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El Jardín de Chelsea Minimizar

 

Velero

Mi ocupación anterior era la de repartidor de comida a domicilio, responsabilidad que cumplía en bicicleta o a pie. Ahora soy dependiente de panadería y cafetería, pero de vez en cuando me ha tocado entregar víveres cuando el delivery guy de turno está afuera en alguna entrega y se necesita enviar unos paquetes de afán. O también cuando aquel requiere ayuda porque lleva muchos paquetes. Dólares de más que caen bien y una breve escapada que me cambia el panorama. Aunlos paraísos cansan. A veces me da nostalgia de las calles, los porteros, los ascensores, y de echarle ojo a los apartamentos desde afuera. Asuntos de mi trabajo anterior.

En agosto Mehmet me mandó a hacer una entrega en taxi a los Chelsea Piers o muelles de Chelsea, un enorme complejo deportivo y recreativo junto al río Hudson. En la factura aparecía escrito el nombre de una persona y un lugar, si mal no recuerdo, Silverston. Le entendí a Mehmet que era un booth, que significa “casilla”, como las de los joyeros en la Calle 47 a donde llevé tanta comida kosher. Tras bajarme del taxi con los paquetes, le pregunté a un vigilante por el local que correspondía al nombre y me dijo que era un boat. Caminé con dificultad hasta el desembarcadero, manteniendo el equilibrio con las dos pesadas bolsas. Allí había tres veleros anclados y el Silverston flotaba en el centro. Descendí la rampa de madera, doblé hacia el muelle y justo al llegar a la escalerilla con todo el ánimo de subir al lujoso yate, un hombre con barba de varios días apareció, descendió con agilidad y agarró las dos pesadas bolsas. Parecía que estaba pendiente de mi llegada. “Espera acá”, dijo con amabilidad. Lo reconocí de inmediato: era un cliente habitual que compra pan o café, o a veces pasa de largo por mi sección, pero inclina la cabeza y sonríe.

Por un momento, al ver que era un velero, tuve la expectativa de que iba a poder subir, y echarle un ojo a la cubierta y quizás al interior, si me pedían depositar las bolsas en la cocineta o en el comedor.

Me quedé quieto frente al moderno barco sin poder ver nada. Me picó la curiosidad. No lo pensé más: subí la escalerilla y me detuve en el último escalón. Literalmente no puse un pie en el navío, pero alcancé a observar un poco lo que quería. A través de la puerta entreabierta vi en el interior a una mujer de cabello revuelto y ropa deportiva que escarbaba en su bolso y a un par de niños viendo televisión. Sobre la cubierta,en desorden, zapatos deportivos y pantuflas. Era la imagen de una familia en vacaciones. La mujer entregó dinero al hombre. Él salió y me dio siete dólares de propina en billetes de a uno. También firmó el recibo de la comida que fue pagada con tarjeta de crédito. Mi cliente agradeció con una sonrisa amplia, y no sentí que se hubiera molestado porla intromisión.

Pocas veces en mi vida he navegado en lanchas, y una vez en un desvío inesperado de la vida, en un planchón extravagante de un mafioso en la laguna de Ayapel en Colombia. Sin embargo el sueño americano no me ha permitido zarpar en embarcaciones privadas, sólo en los enormes ferries de transporte público que van a Staten Island o a unas islas cerca de Boston.

Sin prisa, de regreso al mercado, me puse a imaginar lo que hacía durante esos calurosos días la familia que indudablemente vivía en tierra firme en el mismo sector. ¿El yate sería alquilado o de ellos? ¿Navegarían lejos del muelle o sólo pondrían proa en ese lado de Manhattan frente a Nueva Jersey? ¿Disfrutarían el padre y la madrelasvacaciones del trabajo, o sólo uno, mientras el otro se quedaba con los hijos durante el día a la espera del cónyuge?

Luego pasé a las suposiciones: el que trabajaba podía irse temprano, descender del velero anclado, caminar ciento cincuenta metros y tomar un taxi en la Duodécima Avenida hacia su trabajo en midtown o downtown, terminar a las cuatro p.m. y regresar con unas buenas horas de luz por delante para navegar antes de que oscureciera y surcar el río y la bahía cerca de la Estatua de la Libertad, o más allá del puente Verrazano, o más lejos aún, hacia el sur cerca de las costas de Nueva Jersey. O simplemente todos gozaban de sus vacaciones y se la pasaban ahí holgazaneando todo el día y desatracaban cuando querían. Cocinaban u ordenaban a domicilio y si se aburrían en la embarcación se iban a cualquier actividad en el complejo o en la gran ciudad.

