Camilo Restrepo
Imágenes tomadas de: http://www.nytimes.com/packages/html/arts/20070923_YOSHIYUKI_FEATURE/blocker.html
En algunas de las fotos, que fueron hechas durante los años 70 en tres parques de Tokio, se pueden ver parejas revolcándose sobre la hierba o sobre periódicos, abrazadas en bancas de madera o sobre piedras, apoyadas en árboles o escondidas bajo arbustos. Y junto a ellas, carteras, cuadernos y paraguas; raquetas de tenis y mochilas deportivas; pañuelos, sacos y zapatos. Objetos dejados a un lado afanosamente mientras sucedían estos encuentros casuales y secretos.
En otras aparecen hombres recostados en los árboles -a la espera- o inmersos en arbustos -atentos a lo que pasa-. No hablan entre ellos y ni siquiera parecen mirarse. Son los mirones. En medio de la oscuridad aguardan pacientemente a que caigan sus presas. Y a su lado, sin que lo sepan, el fotógrafo. Aunque no sale en esas fotos de encuadres afanosos y texturas granulares, sí tuvo que estar ahí durante meses, sin disparar, para volverse otro mas entre ellos; un verdadero trabajo de campo.
Un tercer grupo de imágenes mezcla las anteriores. Las parejas se revuelcan y con un andar sigiloso y la pupila dilatada, los mirones se aproximan. A veces solos, a veces en manada, llegando incluso a romper con la imposibilidad vouyerista de alcanzar a su objeto: la noche permite que sus manos se mezclen con los cuerpos espiados. Pero el fotógrafo, que ha avanzado junto a ellos, se ha detenido un paso antes; con su pequeña cámara de película infrarroja y flash filtrado -que al destellar no parece mas que un carro que pasa-, ha convertido a los que espían en espiados. Ahora él -y por ende cualquiera de nosotros- es el mirón de los mirones.
La primera vez que expuso estas imágenes, Kohei Yoshiyuki quiso recrear la situación de toma fotográfica en la que el se encontraba. Una galería a oscuras. A cada visitante se le entregaba una linterna para que iluminara parcialmente y también tocara las fotografías en tamaño natural adheridas a las paredes. No es difícil imaginar al artista, desaparecido en medio de la sala y con la tranquilidad de una copa de champaña en la mano, añadiendo un eslabón mas a la cadena alimenticia: mirando mirar a los nuevos mirones.


Camilo Restrepo
Imágenes tomadas de: http://www.nytimes.com/packages/html/arts/20070923_YOSHIYUKI_FEATURE/blocker.html
En algunas de las fotos, que fueron hechas durante los años 70 en tres parques de Tokio, se pueden ver parejas revolcándose sobre la hierba o sobre periódicos, abrazadas en bancas de madera o sobre piedras, apoyadas en árboles o escondidas bajo arbustos. Y junto a ellas, carteras, cuadernos y paraguas; raquetas de tenis y mochilas deportivas; pañuelos, sacos y zapatos. Objetos dejados a un lado afanosamente mientras sucedían estos encuentros casuales y secretos.
En otras aparecen hombres recostados en los árboles -a la espera- o inmersos en arbustos -atentos a lo que pasa-. No hablan entre ellos y ni siquiera parecen mirarse. Son los mirones. En medio de la oscuridad aguardan pacientemente a que caigan sus presas. Y a su lado, sin que lo sepan, el fotógrafo. Aunque no sale en esas fotos de encuadres afanosos y texturas granulares, sí tuvo que estar ahí durante meses, sin disparar, para volverse otro mas entre ellos; un verdadero trabajo de campo.
Un tercer grupo de imágenes mezcla las anteriores. Las parejas se revuelcan y con un andar sigiloso y la pupila dilatada, los mirones se aproximan. A veces solos, a veces en manada, llegando incluso a romper con la imposibilidad vouyerista de alcanzar a su objeto: la noche permite que sus manos se mezclen con los cuerpos espiados. Pero el fotógrafo, que ha avanzado junto a ellos, se ha detenido un paso antes; con su pequeña cámara de película infrarroja y flash filtrado -que al destellar no parece mas que un carro que pasa-, ha convertido a los que espían en espiados. Ahora él -y por ende cualquiera de nosotros- es el mirón de los mirones.
La primera vez que expuso estas imágenes, Kohei Yoshiyuki quiso recrear la situación de toma fotográfica en la que el se encontraba. Una galería a oscuras. A cada visitante se le entregaba una linterna para que iluminara parcialmente y también tocara las fotografías en tamaño natural adheridas a las paredes. No es difícil imaginar al artista, desaparecido en medio de la sala y con la tranquilidad de una copa de champaña en la mano, añadiendo un eslabón mas a la cadena alimenticia: mirando mirar a los nuevos mirones.

