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ensayo

Entremeses Minimizar

Ilust. Jaime A. Ramírez

Por Eduardo Escobar

Al nacer no somos más que unos pequeños mamíferos ávidos que deben ser alimentados por los otros. Pero en cuanto nos sentimos capaces de alguna autonomía nos lanzamos a chupar, lamer y tragar todo lo que se nos ponga al alcance.
Cometemos el atrevimiento de señalar a los tiburones y a los cerdos por su voracidad, cuando aprendemos a juzgar y a matar. Olvidando que una vez comimos a puñados el suelo y el subsuelo patrio, las paredes de la casa y sus arañas suculentas, las bolas de vidrio de unas damas chinas, los collares de perlas de mamá, las argollas de matrimonio, los botones desprendidos, y hasta nuestras impresentables secreciones corporales, superiores y póstumas, al menor descuido de los tutores y las sirvientas.

Algunas personas pervierten la aberración narcisista de gulusmearse los productos de sus propios cuerpos dejando a sus prójimos debajo de las mesas hipócritas y las sillas solapadas, las herencias de sus olvidos viscosos, ciscos fríos de baquelitas de origen nasal y aspecto austero, y los chicles comatosos gastados por sus muelas inclementes, que no conocen la fatiga.

Ilust. José SanínEl chicle es la manía de comer sin alimentarse. Fumar, la forma mortal de comer humo.
 
En apariencia la higiene y las buenas costumbres triunfan con la entrada del omnívoro animalito en la atrocidad de la adolescencia. Pero entonces la voracidad de los egoístas radicales tan solo se modula y matiza. Aunque deja de comer mierda, y de alimentarse con los pegajosos productos de sus narices, es común que al abandonar las desinhibiciones de la infancia, en compensación, se devore las uñas hasta la carne viva, se coma las puntas de los manteles, las faldas de los delantales, los puños y los cuellos de las camisas y las correas de los morrales, las hojas de los libros, las gomas de borrar, los lápices de madera, los estilógrafos de plástico, etcétera, etcétera. Y claro, los escuálidos salchichones de las alacenas y las tortas de chocolate de cumpleaños antes de que lleguen los invitados al convite. Como si careciera al mismo tiempo de autocontrol y de fondo.

Mitos y religiones están relacionados con el prosaico, insalvable hábito de comer. El sol devorador de los aztecas se aplacaba con los corazones palpitantes de sus acólitos, y el amoroso Cronos extremó el cuidado de sus hijos incorporándoselos por vía oral. El más insondable entre los arcanos fabulosos de la religión en la que fuimos bautizados con sal, es el misterio de la comunión. Ni más ni menos que la ingesta simbólica del cuerpo, carne y sangre del dios.
 
La expulsión del paraíso del mito judío que rige nuestros desvaríos fue en castigo por consumir una manzana sin el permiso de un dios agrícola. Esaú y Jacob negociaron el derecho de la primogenitura con un plato de lentejas. El último acto antes de la crucifixión del justo Jesús fue una inquieta cena de amigos. Y el primer contacto social del Dios resucitado, un tranquilo desayuno en Emaús.

La literatura universal está llena de intensas comilonas, cenas informales y banquetes, desde los tiempos heroicos, cuyas hecatombes formidables de reses oscurecían el cielo de las ciudades sitiadas con el humo de grasa; desde Petronio y los cuentos canibalescos de las Mil y Una Noches, desde Caperucita que fue comida ella misma por un lobo, auténtico gourmand, ya que fue capaz de comerse también a la abuela, y las gulas grotescas del Gargantúa de Rabelais, y pasando por la estirada novela burguesa europea, de Mann y Proust, que evoca su pasado mientras contempla una galleta vulgar, de largas cenas conversadas en medio de un lujo apacible con relumbrones de cubertería, transcurridas bajo lámparas de estilo, hasta llegar al grosero y democrático señor Bloom, protagonista del Ulises de James Joyce, que comienza el día memorable de junio con un riñón, compartido con su gato, y las extremosas y deprimentes lechugas agrias que le gustaba comer ya descompuestas, a Gregorio Samsa, en su habitación precaria, después del infortunio de amanecer convertido en un escarabajo en la Metamorfosis de Kafka.

