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En el país de los cuentos Minimizar

Knut Hamsun

XV

Son las siete y media de la mañana. Bakú está envuelto en una nube de polvo blanco. Todo aquí es blanco o gris; el polvo cubre hombres, bestias, casas, cristales, así como las raras plantas y arbustos del parque. Parece un mundo completamente al revés, en el que todo es blanco. Escribo en el polvo, del que está cubierta la mesa del hotel, pero al cabo de un rato, las líneas desaparecen, borradas por otro torbellino de polvo. Además, un olor a aceite apesta toda la ciudad. Está por todas partes, por las calles y por las casas. El aceite mineral se mezcla con el aire que se respira, y antes de acostumbrarse se tose mucho. El aceite se mezcla también con el polvo de la calle, y cuando sopla el viento, lo que ocurre casi siempre aquí, aquel polvo saturado de aceite deja manchas grasientas en los trajes. Nos parece aquél el sitio más desagradable de los que hemos visitado, aunque desde nuestras ventanas podamos contemplar el mar Caspio.

Bakú, con sus ciento veinticinco mil habitantes, es el puerto más importante del mar Caspio. En el puerto hay gran movimiento de barcos, de trenes, de grúas. Produce un efecto extraño ver, en medio de aquella batahola, ante cada almacén, una larga hilera de camellos arrodillados, a los cuales cargan con mercancías. El camello puede tener una mala mirada cuando lo maltratan. Vi un día a un camello al que hicieron levantar a la fuerza, cuando estaba medio cargado, y volverle a levantar en seguida. Obedeció, pero no sin que protestara y pareciera querer vengarse. Enseñó los gruesos molares amarillos, y una expresión dura y feroz pasó por sus ojos, y observándole, vi que volvía a abrirlos para seguir con mirada rencorosa a su verdugo.

Fuimos a Chorny Gorod, la ciudad negra, el barrio de Bakú en que tienen su residencia las compañías de petróleo. 
Un cochero persa nos condujo; aquí todos los cocheros son persas. Van a gran velocidad, y como no se les puede convencer o no comprenden los signos ni los gestos que multiplica un cristiano para que modere la velocidad de sus animales, no quedan más de dos recursos: o callarse, o saltar del coche. Por signos claros y comprensibles expliqué al cochero que los caballos eran nuestros semejantes; que, según los análisis más recientes, tenían también alma y que eran, por tanto, casi hombres; pero aquel maldito persa se echó a reír de mis teorías occidentales y continuó su marcha vertiginosa, ya sobre una rueda, ya sobre la otra, al conducirnos a la ciudad negra. Le hicimos parar, pagamos la carrera y nos pusimos a esperar el tranvía de vapor. ¡Pero no creáis que el cochero aprovechó en algo aquella lección! Había llevado ya muchos ingleses y conocía sus excentricidades. Sobre el pescante empezó a comer el almuerzo, después de haber sacado de la caja del coche algunos trozos de pan blanco y un racimo de uvas, a los cuales mordía alternativamente. Pensamos en los cocheros de nuestro querido clima de carnívoros.

El tranvía de vapor nos llevó al punto de destino. La ciudad negra está minada por tubos, por los que corre el petróleo; la línea del tranvía cruza por encima de pequeños estanques grasientos de delicados reflejos metálicos y que surgen del suelo murmurando. Aquí hay aún peor olor que el la ciudad. Aunque la región no está compuesta más que de aceite y arena, se veía, sin embargo, un trocito de jardín cerca de cada casa, lo cual no ocurría en las regiones petrolíferas que vi en Pensilvania, y la gente iba vestida de otra manera: pobres y ricos llevan los trajes de seda cruda persa. Preguntamos por la casa de Nóbel. Era como si en Cristianía se hubiese preguntado por el castillo. Allí encontramos al ingeniero y a su familia, que habían sido nuestros compañeros de viaje a través de Rusia; su casa era acogedora y detrás de ella existía un jardín, en que la señora misma había creado allí un hogar amable y bonito; pero, a veces, cuando el olor exterior les llegaba demasiado fuerte, tenían que cerrar las ventanas.