Un estado ideal para los que aman la ciudad pero no la pueden o la quieren dejar: rodearse de agua y conectarse con una escalerilla. Se siente lejos de Nueva York, pero se permanece en la misma.

Rebajas

 

Mis recuerdos del viejo Heinz en Garden of Eden coinciden con mi llegada al lugar. É
l es uno de esos personajes habituales no sólo del mercado sino de Chelsea. Aunque no viva cerca, aunque compre poco. Va casi a diario como la gente que frecuenta los gimnasios y los bares para socializar en preferencia a ejercitarse o emborracharse. Orlando me dijo que vivía en Astoria, Queens, y luego el mismo Heinz me lo confirmó. ¿Cómo fue el primer intercambio de nuestra relación de tropiezos y simpatías? No lo recuerdo exactamente. Pero fue sin duda debido a sus regateos y a mi generosidad con lo que no es mío. Antes de que los hermanos Coskun ordenen botar el pan a la basura, yo prefiero arrojarlo dentro de las bolsas de mis clientes.

Apenas la semana pasada, le pregunté su nombre, trasocho meses de frecuente interacción. Heinz es uno de los pocos clientes que solicitan rebajas. Tal vez en nuestro primer intercambio no sólo pidió descuento en el precio del pan sino también algo adicional, como el que juzga que está en Chinatown y siempre regatea y mendiga algo de más. Yo le di algún croassant o un muffin gratis, con el beneplácito del compañero o entrenador de turno. La siguiente vez me pidió muffins a la razón de “pague uno y lleve tres”. Yo le dije que no. Argumentó que a él le daban así y que iba a hablar con el manager. “Pero son apenas las cuatro de la tarde”, indiqué. Caminó hasta la sección de los quesos, regresó y le hizo la petición a Orlando. Yo me acerqué y le dije que qué más necesitaba gratis, mientras señalaba con el dedo las piezas sobre el canasto. “No me apuntes con tu fucking dedo”, dijo con los ojos iracundos. Yo di un paso atrás, media vuelta, y me dirigí hacia el mostrador de los panes mientras él y Orlando se quedaron en silencio. El viejo no solicitó nada y Orlando tampoco le ofreció.

Al par de días, Heinz regresó y pidió, como si nada, un pan pullman sourdough. “¿Cuánto vale?”. “Dos, noventa y ocho”, le dicté el precio. “No puedo, mitad de precio”. Sin vacilar se lo di en $1.98 y me dijo “gracias”, en español. Como si nada reanudamos nuestra relación.

Las siguientes semanas aparecía con regularidad. A veces comía unas cerezas que recogía de un canasto, inclinaba la cabeza sin sonreír y seguía de largo. Se detenía frente al escaparate de las barras y paquetes de chocolates, o en la sección de los Quesos, o más al fondo en Abarrotes, leía las etiquetas de los vinagres y de los aceites finos. Rara vez compraba algo distinto de su pan del que casi impuso el precio de $1.98. Si no había de levadura optaba por el integral. Yo le decía que le cobraba el precio normal y le daba muffins gratis, pero Heinz argumentaba que no podía, que no tenía dinero. Como si fuera una negociación y fijara sus posiciones. A veces, si me demoraba en alcanzar el pan, musitaba un please, arrugaba la cara y entrecerraba un ojo, esa expresión mendicante que tanto conozco de mí mismo, aunque nunca la haya hecho frente a un espejo. “Paga un día el precio normal, como todo el mundo”, le dije una vez. “Yo era limpiador en el World Trade Center. Perdí mi trabajo después del 9-11”, dijo. Acababa por darle el pan rebanado y metía en la bolsa unos cuantos rollos de más. Alguna vez mientras cortaba el pan, le dije que no y que no, que hoy le iba a cobrar el precio normal pero que le regalaba tres croissants. (Habían quedado muchos de la mañana). Metí el pan, las tres piezas y cerré la bolsa con el tiquete. Él desde afuera vio el precio en la pantalla y no quiso recibir el paquete. Había más clientes, pensé que me quedaría sin vender el pan ya cortado, que el tiempo es pan y debí imprimir un nuevo precio.

