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João Guimarães Rosa Minimizar

Cientounario de la muerte de Guimaraes Rosa

El 27 de junio de 1908 nació João Guimarães Rosa en Cordisburgo (Minas Gerais). Su obra literaria —una de las más estudiadas de la literatura brasilera— se inició con un cuento olvidable publicado en O Cruzeiro —“O mistério de Highmore Hall” (1929)— poco antes de que el escritor se graduara de médico. Pero la buena estrella iluminó rápidamente al autor mineiro, quien a los 26 años se hizo diplomático —oficio en que se ha forjado buena parte de los escritores de América Latina—, y quien, durante los días de la Segunda Guerra Mundial, sirviendo en Alemania, se salvó de morir en un edificio bombardeado gracias a la previa ocurrencia de salir a comprar cigarrillos. Ese azar permitió que los lectores del continente conocieron libros de cuentos y novelas como Sagarana (1946), Corpo de baile (1956), Grande sertão: veredas (1956) y Primeiras estórias (1962). Entre esas obras, Grande sertão: veredas es la más canónica, lo que sobradamente demuestra la sola idea general de su argumento: Riobaldo, bandolero, hace un pacto con el Diablo para llegar a ser jefe de su cuadrilla, y el Que-no-ríe se cobra con la vida de la prenda más querida del otro. Lo siniestro y el amor se dan cita en medio de los campos y matorrales de Minas Gerais, tortuosos de tan infinitos, como bien lo sugiere el abrebocas de la novela: “El sitio sertón se extiende: es donde los pastos no tienen puertas, es donde uno puede tragarse diez, quince leguas, sin topar con casa de morador; es donde el criminal vive su cristo-jesús, apartado del palo de la autoridad”.  De la vida del médico escritor pueden agregarse un par de datos más: residió en Bogotá hacia 1944 —otro más entre sus beatíficos desempeños consulares— y murió en Río de Janeiro el 19 de noviembre de 1967, sólo tres días después de haberse posesionado como miembro de la Academia Brasileira de Letras (como si el Diablo, así como procedió con Riobaldo, hubiera querido cobrar al escritor el antiguo favor de alejarlo de un fatal bombardeo gracias al humo persuasivo de un cigarrillo).
Hará cosa de año y medio que el escritor medellinense Ignacio Piedrahíta tomó parte, en Río de Janeiro, en uno de los homenajes planeados en el país del “Impávido coloso” con motivo del centenario del natalicio de Guimarães Rosa. En el acto, la misma hija del escritor mineiro —Doña Vilma— sugirió que su padre había imaginado en sus novelas un sertão que no conocía. Deseoso de poner en jaque a su corresponsal y, al mismo tiempo, de sumarse —no importa el retardo— a la celebración literaria, Rabodeají ofrece a sus lectores algunos pasajes del testimonio de un vaquero anciano que, más de medio siglo atrás, acompañó al médico novelista durante las excursiones rurales de que habrían de beber sus obras. La traducción del portugués campesino al castellano corre por cuenta del diligente Ricardo Aldemar Peña.

 Seu Zito recordando a João Guimarães Rosa



 

  

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