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Ensayo

Rocola Nadaista Minimizar

Para hablar de la música de mi generación lo mejor sería romper a cantar  un cantar largo y confuso. En palabras la cosa se resume en un montón de nostalgias deshilvanadas. Ya se sabe. Los aires musicales y los aromas ponen en movimiento los recuerdos en los vastos basureros de la memoria.

Veo a gonzaloarango levantándose de la mesa del bar Palacé donde nos reuníamos los nadaístas al comienzo. Contiguo al teatro Opera, en la calle Maracaibo de Medellín el lugar tenía las puertas grises, altas, las paredes sucias. El escuálido poeta lo cruza. Va a la pianola. Pone una moneda. Y suena: Las perlas de tu boca. Una canción de un tal Víctor Hugo Ayala que andaba de moda esos días a punto de unos gorgoritos demasiado próximos al falsete por desgracia. El café olía a orinal. Al pachulí de las meseras de anchas retaguardias. A payaso. Se reunía con nosotros el más famoso entonces en Colombia: Chalupín. Un hombre estentóreo y triste como todos los payasos que acaban por asimilarse al maquillaje.

El profeta de la nueva oscuridad resultaba incongruente oyendo esa música melosa que acababa de trivializar, si mis orejas no equivocan la evocación, el órgano de Jaime Llano González, el menos obsceno de los órganos. El letrista de la canción había sido capaz de comparar los labios de una mujer con un estuche de peluche rojo. Y declarar el loco antojo de besar sus perlas. Yo esperaba de gonzaloarango algo más vil. Menos insulso.

Yo escuchaba ya al primer Johnny Cash, Vicki Carr, tenía un long play con canciones de Elvis Prestley, como Fever, que el monstruo grabó después del servicio militar. Pero gonzaloarango me llevaba diez años, se había criado en el remoto municipio de Andes cerca al río San Juan y tenía derecho a Víctor Hugo Ayala. Yo me levanté en Medellín que comparado con Andes es un París muy grande. Y tenía amigos que pasaban vacaciones en Miami con mami y traían los discos de la música norteamericana de moda. Ay, Brenda Lee. Ay, Ertha Kit. Ay, Only you.

Mis aficiones musicales no estaban lejos del gusto de Gonzalo Arango por completo. Adolescente ecléctico, también me gustaban los boleros de los Hermanos Martínez Gil, los Tres Diamantes, el Daniel Santos de la orquesta de Pedro Flórez, Carolina Caó, y los tangos de los que me hartaba en las cantinas de mala muerte de Guayaquil hasta que amanecía, y después en las de Manrique Oriental con Luis Rivera y Gabardina que imitaba a Alberto Echagüe la voz de la orquesta de Juan DArienzo. El tango nos puso en contacto con una turba de malos amigos de cuchillo en la pretina, calzones verdes de bota estrecha y medalla de la Virgen de los Milagros al pescuezo. Los tíos abuelos de los sicarios que vinieron después. Pero eso pertenece a otro prontuario. 

Los nadaístas no me perdonaban tres cosas. La tierna edad que acrecentaba su fama de pederastas; que leyera a Unamuno; y los tangos que se me convirtieron en una devoción nocturna de años al punto de poder cantarlos todos todavía cuando la memoria me falla para… lo demás.

Por cierta inclinación apostólica heredada del seminario procuré atraer a los compañeros del grupo hacia esa música amarga, sucia y sentimental cuyo protagonista principal es el bandoneón que tiene aspecto de gusano. El único que aprendió a quererla fue dariolemos.  Amílcar U. después de años de cátedra encontró una pobre belleza en Margot, el tango de Canaro,  (hoy usás ajuar de seda con rositas rococó, ya no sós mi Margarita ahora te llamás Margot.), y en Triste Domingo de Agustín Magaldi.

Más tarde supe por Bernardo Hoyos que Triste Domingo pertenece al ámbito de la música argentina a medias. Que es la canción de un húngaro cuyo nombre olvidé, que acabó suicidándose de acuerdo con la melancolía de su responso. Cuenta con interpretaciones cautivantes como la de Billy Holliday, y la de Björg que realiza un milagro con el hielo de su melodía.