La afinidad se consolidó. Y lo del pan se convirtió en un asunto de dos veces a la semana. Si yo estaba ocupado, Orlando no lo atendía ni él tampoco exigía el descuento. Se quedaban mirando u Orlando hacía otra cosa hasta que llegaba un nuevo parroquiano. El viejo se convirtió en una especie de cliente de segunda categoría que no recibía atención inmediata, pero siempre conseguía rebajas. Si aparecía con una sonrisita y un cliente llegaba, yo cambiaba mi atención al recién aparecido, el cual preguntaba si el otro no estaba de primero. Yo le respondía que no se preocupara, que él era mi tío.

Llegaba Heinz, decía “mira”, en español, y con una levantada de cejas dirigía mi atención hacia el pan en el anaquel. ¿Cuánto vale? 2,98. I can’t, no tengo dinero. Casi siempre cedía, pero un día le dije que me encontraba de mal humor y que además se agotaban los panes. Me dijo que estaba bien y que volvería a intentar al día siguiente. Media hora antes de cerrar vi que Orlando introducía dos panes de levadura en las bolsas de la “basura”, las cuales, como ya escribí, pueden ser usadas de tres maneras: para las sopas y ensaladas del día siguiente, para ser convertidas en paquetes de trozos o migas de pan deshidratados (bread crumbs o croutons), o para otras preparaciones que hacen en la bodega principal en Brooklyn. Si no se utiliza en ninguna de tales maneras, termina literalmente en la basura. De hecho un porcentaje alto de los panes acaba en el vertedero municipal en Staten Island. ¿Organizaciones de ayuda a los desamparados o para los pobres empleados? Nada. Me aventuro a teorizar que los turcos cargan un resentimiento milenario por las invasiones bárbaras. Pensé que horas atrás debí habérselo dado a Heinz. Nunca más le volví a negar pan, pero a veces me hago de rogar para ver sus carantoñas. O le formulo pruebas de geografía. ¿Cuál es la capital de Venezuela? Caracas. ¿La capital de Paraguay? Montevideo. Respuesta incorrecta. Le dije la ciudad mientras cogía el pan y lo introducía en la bolsa. Di Puerto Rico, en español, no en inglés. Lo decía bien, no como los gringos que van a pasear a su territorio pero no lo llaman correctamente. “Rebanado, por favor”. Me le negué porque aparecieron clientes. Me dijo que no importaba, que él esperaba. “No tengo cuchillo para el pan”, exclamó con su voz afectada. Y lo obligué a esperar mientras terminé con los recién llegados, dos. “¿De dónde eres?”, le pregunté un día. “De Rusia”, me respondió. “Me recuerdas a Fidel Castro con la Unión Soviética: ‘Dame, dame y dame’, hasta que kaput”.

Heinz siguió aumentando sus peticiones. Además del pan me apuntaba con el pico en dirección a la vitrina de las trufas. “Mira, quiero algo dulce”. Le daba una y después de que pagaba, volvía a estirar el hocico y a veces le aflojaba otra. Pero de vez en cuando me le negaba a la entrada o a la salida. “Hoy la cámara está enfocada acá” u “hoy no”. O si trabajaba con Rita, y ella estaba desocupada y muy cerca, hacía la señal de la trompa para indicarle que no podía.

Shabnam Sheikh, alias “Rita”, mi compañera de Bangladesh, es muy astuta para pillarse maniobras ilícitas. Una vez entraba de su descanso y vio cuando yo tomaba el pan del exhibidor, lo rebanaba y se lo entregaba a Heinz. Notó el precio en la pantalla de la máquina. Se interpuso en la entrega y pidió el pan con el brazo estirado. Él se rehusó. Ella dijo que iba a llamar al manager y entonces me asusté. Alargué el brazo, le reclamé el pan e hice todo el teatro al abrir la bolsa y sorprenderme con el precio equivocado. “Fue mi culpa”, dije, abrí los ojos y le clavé la mirada al viejo. Heinz se quedó quieto y con la cara entre furiosa y sorprendida. “¡Qué! ¿De qué estás hablando?”, exclamó mirando a Rita. Imprimí el precio correcto y volví a sellar la bolsa. Heinz caminó unos pasos hacia la caja y Rita empezó a explicarme que para ella no había problema en hacer rebajas de vez en cuando, pero que él tenía una actitud grosera. Me sentí muy incómodo: la honestidad de un musulmán comprometido puede abochornar a un mediocre católico. Luego Rita se fue para el baño y Heinz de salida me dijo que esa bitch me iba a hacer meter en problemas”. “No, soy yo el culpable, por lo flojo que he sido contigo”, le dije.

