportunidad. Y así fue. Cuando llegué a la primera por un jit me dije: te llegó la hora de demostrar que también eres bueno estafando bases. Me concentré en los movimientos del picher sin abrirme de la almohadilla para que no maliciara mis intenciones. Cuando empezó a hacer el balanceo arranqué a toda máquina, entonces lanzó rápidamente a jom y el Pájaro se abrió para mandar a segunda. Yo me deslicé en una espesa nube de polvo y el árbitro cantó seis. Las tribunas casi se caen de la emoción del público. Eso sonaban matracas, pitos, bocinas y todos gritaban y pataleaban de alegría. Yo pensé que el estadio se iba a caer. Fue un espectáculo de relajo tremendo. Cuando terminó el partido me llovieron invitaciones para beber, comer y putear. Casi veinte días estuve en ese tren pues todos querían celebrar conmigo el robo de la segunda.
De qué me iba a preocupar yo si la gente siempre se manifestaba así conmigo. A mí no llegó a faltarme nada porque todo el mundo me daba lo que pidiera. Yo era el pechichón del béisbol. Cómo me consentiría que llegué a tener cinco mujeres al tiempo. Y a todas les daba duro y parejo porque en la cana también me fajaba. Como quien dice yo garroteaba donde me pusieran, porque como te dije yo era joven y tenía que aprovechar mi gloria. Mis años de chacho. Y los aproveché lo mejor que pude. ¿Más para dónde? Goce todo lo que quise, por eso cuando me muera me muero satisfecho. Ténlo por seguro que si volviera ser joven volvería a lo mismo. Al béisbol y a gozarla ¿por qué no? Si el béisbol me lo dio todo: la gloria y lo demás. ¿Sabes cómo es eso? Yo todos los días salía en los periódicos en distintas poses. Los fotógrafos se gastaban sus rollos conmigo. Era la estrella más brillante del universo deportivo y no había periodista que no ponderara mis cualidades. Hasta los que escriben de cosas serias. Y todos coincidían en afirmar que yo era lo más grande que había dado el béisbol criollo. Así decía. Y mira si no me duelen a mí esas cosas porque siempre hay un pero, y es que tanta belleza pasa rápido. Las cosas no son como uno quiere que sean. Algún día tienen que acabarse y si son buenas se acaban más rápido. Eso me pasó a mí porque los años no llegan solos. Eso es lo emputecedor del deporte. Llega el momento en que uno se da cuenta que está envejeciendo, que ya no es el mismo de antes porque empieza a sentir pesada la manilla y a bajar en el bateo. Uno sigue siendo bueno pero deja de ser excelente y aún así todavía encuentra a quienes lo quieran, sigue subiendo a los buses sin pagar y los pelaos se acercan y lo imitan a uno.

Pero los años siguen haciendo daño y cada día que pasa esas demostraciones van disminuyendo. Ya son pocos los que saludan: ¡ajá, campeón! ¡ajá, cuarto bate! Y uno se da cuenta que llegó la hora de quitarse los espais y colgar la gorra. De decirle adiós al béisbol y buscar la manera de ganarse la vida, porque entonces viene lo jodido hermano y es que uno no sabe hacer nada. Uno nunca se preocupó por tener nada y ya no es como antes cuando era campeón. Ya no emociona a nadie y la gente se olvida de uno porque llegan otros con su juventud y poderío  que a lo mejor no son ni sombra de lo que fue uno en su época de oro pero que por vainas de la vida vienen a llenar el hueco que uno dejó. A ellos no les cobran en los buses y son los encariñados de las putas. Ya cuando le cobran a uno es porque las cosas no están para más, entonces hay que agarrar lo primero que le manden, aceptar lo que le ofrezcan. Fíjate como es la vida por eso tuve que meterme en este uniforme. Así como te lo digo yo, estaba en la olla y tenía que salirme de ella. Me ofrecieron esto y lo acepté, ¿qué más podía hacer? Es como si el mánayer hubiera dicho: tírale a lo que venga para que el corredor de la primera se escape. A mí me dijeron: vamos aver si sigues siendo bueno con el bate, vamos a ver, demuestra que no te has olvidado de cómo se usa. Vamos a ver si sigues siendo bueno. Cuádrate y has el suin que sabías hacer. Y me dieron el bolillo y me llevaron a la universidad porque había manifestación de estudiantes. ¿Y esto qué es? Pregunté. Esto es un partido me dijeron, un partido hecho especialmente para ti, así que fájate, truénalos duro, que vayan sabiendo quién es el que manda. Entonces me volví a sentir otra vez de película, feliz tirando palo a dos manos, y nuevamente empezaron a reconocerme y a decirme, ¡ajá, campeón! ¡ajá, cuarto bate!

      


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