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relato
Tormenta roja Minimizar

Sabe que el único que dice haberlo visto huir fue usted señor Blueys, ¿está seguro, de lo que acaba de decir? Al oír esto yo me quedé pasmado, todo indicaba que hablaban de mí, decide no hacer ruido ni moverme mientras el visitante no se fuera. Yo estaba en el segundo piso de los Blueys, empacando las túnicas blancas de la señora Blueys y otra ropa elegante y azul de la que se pone los viernes para ir a la iglesia.

El visitante deambulaba frente a las ventanas del amplio salón, el señor Blueys terminó de alistar para la venta de garaje las velas y adornos baratos con los cuales adornaban la mesa de centro.

“No se preocupe, señor Blueys, siga haciendo lo que está haciendo, ¿quiere que le ayude con esa caja?” El señor Blueys movió la boca sonoramente, desaprobando la propuesta. Así lo entendí yo. “Que haya perdido mi trabajo no quiere decir que no pueda valerme”, agregó luego a secas. Yo seguía intimidado con la presencia del desconocido ese, el cual, seguramente, había abordado al señor Blueys en el antejardín, en medio de la espesísima tormenta de arena. Por el fuerte acento australiano temía que fuera un policía. No lo escuché tocar el timbre de la puerta y mucho menos distinguí su estridente voz saludar o presentarse.

El indeseado visitante se retiró junto a la ventana, lo oí tocar pensativo la manija y clavar la uña en el marco de madera; creo que intentaba devolver la palabra dicha. “No quise decir eso, yo mismo soy un damnificado más de esta crisis financiera, a mi esposa le redujeron la semana laboral a la mitad desde noviembre y aquí donde me ve, cada viernes el jefe me recibe con la noticia de si habrá o no trabajo la semana siguiente, mí puesto depende, al menos hasta la próximo viernes, de esta investigación que adelanto con usted”.

En medio de mi preocupación por saber qué quería el inesperado visitante, percibí al señor Blueys encartado con la caja que estaba moviendo, la caja estaba llena para la venta de garaje, la arrastraba como si hubiera perdido de repente la fuerza y esto no debería ser. Sentí ganas de correr escaleras abajo, pero no podía hacerlo hasta que el otro estuviera en la casa.

Por los ruidos que subían del salón, deduje que las manos flácidas del señor Blueys tiraban impotentes, supuse que su calva oscura y bien peinada había empezado a sudar, sentía la fragancia picante a curry de los Blueys. Cerré los ojos, vi en mi cabeza las cejas blancas del señor Blueys, formaban esa ave en vuelo que forman cada vez que él está haciendo algo para lo cual ya es demasiado viejo.

Impotente abrí los ojos, tenía que reanudar mi trabajo. Mientras él dejaba la caja junto a la puerta, desocupe su escritorio, haciendo el menor ruido posible, para no ser advertido por el extraño visitante; empaqué lápices, lapiceros, resaltadotes, lupas, grapadoras, clips, papel borrador para la impresora, algunos disquetes empolvados, un ratón obsoleto de computador y un pisapapel en forma de león retorcido, el dorado animal parecía más un amuleto hindú que la herramienta de un profesor universitario, como lo era el señor Blueys.

“Hoy no te vayas a limpiar el jardín, eso lo haremos mañana y pasado mañana, junto el resto de la limpieza, si quieres aceptar el trabajo; hoy concéntrate en ayudarnos con el trasteo y la venta de garaje”. Con esta buena noticia me había recibido la señora Blueys, antes de marcharse para la oficina de arrendamientos a firmar el contrato de entrega de la casa. Sudoroso y todavía temblando por la carrera que me había pegado hasta la casa, la vi perderse entre la niebla roja de la tormenta, por la estrecha callecita de balcones de madera y techos de hojalata. Cuando entré ya habían algunas cajas en el antejardín listas para la ser rematadas.

Saludé al señor Blueys, lo encontré en la ventana del patio contemplando la tormenta, la cual en este lado de la casa no permitía la visibilidad a más de treinta metros de distancia. El jardín con vista al mar era una nube roja y opaca, el océano sangre tibia.

El señor Blueys regresó a la sala después de dejar la caja, el otro reanudó su cuestionario, yo continúe trabajando, con cuidado de no llamar la atención, todo debía estar empacado para ser recogido por la compañía internacional de mudanzas esa misma tarde. Los Blueys regresarían a su país natal, de donde emigraron bajo la visa de estudiante del señor Blueys, hace muchos años, un día de cielo y mar azules, como me contaron la semana pasada, cuando me enteraron acerca del viaje.

