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Postal desde Irlanda Minimizar

La Irlanda de Heinrich Böll es un confín de Europa con algunos rasgos de los reinos de piedra en los cuentos infantiles, un refugio premiado con los últimos resplandores del sol sobre occidente a cambio de la pobreza y la lluvia infinita, una arcadia perfecta para el abandono y la nostalgia. Mirando una isla que es apenas una piedra sobre el río Shannon, Böll ve “una gran esponja verde a medias sumergida en el agua y a medias sobresaliendo sobre ella, que se empapaba de humedad aspirada desde abajo”. Esa descripción bien podría acomodarse a toda la Irlanda que el escritor alemán encontró a mediados del siglo XX. Heirich Böll viajó a la isla acompañado de su esposa y su tropilla de tres hijos, intentando huir del ruido de la reconstrucción y el murmullo de las culpas en la Alemania de posguerra.

Un viajero es siempre un hombre dispuesto a los juicios corrompidos por la imaginación y a las comparaciones que impone el cuadro de sus costumbres. Pero si la imaginación está cercana a la del poeta y las comparaciones tienen la gracia del ensayista serio pero no ceñudo, del comentarista burlón y al mismo tiempo conmovido, es seguro que el retrato tendrá dos cosas que le pedimos siempre a la charla de quien ha regresado de un viaje: que nos deje algo en la memoria y que solo se interrumpa para llenar los vasos del próximo trago.

No por capricho habló del próximo trago cuando apenas he tocado las primeras páginas del Diario irlandés y la costa es todavía una promesa desde el ferry. Antes de que aparezca la gris silueta de Dublín, sus iglesias, sus monumentos, los vacilantes penachos de humo de sus fábricas, Heinrich Böll nos entrega los grandes récords de la verde Irlanda que le tocó en suerte: el consumo de Whiskey por supuesto encabeza la lista que completan las vocaciones sacerdotales, la afición por el cine y el inocuo vicio del te. Así que el lector irá de la mano de Böll por entre tabernas, teatros, iglesias y casas sencillas donde se sirve un te que luce los “tonos oscuros, entreverados de reflejos dorados, de los íconos rusos”.

La visita obligada a un colega de letras hace que la puerta de una iglesia sea la primera en responder con un murmullo a la curiosidad del visitante. Böll va en busca de la tumba de Jonathan Swift en la catedral de San Patricio. Ya antes el ruido proveniente de una iglesia menor le había sugerido sus obligaciones de buen católico ante el fervor irlandés que limpia las calles a la hora del oficio matinal: “…hasta que me sobresaltó un rugido repentino, poco menos que un trueno. El trueno se sostuvo y se hizo articulado, hasta que el vehemente arranque del Tantum Ergo devino clara y límpidamente audible.”

La catedral de San Patricio, tan fría, tan limpia, tan sola después de la misa, hace que el visitante se sienta en una especie de solemne antesala del último tribunal. Swift está debajo de una plancha cuadrada de latón, acompañado por la plancha un poco más pequeña que le correspondió a Stella, una joven huérfana que fue su hija adoptiva, su secretaria privada, su acolita de ceremonias y su amante incondicional según los más intuitivos.

El recuerdo de las obras de Swift provee al viajero de sensibilidad para las escenas que lo esperan en el atrio de la iglesia y los barrios aledaños. Es tiempo para que los pobres de irlanda luzcan su ropa sucia, sus sacos abotonados con un gancho, sus zapatos rotos dignos de los cuentos de navidad: “Aquí la lluvia cae sobre la pobreza, y ni siquiera un esteta incorregible podría encontrar un toque pintoresco en semejante suciedad; en muchas esquinas, en muchas casas de los barrios bajos que rodean a San Patricio, habita la misma miseria que debió ver Swift en 1743.”