Justo al día siguiente lo vi cruzando la calle en la esquina de la Octava Avenida y la 23 y me le interpuse en la bicicleta. “Oye, ruso: ¿qué te trae todos los días a Chelsea? Si vives en Astoria y no tienes trabajo ni dinero, ¿por qué no te quedas allá que la vida es más barata?”. “Tengo muy buenos amigos acá en Chelsea. Y todos los días busco trabajo por acá”, me aclaró con una sonrisa.

Ocho meses han pasado en mi vida en el paraíso, quién sabe cuántos más en la de Heinz al que muchos panes, chocolates y parvas le he entregado. Tras seis años de estaciones aún me maravillan los cambios en las indumentarias de la gente, tras la mudanza de las estaciones. (Y los destapes tras la llegada del calor en el caso de las mujeres. Los árboles y las risas de los niños no me interesan. Los críos malcriados en verano son muy gritones). Parece como si hubiera sido anteayer cuando veía a Heinz aparecer en las semanas más frías del invierno con su chaqueta verde gruesa, los guantes y el gorro que le cubría las orejas y su cara rojiza no sabía si por el frío o por el alcoholismo. Sigo con las presunciones sin comprobación como la que dije de los turcos. Ahora lo veo llegar con su figura robusta y su cabello totalmente blanco, de camiseta, pantalones cortos de colores y su talego plástico en el que quién sabe qué diablos guardará. A veces Kathy o Hilda me dicen que vino a buscarme en días que he tenido libre y que él no les pidió rebajas ni ellas le ofrecieron.

Alguna vez que estaba lento seguí con los obstáculos geográficos. Hoy vamos con Centroamérica. ¿Capital de El Salvador? Salvador. Okay, te la valgo. ¿De Guatemala? Guatemala. ¿De Nicaragua? Nicaragua. ¡No! Muy listo, no me engañes. Me sonrío y después de que le entregué el pan, estiró la trompa hacia las trufas. “Hoy no”. Le ofrecí otras piezas dulces del día pero rechazó mi ofrecimiento.

Recientemente le vendí un pan de higos y de pasas a un par de muchachos de Chelsea que hablaban inglés con acento. Luego, camino al baño, los vi conversando junto a las registradoras con mi amigo el ruso en una lengua que definitivamente no era la de Tolstoi, Putin ni la de Marat Safin. Me detuve y los interrumpí: “Excúsenme guys, ¿qué idioma están hablando? “Dutch”, me respondió uno. “Ajá, dije, ajá”, mirando a Heinz fijamente.

La vez siguiente que vi a Heinz le pregunté con vehemencia de dónde era, antes de estirar el brazo a la repisa. Me dijo que era german. “¿Por qué me mentiste todo este tiempo con lo de que eras ruso?”. Se rió y me dijo que nació en un campamento al principio de la Segunda Guerra Mundial. “Sigues con las mentiras, te pones años y además te las das de refugiado”.

Heinz conmigo la saca barata. Como les salió de barata la isla de Manhattan a los colonos holandeses que se la compraron a los indios en un cambalache muy conveniente. Ahora holandeses, rusos y mestizos de otras partes luchamos por rebajas en esta isla en la que la vida es tan cara.

Comedia

Robert Baxter no es un cliente asiduo de mi sección. Sin embargo siempre que pasa lentamente me busca con la mirada y saluda. Empuja su carro azul con rodachinas en el que lleva los víveres y cuelga su bastón. Estos coches son muy usados en Nueva York por las personas para cargar provisiones o ropa según sea que vayan al mercado o a la lavandería. Al señor Baxter parece serle muy útil pues le sirve de apoyo. Me dice que la osteoporosis le afectó mucho la columna y que hasta hace ocho años andaba erguido sin problema. Las décadas anteriores había descuidado el consumo de lácteos y esto, entre otros aspectos, contribuyó a la enfermedad. Ahora, a sus ochenta y cinco, consume muchos lácteos como yogures. Pero los alimentos principales para su dieta son pescados, vegetales y algunas frutas no muy ácidas ni con pulpa como la manzana. La naranja le hace daño para el estómago. Consume bajas cantidades de granos y harinas. De vez en cuando me pide pan de centeno o pan integral con varios granos. Todo debe ser fácil de digerir.