Y debía de ser muy molesto tener las ventanas cerradas con aquel calor. El ingeniero había tenido la fiebre caucasiana todos los años que había pasado allí. Se le quitaba, durante las vacaciones, en Finlandia, en el verano, y volvía a apoderarse de él a su regreso a Bakú. El ingeniero me enseñó los numerosos talleres y oficinas de la empresa gigantesca. La casa tiene fraguas propias, fundiciones, talleres de construcción, de carpintería, oficinas de dibujo. Hay finlandeses, suecos, daneses empleados en las distintas secciones del establecimiento. Me enseñó también el ingeniero las fábricas. Había allí hornos tan terribles, que quedé aturdido; en ellos, el calor sube a cuatrocientos grados. En aquella temperatura al rojo vivo, surgía un sonido de la incandescencia furiosa que parecía girar como si tuviera ruedas. Me lancé hacia la puerta, perseguido por aquel silbido blanco, y no me detuve hasta encontrarme en un taller en que me fue posible ver y oír al modo de los hombres.

El ingeniero me daba informes de todo. Pero cuando me disponía a tomar notas, me regó amablemente que me abstuviese pues ignoraba si sería del agrado de los patronos. Evite pues, escribir a la vista de todos, y garrapateé furtivamente en mi carnet, que llevaba oculto por la espalda. Era aquel un trabajo difícil y lento. Por no poderlas anotar rápidamente, perdí muchas contestaciones a mis preguntas. Además, mis letras se convirtieron en ilegibles hasta parecer absurdas; se asemejaban mucho a los enigmas de los libros que tenían los escribientes en Tiflis. Y, finalmente, tuve que concretarme a notas tan sumarias, que resultaban ininteligibles. Así, por ejemplo: ¿Qué significa la nota siguiente: veintiséis calderas de vapor? No lo sé. Aquel número de calderas podía dar una idea del poder de la casa, pero que me perdonen por no saber dónde están colocadas, para qué sirven y por qué las calientan sin descanso.

Nóbel era un hombre rico; por consiguiente, podía procurarse un número considerable de calderas de vapor. Las calderas de vapor le agradaban y le gustaba poner fuego debajo. Dándose cuenta Sully-Proudhomme no tenía fuego en su caldera, le dio un centenar de miles de coronas para que pudiese encenderla.

Entre mis notas hay otra frase, redactada así: “Trece clases vasos color añil.” Igual oscuridad. Puedo comprender a Nóbel meditando sobre los colores. ¡Aquella maldita ciudad de Bakú es de un blanco calizo que hace perder la cabeza! Pero me parece exagerado dotarla de trece diferentes especies de añil. Nóbel no tiene dinero suficiente para hacerlo. Sería un derroche. Confieso que mis notas me parecen mal tomadas; las líneas hacen zigzags que me parten el corazón, y creo que el añil se ha equivocado de línea. No me acuséis de ligereza al estudiar mi diario, describo conscientemente los sitios confusos, con alegría de sabio cuando descubro la observación justa. Lo justo sería, a mi parecer, lo siguiente: el ingeniero me condujo en un principio a un edificio; allí iba a desparramarse un puré pardo verdoso que no parecía ser más estimable que el barro ordinario, pero era la materia prima, la nafta. Y en aquel edificio destilan el puré y lo convierten el bencina, en gasolina, en ligorina, etc. Después me llevó a otro edificio paras enseñarme en qué podía transformarse inmediatamente la nafta en bruto, con enumeración de cantidad de aceites, cuyos nombres no puedo descifrar en mi cuaderno de notas.

No me era cómodo escribir todo aquello por la espalda, y me limité a decirle que me parecían demasiados productos para ser obtenidos de aquel barro. “¿Demasiado productos?”, me dijo el ingeniero, enseñándome un estante en que estaban trece clases diferentes en vasos.  Entonces retrocedí algunos pasos y tracé las líneas en el cuaderno.
El ingeniero continuaba explicándome todo lo que tenía relación con la nafta. “Cuando todo se ha extraído ya, vea usted lo que queda.” Entonces me enseñó grandes recipientes que contenían un producto que se llamaba grasa metálica. He oído hablar de muchas clases de grasas: grase de cerdo, grase de arenque, grasa cadavérica, pero nunca de grasa metálica. Allí estaba. Era una pomada repugnante a la vista. ¡Y aquel residuo tan pobre, al parecer, que provocaba la burla, era el producto principal!
- Antes lo echábamos al agua -me dijo-; ahora lo empleamos como combustible; sirve para calentar las calderas y para hacer andar los vapores y los ferrocarriles. Nosotros surtimos a los vapores fluviales del Volga.
- ¡Caramba!-dije.
- Y desde hace poco extraemos también el color añil -prosiguió.
Entonces debía anotar el color añil en el cuaderno, y aquellas palabras cayeron en una línea que no les correspondía.