Un antropólogo alemán, cuyo nombre no consigo poner en mis fosas craneanas, por desprecio inconsciente tal vez, sostiene, en sustancia, que la evolución del hombre fue acelerada por la arcaica inclinación de nuestros protoabuelos hacia los suculentos cerebros de sus vecinos. Según el sabio profesor, un indirecto acopio de conocimientos, antes de la invención de la escritura y el libro. El lenguaje parece concederle la razón, prolongando la analogía. Seguimos hablando de devorar un libro como si fuera el suflé hecho con los sápidos sesos de un sufrido autor. 

Ilust. José SanínEl canibalismo de necesidad o de placer, no ha sido superado por completo en los tiempos modernos.

Por necesidad, hace años los integrantes de un equipo uruguayo de rugby, sobrevivientes a un accidente de aviación en una cima de los Andes, dieron buena cuenta de sus compañeros de vuelo, primero que todo las azafatas, como es comprensible. Por placer, existen testimonios recientes de esta forma extrema del amor al prójimo, aparte la placentera costumbre de ruñir prójimo en los cocteles.

Hace unos pocos años un joven enamorado japonés cortó a su fina novia holandesa en tiernas lonjas, por puro cariño, con el afectuoso propósito de comérsela. En otra nevera, la de un delirante soldado gringo, exento de prejuicios raciales, la policía encontró media docena de negros despresados y hervidos, listos para cocer, que el goloso cazaba por las calles de Chicago con cebos de promesas sexuosentimentales. Un animoso camarada ruso, en plena devastación del comunismo, fue descubierto comiéndose los genitales de un compatriota, las criadillas, pues, mientras cantaba La Internacional a todo pulmón con el ardor de un comisario bolchevique. Los periódicos dieron cuenta también de la pareja de alemanes que se citaron por Internet, para realizar una extraña comunión convenida de antemano. Uno sería la presa y el otro quedaría comido. Comerte a besos, es una expresión común del devorador deseo amoroso. Las hembras de ciertos animales devoran a sus crías con el fin de ampararlas en las tormentas. Otras, dan buena cuenta del pobre marido.
 
Hoy, todo lo hemos complicado, como es debido. El amor ha sido convertido en gimnasia, y la gimnasia en religión. La confusión mundial no podía dejar la dieta sin enredos.

Los defensores del arroz integral muy usado por los fieles budistas en sus ofrendas, lo consideran como la fuente misma del nirvana, y de la felicidad y la salud, a pesar de la aspereza. Otros, alegan en contra del noble cereal las adherencias de los insecticidas, fungicidas y matamalezas que se le incorporan entre la siembre y el supermercado. Y algunos de sus contradictores se limitan a tragar zanahorias adornadas con moños de yerbas, apio y acelgas y lechugas soñolientas, y han creado alrededor de la ensalada una ética, intrincada de normas y razones, y sustentada con razones higiénicas, morales y compasivas. Otros piensan, sin embargo, que los vegetarianos no son más que unos coches de amibas y lombrices. Y prefieren soyarse con la soya, y los granos no cocidos de las formas macrobióticas del hambre perpetua.

Ilust. Carolina Bernal

Unos prefieren los alimentos vivos, germinados, las raíces chinas. Otros confían en la xerofagia. Otros en las medicinales aguas aromáticas contra el fabuloso café y el te, que incluso cuenta con un sofisticado ritual. Pero otros recelan de los remanentes de cloro de los acueductos y las aguas contaminadas del campo por igual. Algunos se atienen a la simple leche. Sus adversarios se abstienen de este subproducto de la melancólica vaca y sus derivados, por terror a las grasas y los cálculos de las litiasis y no pueden ver la leche ni pintada. La leche no es para estos más que una forma blanca del suicidio. Estos, cuentan además, entre sus peores argumentos, las porquerías que le encuentran a la leche cuando se le buscan, la radiactividad y el ddt que las reses absorben en el poético rocío de los pastos, los riesgos de la aftosa, la brucelosis y la tuberculosis y la encefalopatía espongiforme de los bovinos, mal de renombre rebuscado que disuelve el cerebro en una sopa sosa a partir de una bacteria caritativa.
 