Bob siempre cocina sus propios alimentos. Hizo cursos y sabe muchas recetas, sobre todo de platos chinos. Usa pocos condimentos, la pimienta le hace daño. No acepta las invitaciones de las oficinas de la ciudad a los restaurantes comunales para miembros de la tercera edad porque no le gusta la comida ni le agrada rodearse de mucha gente vieja. Tampoco frecuenta restaurantes porque lo considera costoso. De cualquier forma prefiere ver siempre lo que come y que los alimentos sólo pasen por sus manos. Conserva malos recuerdos de cuando trabajó de muchacho como lavaplatos en Nueva York, durante el período de La Depresión en la década de los treinta.

A veces me llama Sergio por equivocación. Ha tenido dificultad en memorizar mi nombre. Otras veces dice: “Hola amigo, señor breadman”. Le pregunto cómo está y me responde en francés: “Comme ci, comme ça”. Sergio es el encargado de la sección de pescados y mariscos. Él sí es un verdadero amigo para Robert pues le expende pescado con generosos descuentos. Yo quisiera proveerle más, pero no le apetece mucho el pan. Y tampoco toma café, té, cerveza, ni bebidas gaseosas. Bebe mucha agua. Pese a haber trabajado toda su vida en ambientes nocturnos, fumó pocas veces y casi nunca se emborrachó. Le gusta la sobriedad.

Su tarjeta personal dice “Robert Baxter-Master Enterteiner Extraordinarie”. No es difícil creerle que sea un comediante por su vestimenta y su estado de ánimo. En días calientes usa camisa de manga larga, pantalones de cuadros sostenidos con cargaderas y un sombrero de paja de los de explorador. En temporadas frías lleva un abrigo gris y un gorro de gamuza del mismo color. Cuando la temperatura es mediana, viste chaqueta de paño. Siempre saluda a las cajeras y bromea con los clientes en la fila. A veces, a la distancia, si estoy ocupado, o estoy moliendo café y hay mucho ruido, no logro oír lo que dice, pero veo que la gente alrededor se ríe. Maldigo la máquina. Si se cruza con Lucy, la adorable polaca, él le galantea y ella sonríe y le sigue la corriente.

Rara vez veo a Robert por las tardes o temprano en la noche en el mercado. Casi siempre va después de las nueve o casi al filo de la hora de cierre, de prisa, busca sus vegetales y su pescado con descuento. Una vez, casi a las diez, lo vi sin el carro. Se apoyaba en su bastón. Vestía un smoking y no tenía sombrero. De su cráneo brillante salían unos pocos mechones blancos. Supongo que venía de trabajar o iba a hacer unas compras de última hora antes de empezar su turno. En la actualidad realiza números de magia en algunos restaurantes, pero principalmente en fiestas privadas. No es muy frecuente, pero agradece el poco trabajo que le resulta. Desde hace cuarenta años no tiene un agente, aunque conserva algunos contactos que lo llaman o gente que lo recomienda.

Robert asegura haber heredado el talento de su madre. Cuando ella era adolescente se unió a un grupo de teatro al final de la Primera Guerra Mundial. En una ocasión, al llegar a la media noche a su casa en Brooklyn, su mamá la esperaba furiosa. Al pedirle una explicación de qué había estado haciendo, la joven dijo que se había unido al show business. La madre tomó un cuchillo de carnicero y persiguió a su hija por toda la casa. Le dijo que primero la mataría antes de permitir que se convirtiera en una slut (prostituta). Hasta ahí llegaron sus aspiraciones en ese campo. Posteriormente aprendió las labores de un salón de belleza. Quedó encinta de Robert, tuvo el bebé y se marchó a iniciar un salón en Florida mientras Robert quedó al cuidado de su abuela. Él nunca conoció a su padre. Le dijeron que había muerto cuando tenía tres años, pero él presume que ni su madre sabía quién era el hombre. Su abuela lo crió hasta que tenía cinco años. La mujer era dura con él: le pegaba, gritaba y castigaba. Sin embargo cuando la madre volvió a Brooklyn a recogerlo, no se quiso marchar con una desconocida, y prefirió esconderse en el baño. Se resignó a su suerte de marcharse a Florida y al poco tiempo la abuela murió. La mamá de Robert se casó y el chico recibió el apellido de su padrastro: Ziegler.

