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Fiesta de tango Minimizar

Nuestra fiesta literaria del número anterior dio cuenta de un revoloteo de polillas contra la botella. Los protagonistas fueron jóvenes estudiantes del Medellín de 1913. Carrasquilla fue nuestro cronista de arrabales y los genios de la botella de su cuento eran ingenuos a pesar de la pistola en la pretina y el aguardiente de más.

Para esta ocasión conservamos el aguardiente, añadimos el alcohol con Frescola, cambiamos la pistolita escondida por un nido de cuchillos y la pobre ingenuidad pasa a mejor vida. El humo de la “mariguana” servirá como telón de fondo y en el aire, tangos y más tangos. Manuel Mejía Vallejo hará de copero y coplero.

Empecemos por el Parque Bolívar, que ahora no es el punto de partida de la juerga sino escenario de virtudes. La retreta sigue sonando pero los borrachos del kiosco han sido cambiados por “muchachas bonitas y sanas que no tienen que trasnochar ni beber por fuerza, alimentadas y vestidas que da gusto, cara pa la sonrisa y sueño tranquilo cuando lo pide en cuerpo…Y el solecito del parque y la orquesta echando bambucos y pasillos antes de la misa de doce”. Pero las fiestas de cantina y los gozos de rastrojo en la curva del bosque que abundan en Aire de tango no son para esas niñas sino para las putas y las sirvienticas: “verlas boliando peineta desde las dos de la tarde, fíjese en el espejo, salívese las cejas, volté los ojos, sonríale a las ganas”.

Las correrías de Jairo, cuando sus oficios de billar y crucigramas le dejan tiempo, comienzan en la cantina Los infiernos, “un sábado de cerveza y aguardiente” en que tuvo su bautizo de cuchillo: “Las coperas pasmadas, los hombres ni se rebullían, apenas el ruido de un ventilador, alguna mediatós, el rastrilleo de una candela al prender el cigarrillo, o un fósforo ‘El Rey’, y el tas-tas de los fierros contra la tabla. Venía el silencio bravo, se oía la sangre”.

Es hora de que aparezca el verdadero protagonista: Guayaquil, “así se llama el barrio porque fue pantanero de zancudos, rumbaban la fiebres como un tiempo esa ciudad de los ecuadores”. Y rumbiaban Jairo y sus compinches con la música de Los Cuyos, Oscar Agudelo, Tito Cortés, Olimpo Cárdenas. “Y Julio Jaramillo y Alci Acosta entre los de hoy”. Todo eso además de los tangos y los mambos de Pérez Prado que prohibió la curia. El ambiente queda bien clarito con un párrafo: “Luces, borracheras, establecimientos bautizados a lo porteño: Melodía de Arrabal, La Gayola, El Patio del Tango, Café Los Angelitos, Rodríguez Peña, Cuesta Abajo, La Última Copa, La Copa del Olvido…” Para poder con semejante lista se necesitaba sin duda la “calle de cantinas más larga del mundo”. Ustedes saben, los borrachos exageran.

Para el guayabo el remedio era tan viejo como el anís. La “plaza de mercao” era la olla burbujeante y medicinal para terminar el viaje por las otras ollas. “Por esos andenes caíamos al amanecer a tomarnos el caldo desenguayabador o a calmar el hambre a punta de sancochos con arepa de chócolo y morcilla calentada en parrillas de barro y lata”.

No todo se jugaba en los cafés y las cantinas, era necesario mirar el cielo, descansar del gusano bandoneón y armar un sindicato de vagos en la esquina. “El charloteo con los de la barra vieja. Barras de esquina p’hablar de fútbol y mujeres y películas de Luis Sandrini o Ninón Sevilla y echar en el guargüero los primeros tragos. El chico de billar, la partida de dominó, el encuentro con la sirvientita que nos hizo hombres. Manrique, la Toma, La Estación Villa…” Además era el sitio perfecto para “armar la verdura” cuando a los tombos no les daba por cansar: “Ahora hay que fumársela encerrado, están persiguiéndola como nunca, el gobierno defiende los suyo y hasta los perros la huelen. Si dejan que circule libremente, ¿con qué educan y envician al pueblo? Miren, una rasquita de la mona puede costarnos cuatro pesos, y es mejor; pero una con aguardiente o ron cuesta cuarenta pesos por lo perdido…”

Pero como el hombre se envicia al vicio Aire de tango también tiene su feria de despojos, los derrotados por la botella y sus accesorios. “Borrachos, casi todos acabaron de piperos en La Bayadera, Loreto o La Estación Villa, bailando la trabajosa, buscando su alcol con frescola y sus grillos de pasante, que servían también a la vejiga cuando la vejiga no funcionaba…Llega la rodada señores, lo natural es caer de ñatas hasta la última boquiada. Allá solos, sin familia, pa que los de medicina los rajen y estudien sus vainas.”

Y ya que hablamos de coperas es obligatorio hablar de gotereros. Aire de tango está lleno de hombres acechando detrás de las barras, compitiendo por las máximas habilidades para engatusar al contertulio, celebrando las deliciosas secuelas del aguardiente gratis; aunque toque llorar: “Ya no había a nadie a quien pedir, se nos ocurrió lo de los velorios ¡ah muertos que nos bebimos en la rodada! No, señores, no los conocíamos, veíamos en el periódico o averiguábamos por el difunto nuevo y quién era y qué hacía y tales y pascuales, caíamos al velorio como amigos, llorábamos con los parientes más sueltos de bolsillo p’acabar en el cuarto de las bebatas y salíamos al café de la esquina, a la tienda, el muerto seguía alumbrado en el cajón….Bebiendo de gorra amanecíamos, ¡adentro con la cruz que el muerto jiede!, al fin llorábamos de verdá”.



 
 

  

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