En Estados Unidos están tan desprestigiados entre ciertos grupos sociales el azúcar como el castrismo. Una multitud de patriotas endulza sus alimentos con miel de abejas y denigra del refinado jugo de la caña cubana de origen africano. Que tiene demasiados carbohidratos, alegan. Que produce caries. Y es causa de envejecimiento prematuro. Dicen. Disfrazando el componente ideológico de la aversión a la sacarosa natural con pretextos de nutricionistas de buena fe, aceptan sin embargo el azúcar sin refinar. Pero otra multitud igual de respetable, numerosa, manipulada, y porfiada, no formada por completo de izquierdistas, advierte contra las trampas mortales de la miel, peores que la revolución, la obesidad y las visitas a la dentistería. Las abejas acarrearían en sus activas patas, con el nutritivo polen, los tóxicos foliares de los jardineros que desencadenan el cáncer, la indiferencia del Alzheimer, y la locura del prurito.

Se dice que la crisis mundial de alimentos nos obligará tarde o temprano a volver a la ingesta de ciertos animales rechazados hace siglos por la cocina humana. Lombrices, insectos, larvas de escarabajos. Los piojos que consumen con gusto todavía algunos nativos latinoamericanos. Los chinches asados. Las cucarachas cocidas. Y crudas. Las arañas rojas que comen ciertas comunidades en la orinoquia. Y una muchachita en un libro de Cornelio Agripa. Dicen que los chinos comen todo lo que se mueve. Incluso, dicen correos intestinos de la Internet, se han puesto de moda en la superpoblada China los fetos. Como otros gozan de las terneras nonatas.

Ilust. Carolina BernalHace tiempos los jóvenes ejecutivos venezolanos y puertorriqueños comenzaron a menearse más de la cuenta con muchos perfumes. Los consultorios de los especialistas en problemas de identidad se abarrotaron de aflautados. Hasta que alguien descubrió la razón, arruinando el negocio de los amansalocos de las diversas logias freudianas. Tantas plumas, eran los galardones del pollo recargado de hormonas que consumían. Y no tenían origen en la infancia, el destete temprano, o la visión inesperada de un tío materno en calzoncillos mientras les brotaba el tercer diente.
 
Ayer encontraron sobredosis de mercurio en las sardinas. Que los salmones cultivados en cautiverio producen tumores cerebrales. Antier, hepatitis en los caracoles. Cianuro en las uvas de Chile. DDT en los cascos polares y en los líquenes que comen los renos que comemos en los restaurantes sofisticados a precio de oro.

Algunos sabios y santos de los altísimos Himalayas dicen que se puede subsistir del aire, prescindiendo de los alimentos sólidos, que se han vuelto tan caros, que ellos llaman Prana. Pero eso fue antes de que la Era Industrial mezclara al aire planetario de los gases respirables, sus compuestos letales de humo, ácido sulfúrico, y partículas de plomo en suspensión.

Acabo esta reflexión sobre las obsesiones modernas de la dieta, que ha llevado a muchos en los países adelantados a la obesidad, y a otros a la anorexia, con una reflexión piadosa, que quizás mitigue las dificultades de las mayorías hambrientas, y como mi contribución a la paz del mundo.

Algunos contemporáneos del santo aseguran que San Francisco de Asís, que decía que necesitaba muy poco y ese poco lo necesitaba poco, sobrevivió una semana completa del canto de una cigarra. Valdría entonces la pena probar la dieta en nuestros pobres. Enseñarles quizás, desde la escuela, a alimentarse con sus propios berridos. Tal vez así, sería posible mantenernos mansos, y animosos para el trabajo. Que además tiene tanta fama de saludable.

Y buen provecho.

Ilust. Lina orozco

  

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