El ingeniero regresó con nosotros a la ciudad y nos sirvió de guía. Hacía un calor asfixiante, y adquirí en una tienda una blusa de seda amarilla. Lo cual me dio un aspecto raro, pero la existencia me pareció más agradable desde el momento en que me desposeí de la ropa del Norte. Y, como complemento, me regalaron un abanico.

Por otra parte, aquí iban todos vestidos pintorescamente; la ciudad es tan persa que no se la puede llamar europea, y tan europea, que no se la puede llamar persa. Frecuentemente se ven trajes de seda; hay señoras que, por encima de las ropas bordadas a mano llevan chapucerías berlinesas. Señores con trajes de tusor persa llevan corbatas alemanas de algodón abigarrado. En el hotel, preciosos tapetes persas cubrían las escaleras y las habitaciones; las sillas y los sofás tenían mantas persas, pero la madera de las sillas y de los sofás era de las llamas de Viena, así como el tocador, con su tabla de mármol encima. Y el patrón llevaba lentes de moldura de oro…

Nos hicimos llevar al castillo, situado en el centro del antiguo Bakú, edificio colosal de estilo prebizantino, muy extremado. Encierra el palacio del Kan y dos mezquitas. El palacio del Kan sirve actualmente de depósito militar y hace falta el permiso del comandante para poder verlo. Para pedirlo, era necesario pasar tarjeta, y yo no tenía tarjetas. Me encontraba, pues, en mala posición frente al oficial de guardia. Pero ya que en vladicáucaso me había sacado de apuros la tarjeta de Wentzel Hagelstam, porbé entonces con la de su esposa. Y presentó al oficial de guardia ñeque estaba escrito. Fru María Hagelstam. Hizo una señal aprobativa con la cabeza y me pidió el pasaporte. Que Dios me asista, me dije, al presentar el pasaporte. A ver si sale bien mi recurso de astucia. No tenía gran confianza. El oficial de guardia regresa, me devuelve el pasaporte y da la orden a un teniente para que nos sirva de guía. Estaba salvado. El teniente saluda y nos acompaña. Un cosaco armado hasta los dientes marcha detrás de nosotros. Sin embargo, mi compañera había quedado fuera y no había tomado parte en mi tormento.

XVI

Después de media hora de marcha, se ve al mar bullir, formando remolinos negros. Aquellos remolinos cambian, se mueven, se confunden con otros remolinos; movimiento incesante que hace pensar en las auroras boreales. Se enciende un puñado de paja, que se arroja a los remolinos, e inmediatamente salen llamas del mar por aquel lado. El mar brilla. Aquellos remolinos negros son gases de nafta. Y tenemos que dar bordadas sobre las llamas para que el movimiento de la hélice apague el fuego.

Llegamos y desembarcamos. El terreno es húmedo y aceitoso. Cuando se anda, la arena parece jabón, y de ella se desprende un fuerte olor a nafta y a petróleo que produce dolor de cabeza a los que nos estamos acostumbrados. El territorio está dividido en cuencas, en lagos rodeados por murallas de arena, pero es difícil cerrar el paso al aceite, que se filtra por las murallas y también las convierte en húmedas y grasientas.

La nafta bruta fue conocida en la antigüedad por los griegos y por los judíos, y en esta península de Apcherón, los habitantes la emplearon como combustible y alumbrado. Pero hace únicamente treinta años que se fabrica petróleo. Sin olvidar las trece clases de vasos, que son productos aún más recientes.

Ahora hay aquí, en cuanto abarca la vista, una ciudad de torres de perforación. Es la ciudad más increíble y más desagradable que se pueda imaginar; está compuesta exclusivamente de torres negras, grasientas, en armaduras rudimentarias. En el interior, las máquinas trabajan rabiosamente de noche y de día; los obreros tienen que gritar para cubrir el ruido de las máquinas; las torres tiemblan sobre los enormes pozos que taladran la tierra. Los obreros son tártaros o persas. Entramos a una torre. Ni sombrero choca contra una viga, y, viéndolo negro y grasiento, parece estropeado para siempre. Pero me aseguran que en las fábricas de Bakú lo limpian muy fácilmente. El ruido es ensordecedor, tártaros sombríos o persas de piel amarillenta se encuentran cada uno delante de una máquina, atentos a su trabajo. Y se ve la nafta bruta que sale a chorros; un aparato desciende al interior de la tierra y sube, al cabo de unos cincuenta segundos, con mil doscientos litros de nafta, y así día y noche, sin interrupción. Pero aquel agujero a costado mucho dinero. Tiene quinientos metros de profundidad, se ha tardado un año en abrirla y ha costado sesenta mil rublos…

