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Retrato de un mundo ideal Minimizar

Legisladores sin tiempo, sin oficio muchas veces; ogros que predican desde una curul desvergonzada, desde el cinismo, desde la rabia, desde la lucidez del réprobo. Hemos abusado de Jonathan Swift y convertimos el título de su lúcida cocina de niños en el nombre de nuestra sección de atrevimientos y descaros.
Inaugura nuestra página Henry Louis Mencken, periodista gringo que recibió con carcajadas su título de “sabio de Baltimore”, peleador de poder contra la legión de puritanos de EE.UU en la primera mitad del siglo XX.  Legión que es ley. En 1931 el Estado de Arkansas ofreció una plegaria por el alma perdida de Mencken. Desde aquí empinamos una copa por su sagrada corrupción. Envenenar el acueducto con unos grados de alegría alcohólica, para lograr la tranquilidad del respetable, es una idea olvidada e irresistible. 


Es tan sabido que cuando el organismo humano consume alcohol es solución acuosa diluida este actúa como depresor , y no como estimulante, que hasta los fisiólogos más avanzados empiezan a tomar conciencia de este hecho. El profano inteligente ya no echa mano al porrón cunado está en vísperas de un trabajo importante, ya sea intelectual o manual, sino que recurre a el cuando concluye la tarea y quiere relajar la tensión nerviosa y reducir la presión del brazo. El alcohol, por así decir, nos serena. Levanta el umbral de susceptibilidad y nos hace menos susceptibles a los estímulos externos, particularmente cuando estos son desagradables. Al frenar todas las cualidades que nos ayudan a progresar en el mundo y a sobresalir entre nuestros semejante -por ejemplo, la combatividad, la astucia, la inteligencia, la ambición- liberan las cualidades que nos endulzan y nos hacen simpáticos: por ejemplo, la amabilidad, la generosidad, la tolerancia, el humor, la comprensión. El hombre que se ha echado a la bodega dos o tres cócteles es menos competente que antes para gobernar un acorazado por el Ambrose Channel, o para amputar una pierna, o para redactar una escritura hipotecaria, o para dirigir la Misa en Si Menor de Bach, pero es mucho más apto pata agasajar a los comensales, o para admirar a una chica bonita, o para escuchar la Misa en Si Menor de Bach. Quienes mejor ejecutan los trabajos más duros y útiles del mundo, que van desde extraer muelas hasta cosechar papas, son los hombres que están tan sobrios como otros tantos habitantes del pabellón de los condenados a muerte, pero quienes mejor hacen las cosas bellas e inútiles, seductoras y regocijantes, son los hombres, que como se dice habitualmente, están hechos una uva. El pithecantrophus erectus era abstemio, pero tengan la certidumbre que los ángeles saben qué es lo que conviene catar a las cinco de la tarde.

Todo esto es tan evidente que me asombra que jamás un utopista haya propuesto abolir todos los males del mundo mediante el sencillo de achispar ligeramente a toda la raza humana y mantenerla así. Recuerden que no hablo de emborracharla, sino solo de achisparla ligeramente, y ruego que me disculpen por no saber describir ese estado en términos más decorosos. El hombre achispado es el que saca a relucir todas sus mejores cualidades. No solo es inmensamente más amable que el hombre fríamente sobrio, sino que también es incalculablemente más bueno. Reacciona frente a todas las situaciones con una actitud expansiva, generosa y humana. Se transforma en un individuo más liberal, más tolerante, más benévolo. Es mejor como ciudadano, como marido, como padre y como amigo. Semejantes hombres nunca promueven las empresas que hace incomoda y peligrosa la vida humana sobre la tierra. No provocan guerras ni saquean u oprimen a los demás. Quienes perpetraron todas las grandes infamias del mundo fueron hombres sobrios, y casi siempre abstemios. Pero quienes brindaron a la humanidad todas la cosas fascinantes y bellas, desde el cantar de los cantares hasta la tortuga à la Maryland, y desde las nueve sinfonías de Beethoven hasta el cóctel de Martini, fueron hombres que, cuando llegaba la hora, cambiaban el agua de pozo por algo con un poco de color y con más componentes que el oxígeno y el hidrogeno.