Esta mañana había cogido el bus resignado a ser devuelto a mi casa por los Blueys. La ciudad amanecería paralizada, debido a la famosa tormenta de polvo, según dijeron las noticieros locales y los periódicos de todo el mundo en el Internet. A pesar de la sobrecarga de estudio me arriesgué a perder la ida hasta Balmain. Como estudiante internacional sólo estaba autorizado para laborar veinte horas semanales, no podía, por lo tanto, darme el lujo de rechazar la propuesta de los Blueys de ir un par de días extras al mes a desyerbar  el jardín y limpiar los zócalos de la casa. En el bus, de camino a la ciudad, me venció la fatiga acumulada de la semana, me quedé dormido contra la ventanilla y con la cabeza apoyada en la estorbosa bolsa en la que llevaba el almuerzo.

Al despertarme descubrí que la autopista estaba llena de carros, como cualquier otro día; nos pasaron, veloces, todas las camionetas de los pintores de brocha gorda, uno tras otro dejamos atrás los pequeños carros atareados con baldes y escobas en los cuales se transportaban los obreros independientes de la limpieza doméstica. Entramos a la ciudad parejo con el camión de unos obreros de construcción, como siempre iban fumando y bebiendo café, el chofer, además, manejaba como por inercia, sin producir un solo gesto.

En cuestión de minutos apareció el puente Harbour repleto de automóviles, nítido, claro, como un premio ante mis ojos adormilados y mi cuello torturado por la sanduchera y el peso del termo. Sydney amanecía tan limpia y activa como la había dejado la noche anterior después de clase. Con alegría interpreté la visión del puente, incluyendo el afanado metro que pasó por debajo como un riel de luz, como la señal benévola de que la tormenta no era grave. Me frote la cara, me sentía motivado para un largo día de trabajo y algunas horas de estudio por la noche.

Repuesto con la siesta me bajé del bus, me adentré en las estrechas callecitas de Balmain con optimismo.

Sin embargo, todo cambió en cuestión de minutos, la brisa se transformó en un viento huracanado, era húmedo, tibio, olía a tierra reseca y revuelta. El cielo rojo y plomizo se vino en caída libre sobre la ciudad. Decepcionado apreté la boca, apuré el paso por la estrecha calle de adoquines y altas paredes de rocas prehistóricas. El polvo ensuciaba ya las copas revueltas de los árboles más altos. El viento seguía en aumento, calentándose, haciéndose arenoso. Soplaba parejo, como una catarata salvaje.

Yo marchaba con los ojos semicerrados, desesperado por llegar adonde los Blueys antes de que me llamaran para cancelarme el día; el cielo seguía desfondado, ahora estaba a escasos cinco o seis metros de altura, sentí el cansancio acumulado de las largas jornadas de estudio y las cortas noches de sueño durante las pasadas semanas de exámenes parciales, venía con el brazo rendido de cargar el embarazoso fiambre, se me metía la arena por la nariz: me dio rabia, lo confieso, me provocó incluso botar la comida, la voleé con todas mis fuerzas pero no me atrevía a soltarla; de repente, en un descuido, mientras maldecía a los profesores de la maestría por no considerar mi esfuerzo y a la oficina de inmigración por hacerme tan difíciles y caras las cosas, el sánduche y el termo del agua se me soltaron, la bolsa voló como una piedra directo contra el parabrisas de un Alfa Romeo deportivo nuevecito, el vidrio se desastilló de arriba abajo y de lado a lado, la imagen fue especialmente nítida y clara, reveladora, una señal como lo había sido muchas otras a lo largo de mi vida, no la olvidaría aunque el señor Blueys me había dicho que señales no había, que eran cosas de algo llamado la memoria afectiva, parte del instinto animal de supervivencia. El hecho fue que la alarma del convertible se activó automáticamente, eché a correr olvidándome del cansancio, la sed y la tormenta. Mientras el tibio polvo comenzaba a cubrir los tejados de hojalata de Balmain, yo únicamente tenía cabeza para buscar la ruta más corta y segura hasta la casa de los Blueys.

