inicioinicio
crónicacrónica
carta robadacarta robada
artesartes
relatorelato
deportesdeportes
libroslibros
ensayoensayo
postalespostales
pie de fotopie de foto
disco rayadodisco rayado
cómiccómic


 
relato
La Puerta del Cielo Minimizar

La excursión a un salto sagrado en Capurgana, convierte a nuestro invitado de este número en un cronista de Indias; un turista con camisa de hotel y cantimplora envenenada, en busca de una epifanía, puede hacer que su trayecto en tracción animal sea digno de las travesías del gran Dante.
Estará con nosotros José Gabriel Baena, que ha bautizado sus columnas Humo veloz, que tiene un programa de Rock en la emisora de la U.N radio, llamado Rayadura Alzhaimer, que publicó su última novela O sea bajo el sello editorial Hipertextum, que ha trabajado como piloto de pruebas en la Biblioteca Pública Piloto de Medellín desde hace unos siglos.
Ustedes comenzaran el camino de su mano y seguro irán hasta el gran salto, hasta “La puerta del cielo”.
 


Jaime A. Ramírez

Por: José Gabriel Baena
UNO:

La Guardiana de la Puerta del Cielo

(Esta primera parte contiene algunos ingredientes de una historia que me contó Restrepo, un guía antioqueño del Hotel Árabe de Capurganá, Chocó. El relato completo describe una de sus tantas excursiones al monte, con un grupo de turistas, a un lugar llamado “La Puerta del Cielo”, nombre seguramente dado por él, que es un pícaro de siete suelas, porque, como verán, el paseo no se mueve propiamente por un sendero de beatitudes. El infeliz protagonista y redactor se ha permitido añadirle algunos detalles “paisajístico-bucólicos”, para ofrecer al lector una más adecuada composición y profundidad de campo). 
 
Jaime A. RamírezNos habíamos sentado en la acera de una casuchita en una calle lateral del pueblo, a la espera de las bestias. Marranitos de todos los colores circulaban por entre el pantano, gatos, niños. Lagartijas negras en los árboles. Al poco rato se oyó un tropel de cascos, y por la esquina apareció al trote un grupo de mulas, caballos, casi todos flaquísimos, ¡señores!, ¡qué pandilla de Rocinantes!, que se detuvo mansamente junto a nosotros. Detrás de ellos venía arriándolos su dueño, el carnicero del pueblo. Yo, en mi natural suavidad de intelectual ciudadano, estaba muy ansioso. No me había montado nunca a un caballo de verdad, a una “bestia”, excepto alguna vez, hacía cerca de cuarenta años, en el antiguo Boulevard de la Independencia. Pero aquella ocasión había sido en burro, que mi mamá llevaba pacientemente del cabestro, la foto debe de estar en algún álbum. La verdad, ahora tenía un susto el hijueputa. Todos eligieron su animal, y yo, de último, le dije al zumbón de Restrepo que me diera al más manso de todos, “ese chiquito”, le dije, “¿una mula, tal vez?”, pero que si me la amarraba a otro de los caballos para no tener que “manejar”. “Qué va”, respondió el hombre, “váyase usted manejando que eso es pilao, no es sinó que mueva la cuerdita pa la izquierda o la derecha cuando quiera voltiar, y el resto del camino se va quietecito, sin hacer nada, con la rienda suelta. Y cuando la mula se le ponga trotadora y le dé miedo, párese en los estribos y la jala bien duro, y ella se le pone otra vez tranquila, ¿listo?”. Resignado, me subí a la mula como pude, con la ayuda de Restrepo. El morral con el brandy adentro, amarrado al arzón. Todos partieron como si nada, eran expertos jinetes, y mi mula ahí quietecita. ¿Cómo hacer que arrancara? Ya todos estaban dando vuelta a la esquina, muertos de la risa. Se había decidido de tácita manera que yo iba a ser el rey de burlas del paseo. Restrepo se devolvió entonces y le dio un fuetazo a la mula, con lo que arrancó a un trote miedosísimo, yo le gritaba a Restrepo que parara ese animal, que me quería bajar, que yo me iba a pie, pero el malparido estaba muerto de la risa y sólo me gritaba a su vez, “¡párese en los estribos y jálela duro!”. Bueno, la cosa funcionaba a ratos, pero había un problema del carajo: la mula marchaba, cosa rara, con la cabeza volteada todo el tiempo hacia la derecha, aun con la rienda suelta seguía en esa posición, con lo cual su malhadado jinete adoptaba a su vez una torcida manera sobre la silla, debía de ser un espectáculo conmovedor. “¡Enderézcase, enderézcase o se cae, cuidado con los estribos!”, me gritaba Restrepo, todos seguían partidos de las carcajadas, maldita sea, yo por qué me habré venido a esta mierda de paseo, pensaba en mis pensamientos, cada vez más lúgubres y oscuros. Resulta que la mula que me había dado Restrepo era tuerta del ojo derecho, no veía ni culo por ahí, y por eso se desplazaba con tan singular torcimiento. Restrepo lo había hecho para joderme, carajo. Pero las cosas empeoraron hasta lo inimaginable. Apenas yendo por el caminito paralelo a la “pista” del aeropuerto, se largó un aguacero chocoano de los mil demonios. Repentino, había venido sobre nosotros un enorme nubarrón negro que en segundos se descargó implacable. Toneladas de lluvia. Los demás, habiéndose descubierto que la mula se quedaba más tranquila cuando iba adelante del grupo, compasivos pero más que todo temiendo que me accidentara, habían dejado que me fuera, pues, a la cabeza. Con lo cual la marcha de la caravana, por supuesto, se redujo a velocidad cuasi-cero, para impaciencia de los otros, que iban, no lo había dicho, todos de a caballo grande.