Una suciedad de siglos sobre las ventanas, mugre que parece traído a propósito desde las chimeneas, un desorden de despojos en los patios y en los escaparates de los vendedores callejeros. Pero no hay tiempo para el abatimiento, el viajero deberá siempre ser un poco indolente y estar listo para cambiar de ánimo en cada calle. En el mismo desorden de trastos viejos, unas cuadras más adelante, Böll se encuentra una de las atracciones que, según él, lo llevaron hasta Irlanda y que de una vez hará de llave maestra para la puerta de las tabernas: “la cabina del bebedor solitario, con su cortina de cuero; el bebedor se encierra en ella como un caballo; para estar a solas con su whiskey y su dolor, su fe y su escepticismo, se sumerge hondamente bajo el tiempo, en esa escafandra de pasividad, mientra dure el dinero.” La imagen es perfecta para la Irlanda de Heinrich Böll. Una especie de confesionario atendido por un tabernero rechoncho de ojos serenos y azules, un sitio para el supremo arrepentimiento que puede entregar una buena dosis de alcohol.

Antes de ir hasta el ruido de las salas de cine donde se dan citas todas las clases sociales de la isla, no estaría bien abandonar definitivamente las iglesias. Böll no perdonaría que en el retrato de los templos irlandeses estuviera solo la imagen limpia y solitaria de la catedral. Las muchas iglesias que visitó el peregrino tenían el aire descuidado de “las salas de estar de las familias numerosas”: recargadas de figuras de yeso, de vírgenes con una aureola de neón, cruces fosforescentes, lamparillas de aceite iluminando al sagrado corazón; una decoración que podría estar en nuestros pueblos de Boyacá o en un altar de buseta de alguna de nuestras ciudades. Bajo el umbral de la iglesia kitsch, ya saliendo, surge una pregunta inquietante para el creyente. “¿Se anotará por separado en el Libro al que reza aquí, frente a semejantes fealdades, y al que lo hace en Italia, frente a los frescos de Fra Angelico?”

Pero la travesía de Böll y su tropa no termina en las iglesias y las tabernas de Dublín. Después de algunos días la familia toma un tren rumbo a la provincia de County Mayo. Desde las ventanas se ven los pueblos abandonados de una isla en la que todas las familias tienen a la mitad de sus hijos repartidos entre Liverpool, Londres, Nueva York y Sydney. La arcadia de posguerra que encantó al viajero alemán resulta ser muy parsimoniosa y muy magra para los jóvenes que la habitan. 

Según las cuentas de Heinrich Böll la Irlanda de 1955 tiene apenas 4 millones de habitantes, tres millones menos de los que tenía a mediados del siglo XIX. Y los pueblos dejan ver la desolación de un país del que, siguiendo el título de una novela cubana del siglo XXI, todos se van: “El esqueleto de una aldea, cruelmente claro en su estructura: allí, la calle mayor; a la vuelta, donde está la pequeña plaza redonda, debía de haber una taberna. Una calle lateral, otra más allá. Todo lo que no era piedra roído por la lluvia, el sol, el viento, y por el tiempo que gotea con paciencia sobre todas las cosas”. Y todo cubierto por lo que podría ser un símbolo nacional: “el musgo, la planta de la resignación y el abandono.”

Pero no es justo que esta Irlanda lejana sea solo una aguada a blanco y negro, lánguida y decolorada en el rincón más lejano de Europa. Había prometido algo de sol y algo de humor y creo es tiempo de que la travesía rural de Böll entregue luces y sonrisas. El arribo donde sus anfitriones del campo servirá para cumplir la promesa mirando desde los desfiladeros “desde donde solo hay agua hasta Nueva York”. La primera visión de la casa prometida parece describir uno de los paisajes de Edward Hopper: “la casa estaba pintada de un blanco impoluto, los marcos de las ventanas de azul marino, había fuego en el hogar. Banquete de bienvenida con salmón fresco. El mar era verde claro en la parte que se precipitaba hacia la playa, azul oscuro por el centro de la bahía, y una cenefa muy blanca donde las olas rompían contra Clare Island.”

