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Nápoles. (De una cartera de viajes) Minimizar

El asombro de los escritores tiene siempre un guiño particular y presuntuoso, se aburren frente a la Alambra y disertan de largo acerca del bastón de un mendigo o el delantal de una tendera. Pero lo mejor es cuando dejan ver su maledicencia, su cansancio de caminantes, y escriben una carta de desahogo contra sus anfitriones y sus templos y sus calles. Estas postales de rabodeají intentarán ser negras en la medida de lo posible, malagradecidas, difamatorias, dignas de una guía turística de los infiernos. De la cartera de viajes de un Panida enviamos la primera esquela. Buen hombre del siglo diecinueve con la serenidad de aquellos que saben del mundo desde su ombligo, se detiene en las calles de la hija del Vesubio para ofrecer glosas viajeras que Maradona bien podría confirmar. Comentarios insulares de un ilustre bárbaro en occidente, publicados por la revista Alpha en la Medellín de 1906. Poco después del viaje de José A. Gaviria el volcán custodio de la sucia Nápoles se encargaría de una purificación a lava limpia.

José Sanín

Nápoles. (De una cartera de viajes) 
 

 
No digo que sea Nápoles la ciudad más sucia del mundo, porque sé que existen Constantinopla y otras inmundicias orientales. 
Para vivir aquí con gusto, será preciso tener sangre de napolitano y narices de napolitano, hechas a soportar todo lo repugnante. 
Nápoles es, probablemente, la cantera, el riquísimo yacimiento de donde se extrae la suciedumbre que está proporcionalmente repartida en toda Italia. 
Aunque si de aquí se sacara algo de mugre, de desaseo y de basura, se lastimaría el color local, y se privaría injustamente al pobre pueblo de un elemento de vida.
Porque así como los cerdos retozan felices entre el fandango y ponen gesto de nostalgia cuando tocan agua limpia, así el populacho napolitano, que se huelga y vive y respira dichoso entre la mugre, languidecería si lo libraran de ella. 
La horrorosa aglomeración de gentes en esta ciudad, que quiere contener dos veces más habitantes de los que le caben, hace que la masa pobre se desborde en calles, pasadizos y plazuelas, y allí, a la luz del día, es donde se complace explayándose en lo sucio. 
El pueblo cocina en la calle, come en la calle, duerme la siesta en la calle, y en la calle, con majestuosa despreocupación, se recrea en tareas personalísimas que no quiero mencionar. 
Las mujeres se peinan en las puertas; los niños que no han recibido ni la ablución inicial con que se suele inaugurar la vida, se revuelcan entre los desperdicios; los hombres, blindados con capas prehistóricas de mugre, se dan a su labor en las aceras. Quien hecha una suela; quien corta un vestido; éste asa castañas; aquel, al son de barcarola, dale que le das al fierro sobre el yunque; el otro modela yesos, y el de más allá tiene todo un taller de ebanistería instalado sobre el tránsito. 
Los perros, flacos cual conviene a tales dueños, escarban en los montones de basura, donde algún burro viejo toma, sin escoger, su pienso de papeles y de escorias.
Los vendedores ambulantes llenan las calles de gritos enervadores. En olor mezclado de cocina, de andrajos, de viandas, de cecinas y de inmundicias, da un mareo fatigante con anhelos de huir lejos en busca de atmósfera respirable. 
De todos los balcones penden guiñapos, y en las aceras mismas, en perchas sostenidas por dos taburetes de paja, están al sol los andrajos sin que pudor alguno escoja las piezas de vestir que así han de estar expuestas a todas las miradas. 
José SanínDe cada cien habitantes, en los barrios netamente napolitanos, se pueden contar veinte pordioseros, tercos y muy mal intencionados, que piden con una tenacidad estúpida y maldicen sin nada se les da o se les da poco; mutilados auténticos que exhiben sus muñones repugnantes; mancos de pega y cojos de ocasión, que suspenden una querella y asumen la actitud de inspirar lástima cuando pasa algún posible cliente; mujerzuelas harapientas que, con la mano estirada, persiguen al transeúnte por cuadras y cuadras y recitan, con tono lacrimoso, su letanía de miseria; paralíticos en muletas, que corren sudorosos tras los coches, y cuando se han cansado sin atrapar un coche, sueltan una blasfemia y acechan otra víctima; leprosos malolientes, que mercan en las cocinas de las aceras su mezquino alimento, lo empuñan en la mano y van andando y comiendo hasta que se tumban al sol, como perros, a dormir la siesta sobre las gradas sucias de alguna iglesia sucia. 
Desde el amanecer hasta muy alta noche hay en esas calles, intrincadas y tortuosas, una agitación de vida que ensordece y fatiga. Coches y carros y bicicletas y ómnibus y tranvías y carretas y carruajes, de cuanta forma y uso se puede imaginar, atruenan rodando sobre un pavimento de gruesas piedras descodaladas. 
Los vendedores, a grito herido, ofrecen su mercado; los cocheros blasfeman; chillan los granujas, y las maritornes, con los puños en las ancas, se disputan, mientras los mocosos sin camisa se trasladan sentados, sobre la acera.     