Con el ruido de la alarma del carro a mi espaldas, el barrio era un laberinto en medio del polvo seco y rojo, desesperado doblé por una calle en bajada, la calle estaba convertida en un túnel de arena pegajosa, la calle me llevó hasta unas escaleras de piedra oscuras y forradas de flores verdes y helechos gigantes, trepé los desiguales peldaños. Seguía corriendo. Salí en unas ruinas desde donde se divisaba la ciudad, no corrí más, sentía las pantorrillas a punto de reventarse y acelerado el pecho, como pude me recosté en la endeble baranda del acantilado. En alguna parte, junto a la pacífica orilla, debía estar la casa de los Blueys, la busqué; el polvo rojo de la tormenta seguía descendiendo sobre el puente Harbour, le faltaba comerse no más las bases de ladrillo, encima del agua; al otro lado de la explanada ubiqué finalmente la reja del jardín de los Blueys, pensé en los Blueys, al señor Blueys me lo imaginé sentado con el control remoto en la mano, viendo el noticiero. El peso tibio de la tormenta sopló a mis espaldas; el aire rojo me cubrió, todo se hizo rojo, arena roja, la boca me sabía a tierra mucho más que antes, asustado de nuevo reemprendí la carrera, bajé de dos en dos las escaleras del acantilado, corrí por la orilla.

No paré hasta llegar a la casita de los Blueys. Cuando iba a tocar me abrió la señora Blueys, que salía, llevaba la frente perfectamente adornada con el lunar rojo que se pinta con esa extraña tinta aromática. Me tranquilizó su sonrisa serena. “Estaba pensando en usted, joven”. “¿Y va a salir?” “A entregar la casa, el mundo no se va quedar quieto por una tormenta de arena, no es la primera vez que pasa ni será la última”. Le di la razón con un benévolo gesto de mi angustiada mirada. Ella sonrió, me sentí a salvo.

Los estridentes sonidos de la caja que el señor Blueys llenaba ahora con vasos y platos de la alacena dorada indicaban que él atendía con seriedad al visitante. “¿Nadie más vio lo que vi yo?, eso me faltaba, que me estuviera volviendo ciego”. “Más o menos, señor Blueys, los vecinos coinciden en que la tormenta de arena se desató realmente con una aparición, allá arriba, en la planicie donde quedaba el instituto mental de aborígenes; todos vieron al hombre delgado que usted también vio, dice haberlo visto aparecerse de la nada, por un instante, dijeron todos, parecía que se iba a lanzar al agua, pero nadie lo vio tirarse”. “¿Y si buscan en el mar?” “Alguien lo vio desintegrarse cuando la tormenta se asentó por completo sobre la tierra, me encargaron reconstruir minuciosamente los hechos, por eso estoy aquí, y para hacerlo necesito su declaración, señor Blueys”.

Por supuesto me vacíe por dentro al oír esto, me volví de hielo, como sería que sentí tibias las alhajas de oro de la señora Blueys. No temía por lo del costoso parabrisas,  había sido un accidente, el problema era que me descubrirían trabajando ilegalmente, delito que en un estudiante se penalizaba con la anulación automática de la visa.

“Dijeron que era un aborigen, que arrastraba pegada a la espalda la tormenta, como si fuera su cobija”. “Lo único que vi fue a alguien guarecerse, pero no podría describirlo, ni vi ninguna cobija”. “Nadie más lo vio perderse como lo hizo usted, es una lástima que abandone el país pasado mañana, señor Blueys”. “Debería alegrarse por mí, este es un país muy costoso para un extranjero desempleado”.

El señor Blueys rompió su silencia, después de unos segundos quieto durante los cuales me sentí frente a frente con él:
“Ahora que lo pienso, no estoy tan seguro de nada, lo pude haber imaginado, llevó dos semanas muy difíciles, me he sentido en una burbuja; en veinticinco meses nunca había escuchado un avión volar sobre Balmain; hoy, en cambio, me despertó el trueno de un jumbo,  en vez del romántico silbido del ferry”. “El viento cambió y tuvieron que desviar los aviones, el aeropuerto y el puerto están cerrados, la policía costera patrulla la bahía”. Yo, en el segundo piso, seguía pasmado, quería bajar y explicarlo todo, pero no arriesgarme a ser expulsado del país.