Desde niño fue boy scout. A los once años la mamá lo inscribió en una escuela de baile donde aprendió tap, charleston y otros ritmos. Allí conoció a un mago que le enseñó unos trucos y le regaló un libro de magia. En una ocasión, cuando tenía catorce años, pasaba un carnaval por su pueblo, y se dio cuenta de que el mago se había enfermado porque era un alcohólico. Robert preguntó por el dueño de la comparsa y le ofreció sus servicios. Le mostró lo que podía hacer y fue contratado por una semana hasta que el mago principal regresó y la comitiva se fue a otra población. Aquéllafue su primera experiencia profesional, por la que recibió quince dólares, mucho dinero para él en ese entonces.

Su mamá lo animó a lograr lo que ella no pudo. Por eso a los dieciséis lo dejó marchar cuando él se quiso unir a otro carnaval. La travesía terminó en Nueva York donde se radicó y empezó a frecuentar los círculos de artistas callejeros que recogían dinero con un sombrero. Alternó sus ocupaciones con la de acomodador de teatro, lavaplatos y asistente de mesero o busboy. Una vez perdió su trabajo en un restaurante porque fue sorprendido mientras comía helado a escondidas. La Depresión. Tuvo varios tutores aquí y allá. Vivió en Filadelfia y luego viajó a Chicago. Un manager lo apadrinó y le abrió la puerta a mejores oportunidades. “Fue como un padre para mí. Su nombre era Baxter y él me dijo que mi nombre real de Edwin Ziegler no funcionaría en este tipo de negocio. Entonces adopté su nombre y me empecé a llamar Robert Baxter”.

Robert ha sido comediante de improvisación, mimo y mago. Durante más de sesenta años de carrera ha viajado y trabajado por todo Manhattan y por todos los clubes de comediantes de Estados Unidos. Ha vivido y recorrido también Europa, principalmente Alemania y Francia, después de la Segunda Guerra Mundial. Ha entretenido a las tropas en las bases en Japón (durante la guerra de Vietnam) y en Italia. Ha navegado en numerosos cruceros por el Caribe. Paseó en La Habana en la época de Fulgencio Batista.

Toda una vida en el negocio del espectáculo. A los 27 años, en 1947, participó en el célebre programa de Ed Sullivan. Eran las primeras épocas de la televisión, casi toda realizada en vivo. A esta transmisión iban cantantes, comediantes y otros músicos que eran presentados por el anfitrión. “Sullivan no era un ‘man-show’ él mismo, como David Letterman y Jay Leno, sino que iniciaba el programa y presentaba a los artistas”, dice el viejo Ziegler-Baxter. El teatro en Broadway donde Letterman presenta su programa se llama The Ed Sullivan Theatre. En aquella ocasión Robert presentó su monólogo de chistes de seis minutos y debía ser seguido por un trío de mujeres cantantes. Una de ellas se desmayó por el nerviosismo y la larga espera. Entonces Sullivan le pidió que continuara su monólogo por otros minutos, pues no había nada para llenar ese espacio. Robert continuó su soliloquio con total soltura y gracia y el percance fue superado. Días después recibió una propuesta del programa para ser el anfitrión por unas semanas, mientras Ed Sullivan se iba de vacaciones a Europa. Él la rechazó, aunque su manager de esa época le rogó que no desperdiciara la oportunidad de su vida. “Fue el error más grave que jamás cometí”, dijo hace poco por teléfono cuando me contó la anécdota. “Pero ésaha sido mi naturaleza y siempre lo será”.

El episodio lo relaciona con otros anteriores de su juventud cuando practicaba el boxeo como aficionado. No le gustaban las segundas oportunidades. Si derrotaba a un adversario no aceptaba una nueva pelea: pensaba que si ya había ganado, no quería arriesgarse a perder y además el primer triunfo lo había complacido. Nunca más volvería al Ed Sullivan Show.