Chasquean los látigos; afanan las campanillas de los ciclistas; el cuerno de los tranvías atruena sin cesar; los rebaños de cabras van sonando el cencerro, y en medio de aquella barahúnda, de aquel apretamiento de vidas que se disputan el derecho de vivir, despunta a lo mejor el cortejo de un entierro, curiosísima nota de las costumbres napolitanas. 
Adelante vienen diez o doce hombres, cubiertas cabeza y cara de un capuchón blanco que forma pico sobre el cráneo y tiene dos agujeros a la altura de los ojos. Esos encapuchados, que llevan cirios encendidos, como no son el muerto ni la madre que los crío, van retozando y haciendo carantoñas de carnaval. Detrás de ellos, tres sacerdotes de sotana y tricornio preceden al muerto, que viene sobre un carro fúnebre, al cual se agarran y se trepan los granujas de la calle. Y finalmente, cierra el irreverente cortejo un grupo de mendigos, uniformados de blusa y sombrero de hule, que van ganando sendas monedas de cobre por rezar y llorar en obsequio del muerto. 
De pronto, en una acera, un charlatán señala y se apropia un espacio, instala su tribuna y la mesa donde expone algún específico maravilloso y por encima de la algarabía general alza el discurso dulcamaresco con que atrae y convence y extorsiona al coro de papamoscas que le rodea. 
Más allá un vaquero ordeña una res flaca, que pasa la pena escarbando en un rimero de escorias. Los rapistas, en mangas de camisa, mientras llega el cliente leen la gaceta, sentados a la puerta o dan palique a voz en cuello a la planchadora de enfrente, que almidona y repasa la entrada de su tugurio.
Las habitaciones de toda esa gente dan sobre la vía pública y se puede, al pasar, formarse una idea de la inveterada suciedad de ropas trebejos y muebles, teñidos con esa pátina de lo que nunca ha tocado agua. 
A mí lo que me provoca, al ver como está feliz esta canalla entre la mugre, es buscar un representante cualquiera del pueblo inmundo éste, ponerle ambas manos en los hombros, mirarlo bien a la faz, decirle: !Puerco! … y tomar después un tren que me lleve lejos de esta atmósfera asfixiante. 
Pero si eso hubiera hecho como consecuencia de mi primera impresión, me habría privado de admirar, desde lo alto del antiguo convento de San Martín, el panorama más hermoso que sea fácil imaginarse. 
Desde aquella altura, en el punto con razón llamado Belvedere, no se huele a Nápoles, pero en cambio se le ve en su conjunto y se llega a comprender lo que vale el dicho popular “Vedi Napoli e puoi muori”. 
Ese panorama de la ciudad y sus alrededores, con el Vesubio siempre humeante, que alza su mole obscura sobre el golfo, es sorprendente y grandioso. 
Verdad es que Nápoles tiene también sus barrios modernos y de calles amplias, y suntuosas construcciones, barrios que remedan los de cualquier metrópoli y donde campea esa suciedad disimulada que en Italia se ha convenido en llamar aseo, y posee, así mismo, jardines y parques hermosos y bien tenidos; pero el Nápoles clásico; el Nápoles de los napolitanos, es el otro, que si dejara de ser sucio dejaría de ser Nápoles, lo más italiano de toda Italia. 
En la catedral, ruinosa y fea, hay una capilla donde dicen que se conserva la sangre de San Genaro, la cual se liquefía cuando al santo le place hacer tal milagro. 
El vaso donde está contenida la sangre no lo pueden mirar los profanos; pero un sacristán afeitado de ocho días, mediante la inevitable propina, muestra un remedo de ese vaso que no presenta interés alguno. 
Mediante otra propina, otro sacristán que apesta a rapé, coge con sus manos profanas una a modo de custodia transparente, dentro de la cual, por no discutir, conviene uno en que se ven hasta dos falanges del propio dedo de San Genaro. 
A mí las cosas sagradas en manos de sacristanes sucios, que las exhiben por lucrar una moneda, no me enternecen. 
Más días que quisiera llevo ya de estar envuelto en esta vorágine, y tengo de Nápoles hasta por encima de la coronilla. 
En esta Babilonia, ávida de lucros mezquinos, el extranjero no es un huésped, sino un cliente que todos se atraen y se disputan, como los peces la carnada. 
Aquí no se tiene más afán que engañar y explotar al que resulte cándido. 
José Sanín¡Pobre del que llegó a caer en garras de un cochero de alquiler, si antes no puso todos los puntos sobre las íes en cuestiones del pagar! Y pobre del que llegó a mirar siquiera los objetos que le meten entre los ojos los vendedores callejeros: se los harán comprar de fuerza. 
Cuando cae entre la red un pez que pueda soltar escama, todo mundo se pone al tanto para esquilmarlo; los hoteleros se pactan con los guías; los guías con los sacristanes; los cocheros entre sí, y con un guiño hecho a tiempo, se pasan la víctima de mano en mano. 
Y cuando el cliente resulta liso, le aplican el inocente recurso de obsequiarlo en las vueltas con parte proporcional de la moneda falsa que hay aquí en profusión, destinada á amortizarse en los bolsillos de los incautos. 
De Nápoles me voy sin mucha pena. Supongo que no volveré á ver jamás al Vesubio, mirando su penacho de lava en las aguas tranquilas del golfo. Pero también supongo tantos napolitanos juntos.

J. A. Gaviria. 

 


  

  

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