Sé, claro está, que la tarea de achispar a toda la raza humana y de mantenerla achispada un año sí y otro también plantearía formidables problemas técnicos. Sería difícil lograr que la dosis diaria de cada individuo se acomodara exactamente a sus necesidades particulares y sería igualmente difícil hacérsela llegar precisamente en el momento oportuno. Por un lado, existiría siempre el peligro de que ocasionalmente grandes minorías recuperaran la seriedad total y desencadenaran guerras, disputas teológicas, reformas morales y demás incordios análogos. Al mismo tiempo, existiría el peligro de que otras minorías se embriagaran realmente y nos fastidiaran a todos con sus gritos jactanciosos o sus llantos sensibleros. Pero naturalmente, estos problemas técnicos no son en modo alguno insuperables. Quizá podríamos solucionarlos renunciando a administrar el alcohol por boca y distribuyéndolo mediante la impregnación del aire con sus vahos. Formulo la sugerencia y la pongo en circulación. Estos asuntos corren por cuenta de hombres idóneos en terapéutica, cuestiones de gobierno y eficiencia comercial. Actualmente contamos con ellos y a menudo sus empresas reflejan una gran dosis de ingenio, pero puesto que en la mayoría de los casos están sobrios, dedican demasiado tiempo a hostigar al resto de la gente. Medio achispados serían diez veces más geniales y quizá su eficiencia se reduciría a la mitad. Miles de ellos, relevados de sus actuales deberes antisociales, estarían ociosos y ávidos de trabajar. A ellos les confío la solución de este problema. Si su éxito no es absoluto, por lo menos será parcial.


Queda en pie la cuestión de que aunque se tratara de pequeñas dosis de alcohol, si cada una de ellas le siguiera otra antes de que se hubieses disipado los efectos de la primera, la salud física de la raza se resentiría, aumentaría la tasa de mortalidad y desaparecerían, exterminadas, categorías íntegras de seres humanos. Mi respuesta consiste en que lo que propongo no es la prolongación del ciclo vital sino la multiplicación de sus goces. Supongamos que su duración se reduzca en un 20 por ciento. Pues yo afirmo que sus deleites aumentarán por lo menos en un 100 por ciento. Engañados por los estadígrafos caemos con frecuencia en el error de venerar simples números. Decir que A vivirá hasta los 80 años y que B morirá a los 40 no implica una demostración plausible de que A debe inspirarnos más envidia que B. En la practica, es posible que A tenga que pasar la totalidad de sus 80 años en Kansas o Arkansas, comiendo solo maíz y carne de cerdo y bebiendo únicamente agua de río contaminada, en tanto que es posible que B pase sus veinte años de vida responsable en la costa azul, wie gott in Franreich. Aduzco que, aún suponiendo que la duración media de la vida humana se redujera en un 50 por ciento, el mundo que imagino sería infinitamente más feliz y encantador que este donde vivimos hoy, y que después de haber saboreado su paz y dicha ningún ser humano inteligente volvería por su propia voluntad a las torpes brutalidades y estupideces que ahora padecemos y que nos esforzamos neciamente por prolongar. Si aun en estos días deprimentes los norteamericanos sagaces continúan aferrándose a la vida y empeñándose en estirarla más y más, no lo hacen ciertamente por una razón lógica sino sólo por instinto. El que se obstina es el bruto primitivo que hay en ellos, no el hombre. Este sabe muy bien que diez años en un país auténticamente civilizado y dichos valdrían infinitamente más que una era geológica bajo las maldiciones que ahora debemos enfrentar y soportar todos los días.

Además, no es obligatorio admitir que una alcoholización moderada de toda la raza reduciría realmente el ciclo vital. Muchos de nosotros ya estamos moderadamente alcoholizados y sin embargo conseguimos sobrevivir tanto como los puritanos. Y en lo que a los mismos puritanos concierne, ¿quién protestaría si la inhalación del aire impregnado les produjera delirium tremens y los esterilizara y exterminara? Las ventajas que cosecharía la humanidad serían obvias e incalculables. Todas las peores cepas, que ahora no solo perduran sino que incluso prosperan, desaparecerían en pocas generaciones, y en consecuencia el ser humano medio se alejaría apreciablemente, digamos, de la pauta que marca un clérigo bautista de Georgia para acercarse a la pauta de Shakespeare, Mozart y Goethe. Aunque se necesitaría una eternidad, claro está, para recorrer todo el trayecto, cada generación asistiría a un progreso lento pero seguro. Ahora, como todos saben, no progresamos en lo absoluto, sino que retrocedemos sistemáticamente. Es tan evidente que el hombre civilizado medio de hoy es inferior al hombre civilizado medio de hace dos o tres generaciones, que no es necesario presentar testimonios para probarlo. Es menos emprendedor y valiente, es menos habilidoso y variado, se parece cada vez más a un conejo y cada vez menos a un león. Las duras opresiones lo han convertido en el que es. Es víctima de los tiranos. Bien, ningún hombre con dos o tres cócteles adentro es un tirano. Puede ser tonto pero no cruel. Puede ser bullicioso, pero también es tolerante, generoso y benévolo. Mi propuesta reimplantaría el cristianismo en el mundo. Rescataría la humanidad de los moralistas, los pedantes y los brutos.



  

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