No siempre ha conocido aquel sitio el estruendo de las máquinas. Fue América la que vino a profanarlo, trayendo su bramido al santuario. Porque éste es el hogar del fuego eterno de la antigüedad. Aquí no puede librarse nada de América: el método de perforación, las máquinas, hasta el producto destilado, todo pertenece a América. Los macabeos para purificar el templo, no quemaban más que agua espesa. Y cuando, fatigados por el estrépito y medio ciegos por el gas nafta, dejamos aquellos lugares, embarcamos en un vapor tipo Roberto Fulton.
Mañana visitaremos Surakani, donde dicen que existe, ¡alabado sea Dios!, un templo del fuego.

XVII

Estamos en el sitio que inspiró al Cristianismo la idea poética del fuego eterno. Aquí existía bajo tierra el fuego que no tenía necesidad de ser alimentado; ardía solo, sin extinguirse jamás: era el fuego sagrado. Los antiguos eran unos pobres sabios: ignoraban que la nafta provenía de la vegetación prehistórica, como la hulla. Ni siquiera sabían que la ciencia adoptó en seguida otra teoría: esto es, que se debe la nafta a las materias animales acumuladas en el seno de la tierra, o concretando más, al pescado. Los antiguos tenían el cerebro muy limitado en cuestión de ciencia. Conocían únicamente esta agua cenagosa, le prendieron fuego y ardió, ardió eternamente. Atribuyeron aquel fuego a Mitra, al sol, el cual también ardió eternamente y era la imagen de Dios. Y aquella agua fue sagrada, la adoraron y se dirigieron en peregrinación a aquellos lugares. Y porque alguien levantó un templo sobre aquel fuego, se lo agradecieron extremadamente.

Un puñado de estos últimos habitaron hasta nuestros días cerca de aquel templo del fuego, en Bakú. Los parsis de la India y los guebros de Persia venían aquí a rezar. Para aquellas almas justas, Mitra seguía siendo el de siempre, el Dios supremo, eterno como el sol y como el fuego eterno. Jamás se ofreció al hombre otro lugar más sagrado. Aquellos mahometanos advenedizos iban a Medina en peregrinación, y en medina sólo había una tumba, pero allí estaba el fuego viviente, una especia de sol en la tierra: Dios. Los peregrinos, desde muy lejos, desde que divisaban la blancura del templo, se prosternaban, experimentaban un estremecimiento y se acercaban humildemente hasta el santuario, con una multitud de genuflexiones. Aquellos fieles eran en aquel entonces pobres y miserables, porque su pueblo estaba sujeto a advenedizos que los había relegado a un extremo del país, pero en su corazón les quedaba el poderosos consuelo  de que eran ellos, y no los demás, los que creían en el Dios verdadero.

Los califas mahometanos y los Shas de Persia les perseguían cuando se encaminaban hacia su templo blanco; pero era tan grande su fe, que preferían cubrirse con los impuros trajes del advenedizo y viajar disfrazados, que renunciar a su peligroso viaje a Bakú. A la llegada al templo, les esperaban en aquella morada bendita, muchas celdas pequeñas y chozas donde alojarse. En cada celada una llamita de nafta ardía perpetuamente. Y allí, con el rostro contra el suelo, aislados del mundo, se proternaban aquellos guebros y aquellos parsis.
Un rugido: América desembarca. Y un año, al llegar, encontraron los peregrinos una fábrica de petróleo construida cerca del santuario. Los pequeños soles de las celdas se habían extinguido; las corrientes de gas habían sido dirigidas a la fábrica.

Entonces, poco a poco, guebros y parsis abandonaron aquellos lugares. Los advenedizos de oriente les habían perseguido, pero los advenedizos de occidente los habían vencido. Y derrotados, se retiraron al extremo del país, qn que habían sido arrinconados. El santuario de Bakú ya no es más que una leyenda. Pero el fuego viviente seguirá siendo sagrado para ellos hasta el día en que desaparezca el último creyente. Porque son los adoradores de fuego.

 

  

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