Yo era el Sancho de la historia, el tonto de la mula, “The fool on the donkey”, me acordaba de la canción de los Beatles acerca del loco en la colina, una de las más bellas, aquella del pobre hombre que en lo alto de la montaña, quietecito, ve pasar el mundo tejiendo la ronda de sus días. ¿Por qué no podía yo cambiarme de puesto con el protagonista de esa historia? Ese recuerdo me consoló un poquito, me puse a canturrearla para ver si la mula se ponía bien mansa, pero nada, señores. El aguacero seguía cayendo, lluvia caliente por fortuna, pero que escasamente dejaba ver el camino, espesa, vaporosa, mis gafas estaban empañadas por el agua, por el sudor, por mi propia evaporación, me estaba desintegrando segundo a segundo, los putos lentes se me resbalaban, si se me caían se perderían en esas ciénagas, una de las señoras en efecto las perdió, Restrepo se devolvió en medio de ese diluvio pero no pudo encontrarlas, pero cómo, si los avezados jinetes ya estaban maldiciendo imagínense como iría el relator, el purgatorio existe, amigos, yo iba pasando por ahí, puedo expedirles el certificado, al fin logré quitarme las gafas y guardarlas con dificultad en el bolsillo de las bermudas, ya pude ver mejor. Ni pensar en sacar el brandy del morral, que estaba muy bien amarrado, tendría que emplear las dos manos y soltar la rienda, imposible, sería el final, La Caída, “joven escritor perece en el Chocó, pisoteado por bestias”, vaya, un fin ideal para mi disoluta carrera, “se lo tenía merecido, ya no tenía remedio, el trago y el vicio no llevan sino a esas cosas, que midiós lo considere”, etcétera, dirían en los funerales las mamás de mis tres únicos amigos (para colmo todos poetas, esto es, alcohólicos). Media hora bajo el diluvio, maldición, yo me había resignado a no volver, sucumbiría impunemente en la manigua, quizá me enterraran bajo una enorme ceiba, sin una cruz, sin un signo, nada, dirían ellos en el pueblo que me había dado por devolverme y que me había perdido, naturalmente el Hotel no se hacía responsable de los actos de huéspedes drogados y borrachos, expedirían una declaración, blabablá, patatín, caso cerrado. Llovió cincuenta minutos, mierda, y de pronto, tal como había empezado, la lluvia se fue y empezó a alumbrar tremendo Jaramillo, vale decir, un sol del putas, sin transición, del agua del diluvio al sol de los volcanes: si sobrevivíamos, al caer la noche íbamos a estar todos con bronconeumonía, de todos modos mis huesos se iban a quedar en el Chocó, estaba escrito ya en el Sagrado Libro de Alá, ¡la chimba!, eso me pasaba por haberme ido de temporada a un Hotel Árabe, eso decían en el folleto, “lujosa arquitectura mozárabe de la Costa Brava española”, quizá todo se trataba de una conspiración para exterminar infieles. Pero bueno, la cosa mejoraba, ahora íbamos como chimpancésmicos mojados por en medio de la pura selvita, selvita chocoana de baja vegetación que poco a poco se iba elevando, en la magnitud de sus árboles, mientras subíamos a la montaña. Ya todos estaban muy concentrados en sus animales y en su marcha, tenían que estar muy atentos, cada cinco minutos se cruzaba un riachuelo transparente, provocaba bajarse y quedarse allí para siempre, flotando en las mansas aguas, pero no, Restrepo no quería que nadie se detuviera, había que subir y bajar cañadas, roquedales, la mula había seguido sola, muy decente, ya no torcía la cabeza la muy mañosa, empecé a despreocuparme, sólo me agarraba muy bien del arzón, y seguía sudando a mares.