En aquellos años cuarenta y cincuenta conoció en los clubes nocturnos de Nueva York a los míticos Dean Martin y Jerry Lewis antes de que se volvieran famosos. Dice que Martin era amable fuera del escenario y que en los años siguientes cuando se cruzaban siempre lo reconoció y era cordial con él. Por el contrario, Jerry Lewis era antipático fuera del escenario y más aún cuando se hizo famoso.

Semanas atrás dejé de ver a Robert Baxter por unos días. Luego le pregunté dónde había estado y respondió que en la cárcel. Le dije a Katty que iba al baño y alcancé a Robert antes de que llegara a donde Sergio, the fisherman. Le dije que me gustaría conversar con él porque en mi país no existían los comediantes-magos-mimos y menos con tan larga experiencia. Me dijo que no tenía tarjetas en ese momento, pero que en la próxima me la daba. La siguiente vez me buscó con la mirada al entrar, nos saludamos, abrió la boca y me mostró que había perdido un diente. Conserva buena parte de su dentadura, pese a la avanzada edad. “¿Trajo la tarjeta, Mister Baxter?”. Metió la mano a su abrigo y me la entregó.

Casi siempre que lo llamo se encuentra en su apartamento. Es escurridizo, pero logro mantenerlo en la línea por períodos de más de diez minutos. Hablamos de diversos temas, me cuenta algunos episodios y no se va por las ramas ni pierde el foco en sus explicaciones. Puede que desvíe los temas, como en cualquier conversación, pero si se anima a hablar de algo cuenta lo que quiere decir hasta el final. No acepta encuentros. “Soy un hombre viejo, no me gusta salir y socializo poco”. Le insistí que podíamos conversar en el restaurante de la esquina de su edificio en la Calle 24 con la Novena Avenida. Me respondió que sólo si iba con la señorita rubia, bonita y amable. Se refería a Lucy. Le dije que era recién casada y que tampoco le gustaba socializar. Entonces dijo que consiguiera a cinco chicas y que hiciéramos una fiesta en su apartamento. “Sólo una mujer responde a mis llamados, mi novia”, le dije. Me aconsejó que siempre hablara con ella en inglés, que todavía tenía que volverme más fluido. Prometí seguir sus consejos. Le alargo la charla a veces por más de veinte minutos hasta que de repente me corta con amabilidad. “Lo siento, joven, me tengo que ir. Buena suerte con tu novela”, Le digo que no es novela, que es un artículo periodístico. “Ok, buena suerte de todas maneras”.

A veces marco su número y tras un rato se activa la máquina contestadora con su voz clara y conservada. Invita a dejar un mensaje que asegura que él devolvería la llamada. Su entonación no es cansada ni pausada. Bien podría ser la emisión de un locutor o un comentarista radial. Empiezo a dejar un saludo cálido y él levanta la bocina. Me alegra su deferencia. Dice que lo espere mientras le baja el volumen a la radio. Luego me cuenta que estaba oyendo una noticia sobre un jefe de la policía mexicano que fue acusado de tráfico de drogas. “¿Conoces a Cantinflas?”. “Sí”, respondo. Asegura que le gustaban mucho sus películas. “¿Estás hablando en inglés con tu novia como te lo aconsejé?”. “Sí”, miento.

En la actualidad, el medio que más le gusta a Robert Baxter, es la radio. Aunque también ve mucha televisión y lee la prensa. Todos le inspiran nuevo material. Reconoce que un ochenta por ciento de su repertorio es original y el resto son variaciones de temas y apuntes que le gustan. Pero ante todo se considera un comediante de improvisación. “Cada noche, cada público, cada situación trae cosas distintas a la cabeza”. La espontaneidad la ejercitó en una célebre escuela de Chicago llamada Second City,a la que también han asistido muchos comediantes famosos en distintas épocas. A Baxter le gustan tanto las comedias recientes como Seinfeld o Everybody loves Raymond,al igual que los viejos programas de El show de Lucy y The Honeymooners. Cualquier tipo de shows le gustan, sin importar las temáticas o los cómicos. Le agradan los humoristas jóvenes negros que ciertamente manejan temas y lenguajes muy distintos a los de la vieja escuela. Se enorgullece de que no tiene prejuicios raciales y siempre se la ha llevado bien con los negros. Esto lo atribuye a que en su infancia en Florida recibió una gran influencia de una mujer y de su esposo negro, quienes lo cuidaban. (La madre de Robert se mantenía muy ocupada casi todos los días de la semana en el salón de belleza). La mujer no tuvo hijos y trató a Robert como si fuera suyo. Le daba mucho cariño y le enseñaba muchas cosas. Desde joven él se acostumbró a las relaciones interraciales en una época en la que no eran tan comunes, menos aúnen el sur. En los tiempos en que a los negros los llamaban gente “de color”.

