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Pie de Foto

Fotografías de Espíritus Minimizar
Por razones de su aparataje óptico y del automatismo en la formación de la imagen, la fotografía nació amarrada a los problemas técnicos y a la comprobación de la verdad, obligada a actuar como garante y testigo irrebatible, como instrumento para la copia al carbón. Y sin embargo nada pudo contener sus usos trocados que cruzaron lo visible con lo invisible. Ella era capaz, como nunca antes otro ingenio lo había logrado, de eternizar lo fugaz a través de la luz; y esto trajo consecuencias que la acercaron a prácticas que rayaban con la magia. Su invención y sus usos primerizos estuvieron rodeados de un halo de misterio a pesar de su supuesta objetividad. 

A finales del siglo XVIII, las teorías fisiognómicas planteaban que el carácter de una persona podía ser descubierto a partir de sus rasgos físicos, al considerar lo fisiológico como la huella de lo psicológico. Una huella era entonces algo más que una marca, que «una película que hubiese sido despegada de la superficie de un objeto material y depositada en otro lugar», pues dicho objeto se volvía inteligible a través de ella. Esto influyó notablemente en ciertas prácticas fotográficas como las de Cessare Lombroso y Francis Galton que buscaron reconocer, a través del análisis de las fotos de algunos individuos, tipologías criminales o enfermedades mentales.

Pero también se mezcló, por ejemplo, en las técnicas descriptivas de Honorato de Balzac; escritor francés que se ufanaba de haber previsto la invención de la fotografía con su excéntrica teoría de los espectros –mezcla de los postulados fisiognómicos y de ciertas conjeturas metafísicas del siglo XVIII, que consideraban la luz como el puente entre lo sensible y el mundo de los espíritus–. Si para éste la descripción escrita tenía como fin «despegar la superficie de un sujeto y transferirla a la página de la novela», ya que «dicha superficie hablaba de si misma en cuanto que representación estrictamente fiel del hombre interior», con su teoría fotográfica iba mucho más allá: los cuerpos estaban compuestos por pequeñas películas espectrales, organizadas en capas, que se repetían al infinito; y como el hombre era incapaz de producir algo de la nada, era por intermedio de la luz que la fotografía despegaba y capturaba una de estas capas, llevándose consigo «un espectro, es decir, una parte de la esencia constitutiva» del sujeto.

El paso de lo anterior a la fotografía de espíritus no fue difícil. Como los muertos en las sesiones de espiritismo –bastante comunes en el siglo XIX– se hacían visibles en forma de imágenes luminosas, bastaría con retener dicha luz en una placa fotográfica para conseguir la imagen del espíritu traído a la realidad de los vivos a través de los médiums. La fotografía creaba un puente entre lo visible y lo invisible al materializar las fuerzas ocultas que habitaban el reino de las tinieblas.

Y si bien las primeras fotos en las que aparecían fantasmas fueron realizadas por accidente (movimiento de los sujetos durante largas exposiciones) o como divertimiento (a partir de montajes); en 1861 en Estados Unidos, William H. Mumler afirmó que había capturado imágenes de espíritus, generando una polémica llevada a los estrados judiciales para aclarar si realmente eran fotografías de muertos aparecidos o trucos sacados del laboratorio fotográfico. En estas imágenes –que debían ser realizadas bajo condiciones controladas y con la presencia de testigos para certificar su autenticidad– aparecían tanto mediums como personas comunes que querían tener una foto al lado de sus familiares y amigos muertos. A veces, eran los mismos espíritus los que, en las sesiones en las que eran invocados, les indicaban a los interesados que fueran a un determinado estudio fotográfico con la promesa de aparecer en el momento en que fueran retratados.

Se inicia así una larga pelea entre ciencia y espiritismo, durante la cual muchos fotógrafos fueron vigilados, investigados y algunos de ellos llevados a prisión por fraude. En una pesquisa a su laboratorio, Edouard Isidore Buguet fue hallado culpable por tener lo que cualquier fotógrafo necesariamente tenía: un archivo fotográfico de cientos de cabezas de hombres, mujeres y niños que supuestamente usaba para construir los espectros por medio de montajes. Esta gran variedad de rostros, unida a desenfoques, velos e indefiniciones –y a las traiciones de la memoria–, hacía posible que las personas reconocieran fácilmente en los fantasmas a personas queridas.

Y la fotografía, como siempre, decía la verdad…

 















 

  

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