Por lo demás los nadaístas nos resignamos a la música de los anfitriones de turno que nos mimaban por curiosidad hasta el fastidio. Nos invitaban a emborracharnos con la música francesa del existencialismo, con la de la fantasmal Julliette Greco, de la tertulia de Sartre en el Café de Flora, o la patética Piaff cuya muerte fue incapaz de resistir Jean Cocteau. O a comer fideos con la Pequeña Serenata de Mozart.

Cuando apareció en el nadaismo el pintor Mamgrem Restrepo comenzó a definirse la música que se nos adecuaba. El sustraía con malicia de la discoteca del Colombo-Americano las joyas del jazz. Y con el botín de este instituto binacional nos inició en los lujos de Gillespie, las grandes bandas de Billy May y Glenn Miller, la trompeta de Armstrong, Mahalia Jackson. A veces uno de nuestros amigos escapado al nadaísmo del movimiento obrero cristiano, el Negro Billy, entonaba con voz de bajo profundo canciones de Paul Robeson, un negro spiritual, una canción rusa de boteros del Volga o aunque mi amo me mate a la mina no voy.

Esos fueron nuestros alimentos auditivos hasta la llegada de los Rollling Stones, la Joplin, Who. Su música conformaba de modo evidente el himnario de una nueva alma, hacía la profecía de una Tierra justa, de un nuevo orden del amor y la vida, de una fraternidad que jamás cuajó. Tanto, que un grupo de muchachos vecinos del maestro Fernando González que por fortuna era tardo de oído se dieron a remedar ese rock a nuestro modo con guitarras de fique, es un decir. Se llamaron los Yetis. Y agregaban a sus estridencias letras de los poetas nadaistas. Que nunca rozaron el hit parade. Gonzalo Arango solía decir. Si el nadaísmo hubiera sido en inglés no estaríamos así de pobres.

Reseño las canciones de Eliana. Ella grabó para la Phillips poemas del nadaísmo. Iba a incluir en su disco mi famosa, entonces, Oración, que dice, Señor, tú que no te afeitas con Gillette, pero la mezquindad mercantil quiso obligarme a cambiar la Gillette común y corriente por una Phillips Shave, y cualquier teólogo sabe que es imposible imaginar al Señor rasurándose con una maquina eléctrica de origen holandés, y los dejé con los surcos, con los crespos hechos.

Olvidemos por bien del poeta y de la música a Jotamario. Esta nota se refiere al arte musical, no a la desvergüenza del sonido. Jotamario, al compás de unos cacofónicos Ampex, grupo de intensa mediocridad si cabe la expresión, grabó en Medellín, yo lo hospedé en mi casa, canciones de su autoría bajo la responsabilidad de su propia voz para aumentar el riesgo. Consiguió destrozar además a 45 rpm una canción de Elmo Valencia, Mi primer juguete, la bomba hizo bum, hizo bam, que a veces funge de compositor más venial que genial. Elmo, vale la salvedad, no lo hace tan bien que merezca ponerse al lado de Schubert ni tan mal que deba entregarle sus melodías al bueno, pero sordo, y mudo, de Jotamario.

Después cada uno siguió sus propias inclinaciones musicales de acuerdo con sus modulaciones. Unos acabaron en las baladas ecologistas, otros como Gonzalo en los románticos europeos, escribía oyendo a Chopin a bajo volumen. Elmo a la salsa neoyorquina. Daríolemos siguió fiel a su Triste Domingo. Y yo por el primer cuarteto de Beethoven paré en los medios, por estos di en los últimos de insinuaciones metafísicas, música religiosa en el mejor sentido, expresión del misterio de la carne, y por ahí descubrí los de Bartok y Schömberg que hacen una reingeniería de los sentimientos, y las abstracciones de Eliot Carter, Quincy Porter, Peter Mennin, y Andrew Imbrie, que realizan la máxima aspiración de la música. Es decir, acercarse al silencio tanto como sea posible.

El nadaísmo fue exploración más que magisterio, que un experimento orientado por una hipótesis confiable. Todo lo fuimos descubriendo, nos fue descubriendo, y también la fragilidad de la música.

Preciso decir antes de terminar que ninguno de los nadaístas aprendió a bailar de un modo aceptable. Algunos, lo vi con espanto, se asomaron a las pistas de baile. Pero el resultado tuvo que ver más con una atrabiliaria calistenia, con el arte de dar traspiés, o con el cinismo, que con lo que llamamos graciosamente la danza.

  

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