José SanínLlegamos por fin a una especie de tambo en medio del bosque, había otros cuatro jinetes que habían salido más temprano, ya habían ido a la Cascada, al “Cielo”, como decía el plan de la excursión, y se disponían a partir después de haberse tomado una cerveza. ¡Pero por poco no me bajan de la mula! No me había dado cuenta pero tenía las piernas completamente encalambradas, rígidas, como una herradura gigante. Ahí me bajaron por fin como pudieron, estaba además temblando, seguramente había sudado todas mis vitaminas, minerales, calcio, potasio, hierro, complejo B, además de todo el brandy, el vodka y el tequila de las últimas semanas, tenía el sistema totalmente descompensado. Un guiñapo humano. Síntomas perfectos del drogadicto en su cuarto acolchonado de rehabilitación, síndrome gravísimo de abstinencia repentina de droga, necesitaba con urgencia un trago, muchos tragos, Restrepo abrió el morral y me pasó la botellita, me pegué a ella con el anhelo de los agonizantes a su último vaso de agua, a su última Hostia. La Extremaunción. El temblor se me fue pasando. Me recosté en una larga banca de madera junto al tambo. Cerré los ojos, estaba a salvo. De todo mi cuerpo brotaban columnitas de vapor que, contra el sol, contra el monte, formaban un perfecto arcoiris. ¿Estaba alucinando o alguien más lo vería? Pero todos estaban ocupados en sus cosas, ahora teníamos que ir quebrada arriba, trepando por el agua, por entre rocas resbaladizas. “Carajo, Restrepo, ¿quién fue el pendejo que le puso el nombre de Puerta del Cielo a esta mierda?, ¿no serías vos gran hijueputa?” Restrepo se reía. Lo peor estaba por venir. Quince minutos arriba, llegamos a una cerrazón de la quebrada. Dos paredes de rocas muy altas formaban un cañón de escaso un metro de ancho por entre el cual el agua circulaba, muy oscura y profunda, miedosa, todo estaba muy gris ahora, los árboles muy altos no dejaban pasar el sol. Había que atravesar por allí para llegar a la Cascada. “Esta es la Puerta del Cielo”, anunció, solemne, Restrepo. “El agua se lo traga a uno hasta los hombros, tenemos que ir muy despacio, pegados a las paredes. Si ven una serpiente se quedan muy quietecitos, que ellas son muy mansas, sólo vienen a saludarme y se van. Ya me conocen porque yo vengo aquí dos veces por semana. Tranquilos, tranquilos”. Yo que le oigo decir a Restrepo la palabra “serpiente” y ahí sí que me cago del pánico. El corazón me iba a mil. Pero, si había llegado hasta aquí, por qué no seguir hasta el fin. Además, Restrepo se la había pasado todo el camino contando unas mentiras magníficas de sus pasadas excursiones, historias inverosímiles con otros clientes que me hubieran hecho partir de la risa si no hubiera estado en las que estaba. Lo de las serpientes debía de ser una exageración. Por si las moscas, decidí ir de primero detrás de Restrepo. Todos debíamos ir con las manos en alto, con una sosteniendo el morral o las cámaras, había uno que llevaba una de vídeo, más encartado que un putas, y con la otra teniéndonos de la pared. Restrepo empezó a sumergirse. El cañón medía unos veinte metros de largo, todos estábamos en silencio, carajo, atravesando la maldita “Puerta del Cielo”, yo pensaba en rituales de iniciación, en ceremonias aztecas, en términos litúrgicos, pero de qué le vale a uno ser un intelectualito de pacotilla en este tipo de situaciones. En efecto, a los tres o cuatro pasos el agua ya nos llegaba a los hombros, casi nos tragaba, Restrepo avanzaba con serenidad y de pronto se quedó parado. Miró hacia atrás y nos hizo señas de detenernos también. Por primera vez, vi un destello de preocupación en sus ojos. El pelo se me erizó. Me dieron unas horribles ganas de vomitar. Supongo que estaba completamente blanco, con una palidez fúnebre. A los demás, contaron después, les había pasado lo mismo. Olía a una extraña mezcla de flores podridas, a hongos alucinógenos, a un intenso perfume maléfico, a menstruación de bruja. Tempus detenido. “¡Ay Señora Doña María Madre de Nuestro Señor Don Jesucristo!, Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores, ahora y en la hora…”, recuerdo que recé. Y entonces la vimos: por la oscura pared de rocas a la izquierda, desde el fondo del cañón, venía deslizándose una tremenda serpiente, blanca, negra, gris, parsimoniosa, mirándonos. Si Restrepo estaba paralizado, imagínense ustedes la dimensión de nuestra quietud. La serpiente, enorme, de unos siete metros, pasó lentamente mirando a Restrepo y luego se dirigió hacia mí. No me explicaba, en mi cerebro más primitivo, en mi silla turca, cómo la serpiente lograba deslizarse sobre esa pared mojada, lisa, apenas sin grietas ni irregularidades dónde apoyarse. Fue un instante sagrado aquel cuando Ella pasó a mi lado, mirándome con su par de ojillos demoníacos, con su lengua de tres puntas moviéndose terrorífica en el aire vacío, no había oxígeno, sólo el aroma de la muerte, Ella con ganas de detenerse y abalanzarse sobre mi cabeza. Podría haberme tragado de una sola dentellada. Ya no sentí ni frío ni calor. Me invadió una paz infinita. Dicen que, en su maravillosa misericordia, el Señor de los Mundos ha dispuesto extraños mecanismos de una especie de anestesia general, de embobamiento, de placidez en los animales y en el hombre cuando son atacados por otras grandes criaturas y aceptan que irremediablemente van a ser devorados, en el eterno ciclo de la vida, la muerte, el renacer. Y ahí estaba yo, en éxtasis total, en catalepsia, aceptando el Destino.