Luego del almuerzo en familia los hombres se empeñan en acompañar la noche con algunas jarras de cerveza negra. Está claro que muchas veces las conversaciones en la barra del bar tienen su lado arduo; y ahí tenemos a Heinrich Böll, intentando que su octavo vaso de cerveza lo ayude a convencer a uno de sus contertulios de que Hitler no era un buen hombre en el fondo:
“-Lástima que tu también te hayas dejado engañar por la propaganda inglesa”, le dice su compañero mientras propone dar el salto al Whiskey. El reloj mantiene sus manecillas en las 10:30, inmóviles, marcando “la hora de cierre para la tabernas rurales en verano, pero los turistas y los forasteros contribuyen a la liberalización de tan rígido horario. Cuando llega el verano lo taberneros sacan el destornillador y unos cuantos tornillos e inmovilizan las manecillas… Así se para el tiempo mientras, durante todo el verano, día y noche, fluyen torrentes de cerveza negra, mientras los policías duermen el sueño de los justos.” Los domingos el asunto es un poco más serio. La cerveza solo se sirve antes de las 2 de la tarde y entre las 6 y la 8 de la noche. Difícilmente los taberneros se arriesgan a abrir la llave bajo la amenaza de una multa de 5 libras. Pero la ley tiene una pequeña rendija para los caminantes y los ciclistas sedientos: a ningún viajero alejado por lo menos tres millas de su pueblo puede negársele un refrescante trago. Y si es necesario emprender un viaje pues las bicicletas están siempre dispuestas bajo el cobertizo. 
 

Entonces aparece Seamus: un vecino que almorzó coles con demasiada pimienta y jamón con demasiada sal y maldice al clero frente a los ojos de nuestro cronista por sus mandamientos que solo agradan a los bueyes. La pobre Irlanda todavía debe obedecer los horarios que la iglesia considere para la venta de alcohol y la autorización de bailes públicos. El pueblo más cercano está a seis millas y hay una cuesta justo en la mitad del recorrido. Los grupos de borrachos se encuentran a mitad de camino entre pueblo y pueblo, paran en el alto y comentan lo que se dijo en la noche, intercambian burlas para los taberneros y comparan la generosidad de sus vasos. Al principio era solo la sed y las ganas brindar con cinismo por las santas sotanas, pero no vale la pena recorrer tanto camino por una cerveza, es necesario tomar al menos una por cada milla de travesía. No sé si Böll alguna vez hizo el recorrido o si adivina las visiones y los cantos que asaltan a los ciclistas más felices de Europa, los padres díscolos de Sean Kelly y Stephen Roche: “Los burros rebuznan en la tibia noche de verano, propagan su abstracto canto, ese ruido extravagante como de goznes mal engrasados, de bombas herrumbrosas… Los ciclistas zumban como murciélagos sobre sus burros metálicos sin luces, hasta que el final ya solo el trote tranquilo y pacífico de los peatones colma la calle”. Todo el recorrido lo acompaña la cinta sin fin de los muros en los campos de irlanda, levantados el año anterior o hace 14 siglos: “las piedras de esos muros bastarían para construir la torre de Babel.”

Es tiempo de volver a la ciudad para asistir a la ceremonia del cine. De nuevo, como antes en las tabernas con la hora de cierre, Irlanda ofrece una burla a los relojes. La hora fijada en los carteles para el inicio de la película protagonizada por Anne Blyth y algunos pistoleros es solo una burla. Una sentencia acuñada en la isla resume la displicencia de sus habitantes frente a la impaciencia del mundo Europeo: “Cuando Dios hizo el tiempo, hizo suficiente”. Así que mientras espera en su silla de terciopelo, con un reflejo rojo en la frente que viene de unas conchas iluminadas en la pared, Böll tiene tiempo para las reflexiones, para la memoria de las cosas que es uno de sus temas preferidos: “Estas butacas que probablemente fueron consideradas chic en el Dublín de 1880 (seguro que vieron las operetas y las comedias de Sullivan, y tal vez también Yeats, Signe y O’Casey, y las primeras obras de Shaw), estas butacas huelen como huele el tapiz viejo que se revuelve aún contra la rudeza del aspirador y la agresión del cepillo…”