“Mi esposa dormía. Mientras me sentaba en la cama, creí realmente que el tiempo estaba retrocediendo o que, al menos, me había ido a otro lugar: el aroma granuloso del ambiente me hacía sentirme en mi país. Salí del trance abriendo la ventana”.
La tormenta no disminuía. Escuché que el caminado impertinente del visitante sonreía con él. No sabía que el caminado de las personas también sonreía cuando estas lo hacían, jadeaba si ellas jadeaban y se perturbaba cuando ellas lo estaban, como el señor Blueys a quien percibía perturbado por la manera de inquieta de caminar.

“Supongo señor Blueys que asfixiado con el olor a tierra seca corrió desesperado hasta la ventana”. “Caminé, yo ya no corro”.

En tanto hablaban, me imaginé al señor Blueys con los ojos abiertos, como los abría cuando no le entendía bien. Él estaba pensando en mi, lo supe porque su imagen no se me quitaba de la mente por más que quería concentrarme sólo en las palabras del visitante.

“No es lo mismo correr que caminar”. “Por eso, quería dec…” “Ojala lo fuera, cuando llegue a los sesenta y dos años lo va a aceptar sin preocuparse”. Yo escuchaba atento, de un momento a otro la conversación podía volverse en mí contra.

“Supongo que se paró aquí donde estoy yo, que miró por la vidriera, como lo estoy haciendo yo”. El señor Blueys terminó de empacar la caja, la cerró con parcimonia, escribió luego algo, el sonido era el de un marcador grueso. Suspiró, estaba muy interesado en la conversación. Yo sudaba. “Nunca dije que me asfixie, ni que vi huir a nadie.” El señor Blueys enmudeció el televisor, apretando decidido el botón del control remoto. “Era un poco más de las siete, la luz en esta época es muy débil todavía y, créamelo, escasamente podría acordarme de los colores de las pastillas que tomé con el desayuno hace veinte minutos, antes de nos encontráramos en la calle”. Caminó rengo, hablaba del mismo modo. “No podría decirle sin tener que hacer memoria qué fue lo que empaqué en esta caja que acabé de cerrar”.

“Con la importancia hoy en día de Balmain, será una gran noticia, no sólo en la otra costa del país, sino en Londres y Singapur también”. “Ya vengo”, dijo el señor Blues. Empinado para no hacer mucho ruido, corrí hasta la ventana del frente, vi al señor Blueys salir en medio de la pesada corriente de polvo, puso la caja junto a las otras, miró la estrecha callecita llena de lujosos carros cubiertos de arena, se tapó la nariz con la otra mano. Regresó. Cerró la puerta con la misma torpeza que había subido los tres escalones, se defendía de la tormenta con su pesada mano de uñas largas, fuertes y limpias.

Lo oí cruzar el estrecho corredor, el ritmo de su pasos declaraba lo decepcionado que estaba de los nuevos habitantes de Balmain, en menos de tres o cuatro años el barrio se quedaría sin quien lo defendiera de las franquicias y las multinacionales, lo decía sus pesados pies de elefante al caminar en la madera. Regresarían, entonces, Starbucks y Subway, y hasta entrarían a competir con los bares locales y las artesanales cantinas los baratísimos pero químicos productos de McDonald’s. En la sala se quedó quieto, le cambió el semblante. Lo intuí. Miraba de frente al otro, maldiciendo con sus grandes ojos negros contra la globalización.

“Según entiendo este barrio dejó de ser importante desde que los precios de los arriendos echaron a los socialistas que habían comprado a los sindicalistas sus pequeñas casas de obreros y mineros emigrantes. Nos instalamos aquí porque quedaba cerca de la universidad y nos acordaba de la vida de barrio en nuestro país, siete años en las aulas norteamericanas me dejaron harto de la vida de suburbio, hastiado de las recetas fáciles y exactas de los restaurantes de cadena, decepcionado de las explotadoras multinacionales y sus famosas marcas para ignorantes”. El otro dio la espalda, se aguantaba la risa; el señor Blueys se saboreó la boca, había hablado con sinceridad.

 “Señor Blueys, no se olvide de la pequeña playa, la cual será arrebatada al taller de ferrys, no lo digo yo, a mi me pagan por observar y preguntar, tomar nota y contar después todo lo que sé, la hipótesis es de los de propiedad raíz, será la siguiente manera de valorizar la zona, tiene sentido, desde aquí se ve el puente Harbour y la Casa de la Opera, la gente paga por el punto”. “En todas partes, joven, se paga por la ubicación”.