Bob no tiene hijos y sólo estuvo casado una vez con una mujer de su misma edad. La relación duró siete años, entre los 35 y los 42. “La conocí en Milwaukee en un club. Durante una semana nos besamos y abrazamos y ella me propuso que nos casáramos. Lo hicimos de inmediato y ese día fue la primera ocasión que tuvimos relaciones sexuales. Ella era buena y tranquila, nunca peleaba, no gastaba dinero y se la llevaba bien con todo el mundo. Cometí un grave error en acabar la relación. Nunca tuve pruebas, pero creo que me fue infiel. Una vez en unos camerinos de un teatro vi que se tocaba los senos con una bailarina”. Luego Bob narra que en un viaje de trabajo en un crucero, notó que durante varias noches seguidas salía del camarote y no iba a los espacios concurridos. Por las habladurías de un mesero supuso que la mujer tenía una aventura. Nunca la sorprendió ni tuvo pruebas ni testigos, pero la duda y la falta de hijos lollevaron a romper el lazo. Nunca más volvería a saber nada de la mujer. Cuando caminaba frente al apartamento en donde habían vivido los dos en Manhattan, decía: “Hola Ruth”. Antes y después de su esposa, mantuvo uniones en Europa y en Estados Unidos. “En este tipo de trabajos abundan las mujeres. Yo era bien parecido. Tuve muchas novias, pero nunca me quise volver a casar”.

El orden en cuanto a la comida y la bebida, no fue seguido con respecto a los tributos. Un asunto muy titánico en este sistema y que requiere toda una vida de ver cómo se encogen los cheques de pagos en aras de carreteras y carreras armamentistas. Como era un trabajador independiente, casi nunca pagó impuestos por iniciativa propia. Con lo poco que le descontaron algunos empleadores o el gobierno, alcanzó a hacer algunos aportes por lo cual recibe un cheque mensual de trescientos cincuenta dólares. Sin embargo un asunto es que el gobierno obligue a ahorrar y otro que alguien reserve por sí mismo. Robert economizó durante toda su vida y con ello completa para los gastos. Además se ayuda con el poco dinero que produce ocasionalmente. Cuida de su plata y por eso nunca come fuera. Paga setecientos dólares de renta al mes. Sus ahorros actuales suman siete mil dólares. Un fondo que debe cuidar paraque no llegue al fondo. Me cuenta esta broma con respecto a su edad: “Cuando una mujer me dice no, me siento agradecido”. Otro chiste: “Cuando inventaron la pastilla de viagra lo único que conseguí al tomarla fue una irritación en el cuello”.

El señor Baxter mira el futuro con optimismo. Casi siempre mantiene un buen ánimo, pero si se siente enfermo, le da tristeza. “Tú naciste para morir. En mi caso veo que la muerte está cada vez más cerca y cerca y le temo al fin. Los humanos somos tan insignificantes como insectos. Dios no existe. La religión fue hecha para mantener a la gente pacífica. No fue la manzana la que hizo daño sino the green pear on the floor”. Entiéndase el juego de palabras como el par inmaduro en el suelo, no la pera.

A veces me preocupo si dejo de ver a Robert Baxter por varios días. Lo llamo y se activa la máquina, pero no dejo ningún mensaje. Luego aparece en el Jardín del Edén de las tantas manzanas y peras y me alegro enormemente. Sonríe y me llama: “Sergio (se detiene y corrige). Amigo, ¿cómo está?,¿cuándo sale la novela?”. “Falta mucho, mucho. Pero cuando la publiquen se la muestro a usted de primero”, respondo.



 
 

  

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