La despreocupada oscuridad del teatro, la voz de los vendedores, el chasquido de la botella de Whiskey que se abre, la oferta para cambiar dos cigarrillos baratos por una más fino, la voz del que improvisa una canción, el grito del niño que ya imagina a los bandidos, agrupa al Dublín que en la tarde parece tomar caminos opuestos. Comparten el brazo de la silla la señora que intenta imitar a la protagonista y el pescador que quiere olvidar los resplandores de su jornada. “El coronel retirado conversa con el cartero sobre las ventajas y los inconvenientes de los indios”. Perfume, pintalabios y el olor amargo de quienes se encargan de recoger la turba, ese carbón esponjoso que los pantanos y los humedales entregan en compensación por los castigos de la lluvia.

La película no comienza y el vecino de silla confiesa la razón del pecado de impuntualidad. Están a la espera de los curas y los capellanes que vienen en camino luego de su tertulia de sobremesa. Parece que Irlanda de Böll necesitaba al menos la presencia de un cura para poner a andar sus mecanismos: para que se impriman los periódicos deben aparecer en primera página, despidiéndose del país desde la escalerilla del avión, orgullosos de partir hacia tierras menos fértiles para la devoción católica; para que el tabernero sea generoso deben presidir la barra del bar mientras rezan por un triunfo de Nube Púrpura, favorito en las carreras; para que los trenes rueden los sábados deben estar llenos de peregrinos susurrando rosarios y mientras un cura maneja la caja del vagón restaurante. Así que vale la pena esperarlos para que se haga la oscuridad en la sala de cine, en últimas son los hijos predilectos de ese Dios que creo tiempo suficiente. Llegan las sotanas y se hace el milagro: “Se apagan las conchas moradas, enmudece el alboroto de patio de escuela en los asientos baratos, toda esa sociedad sin clases se sume en silenciosa expectación mientras empieza, tierna, en color y a toda pantalla, la película”.

Luego de dos años ha llegado la hora de que el peregrino regrese a Alemania. Heinrich Böll deja a Irlanda como quien es obligado a abandonar una vocación. Su estadía fue sobre todo un retiro espiritual. Irlanda es su viejo monasterio, un edificio de piedra sencillo y abatido por la lluvia. Un refugio nostálgico gracias al efecto de las nubes y el Whiskey. Una abadía situada “unos cuarenta metros casi exactos más cerca del cielo que el resto de Europa.”

La visita a la tumba de William B. Yeats sirve como última romería. Montado en un taxi, acompañado por la lluvia de siempre, pensando en el ofrecimiento del conductor para llevarlo hasta la orilla del poema del lago de Innisfree: “Me levantaré y me pondré en marcha, y a Innisfree iré, / y una choza haré allí, de arcilla y de espinos: / nueve surcos de habas tendré allí, un panal para la miel, / y viviré solo en el arrullo de los zumbidos…” Es seguro que Böll va repasando el poema entre susurros mientras el taxista piensa en la jugosa tarifa. Ya se sabe que un guía codicioso acorta todos los viajes. Así que la excursión llega solo hasta la piedra que guarda los huesos de Yeats. Una tumba tan fría como la de Swift en la catedral de San Patricio, acompañada de las cornejas negras revoloteando la torre de una pequeña iglesia, intentando reemplazar los cisnes encantados del poeta. Sobre el mármol una inscripción perfecta para la despedida: “Echa una fría mirada a la vida, y sigue cabalgando, jinete.” 


 

  

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