Yo sonríe arriba, cautivado por la coherencia del señor Blueys, me sentí, eso sí, ridículo con mis tenis Puma, mi camiseta Puma, mi billetera de marca Puma. Si el visitante hubiera sido alguien más intuitivo, habría deducido que en la casa había alguien más a parte del señor Blueys. Pero emocionado habló de largo:
“Estas casitas, aunque apeñuscadas y desniveladas, tienen su encanto, por algo sus cocinas y muros de ladrillos de arena están en las fotos de todos los turistas que visitan la ciudad”. “Desde el sesenta y ocho cuando las feministas se revelaron”. “No sé por qué, pero es la única zona donde la tormenta entró como un fenómeno sobre natural”. “Es una cuestión geográfica, además la persona que vi esta mañana, mientras comenzaba la tormenta, pudo ser cualquiera, en vez del fantasma del ancestral aborigen de las tierras rojas que vieron los vecinos”.

Con estas palabras volví a enfriarme por dentro, a sentirme, y seguramente lucir, angustiado; estaba paralizado junto a la ventana, el señor Blueys continuó:
“Pensé que era un día de verano en primavera, ya había sucedido otras veces; después que se trataba del incendio tenebroso de algún bosque cercano, alarmado salí a la calle, pero no vi nada raro, a un lado de la puerta descubrí el periódico, estaba rojo, comprendí, entonces, que el penetrante y engorroso aroma que me incomodaba al respirar no era el de las cenizas de ningún bosque nativo en llamas, sino el de la tierra árida y estéril que el viento arrastraba desde el lago Eyre”.

El visitante quería interrumpir, el señor Blueys no lo dejo:
“Ya en la casa boté el empaque del periódico, me lave las manos, bebí agua de la canilla, quería matar el sabor a tierra que sentía en la garganta; puse a hervir el agua para el té, el periódico estaba lleno de promociones aéreas, de cursos acelerados en todo tipo de proyectos empresariales y, por supuesto, de ofertas y baratijas chinas; lo dejé para más tarde; caminé hasta la ventana donde usted está, el polvo seguía bajando; aunque era encantador, yo tenía cosas que hacer; lo admito, no me importó, por un segundo en el cual trastabillé como si hubiera salido de un agujero negro, en ese momento descubrí que alguien estaba allá, como perdido, en medio de la tormenta”.

El visitante estaba completamente transportado por las palabras del señor Blueys, yo me acerque a la escaleras, para escuchar mejor. “¿Y él lo vio a usted?”, preguntó el visitante. El señor Blueys siguió hablando de largo, no le importó la pregunta: “El polvo se estaba colando por el postigo, y cerré dando vuelta a la manivela. Alcé la cabeza, justo cuando la bruma borraba al sujeto ese, en lo alto de la escalinatas azulosas de las ruinas del sanatorio, y lo vi irse escalera abajo”.

Alguien tocó a la puerta de los Blueys, una vez, duro y terminante.

“Bueno son las nueve en punto y eso deben ser los primeros clientes, lo siento, le dije que sólo tenía un minuto”. “Le molestaría que enviara alguien del periódico para tomar unas fotos desde aquí, es un linda vista de la bahía y de las ruinas del antiguo instituto de salud mental”, dijo para descanso mío el visitante, y emprendió la salida. “¿Está sólo?”, preguntó al pasar frente a las escaleras; tal vez mi felicidad, a pesar de que yo intenté no dar señales de vida hasta el final, se notaba en el ambiente, por algún gesto minúsculo de mi parte que el periodista percibió de manera inconciente. “Está bien”, dijo a secas el señor Blueys mientras la manera en que guiaba al reportero le decía que no se olvidara de que ellos, los Blueys, se irían del país el fin de semana. “¿Cuánta gente espera con esta tormenta?” “De los antiguos habitantes del barrio, a todos, es gente muy cívica; mañana el cielo volverá a ser azul, ya vera, joven”. El visitante abrió la puerta, ambos salieron. Yo espiaba por la ventana. El periodista se fue. Se perdió en el remolino de polvo rojo.

Efectivamente, el pequeño rectángulo de helechos gigantes y enredaderas blancas y perfumadas parecía una tienda de antigüedades. La señora Rose y otras de las vecinas curioseaban la ropa usada y los adornos que la señora Blueys había dejado cubiertos con  plásticos transparentes antes de irse, llevaban mascaras para protegerse de la tormenta.

  

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