“Házme tuyo, Señora de las Serpientes, y llévame a tu Caverna, y permíteme, en tu Vientre, ser de nuevo heces y tierra, semilla y hoja, flor, y después gota de lluvia e hijo del Viento”, recité por dentro. Pero Ella pasó de largo, indiferente a mi poética y patética plegaria. No tuve fuerzas para mirar hacia atrás, para ver que sucedía con los otros. Restrepo sí estaba mirando, con los ojos tremendamente abiertos. Éramos cinco los excursionistas. No sé cuánto duró el extraño trance ni cómo fue que llegamos al otro lado. Se me borró la cinta de este tramo. Sin darnos cuenta, estábamos ya en un claro del monte donde se abría al fondo una altísima cascada. “Estamos en El Cielo, muchachos, cómo les pareció la Anaconda que es amiga mía, qué hermosura, ¿cierto? ¿No les dije que ellas venían a saludarme?” Entonces todos estallamos, al unísono, en una sarta de insultos a Restrepo que no creo que se le olviden nunca en la vida. Una de las mujeres estaba vomitando. Yo tenía unas horribles ganas de cagar, pero del susto de meterme al monte preferí aguantarme. Y entonces remató Restrepo: “Es mejor que no sigan vomitando, ni tampoco se les ocurra dar del cuerpo porque a las culebras no les gusta que les ensucien sus territorios. Ni siquiera el tigre se atreve a hacer sus cochinaditas por aquí”. Me tomé a mil el resto del brandy que había en la botella. ¿Qué carajos había sido aquello? ¿Quizá lo habíamos imaginado? Restrepo, en el camino, nos había advertido de la Anaconda, viejísima, como de cien años, que vivía en una cueva a orillas de la quebrada. ¿Había sido ésta?, pregunté. “No, –dijo Restrepo -esta es una hija o nieta de ella. Y les digo una cosa, mi verdá pa Dios: ¡No nos cogió de milagro! Cuando las serpientes huelen así es porque tienen ganas de atacar y con ese perfume paralizan a las víctimas. ¿Saben qué? Filmen ya lo que vayan a filmar y nos vamos por un atajo por encima de la cascada. Ella puede venir en cualquier momento y de pronto no viene sola. A veces se mueven de a dos o de a tres”. Con sólo decir esto Restrepo, decidimos que nos íbamos ya, en estampida, el de la cámara de vídeo dijo que no tenía más cinta, que mejor nos fuéramos, yo más que nadie quería largarme del maldito lugar, “Puerta del Cielo o Puerta del Infierno” o lo que fuera, lo que contaba era volver al mundo. Trepamos por unas cuerdas dispuestas para los turistas por la pared de la cascada. Yo andaba con una fuerza sobrenatural. Trepé con la adrenalina a tope, como trapecista japonés del Circo del Sol. Arriba, un trecho más, había un enorme estanque, “tiene tres metros de hondo”, dijo Restrepo, “es mejor que nadie se meta porque este sí que les gusta a las culebras”. Ni qué más decir. Bajamos por una trocha hacia el tambo donde estaban las bestias. Después de lo sucedido, qué me importaba a mí montarme otra vez en la mulita. No sucedió nada a lo largo del camino de regreso. Yo andaba medio alucinado sin dejar de pensar en la Malparida Anaconda Sagrada. Algo ocurrió allí, estoy seguro. Puede que ese Algo me haya sucedido sólo a mí. Estoy escribiendo esta relación para dejar constancia. Al final del camino, otra vez cerca al aeropuerto, ya iba yo solo. Todos se habían adelantado. La mula había decidido regresar en velocidad de crucero. Bajo un sol de mil calderos, allá iba yo, sin camisa, Sancho medio borracho en mi mula tuerta, después de la Iniciación en quién sabe qué misterio. Eran las tres. Dejé la mula en el parque, uno de los hijos del carnicero salió a recogerme. No había nadie en la piscina del Hotel Árabe. Me sumergí, agradecido, en las benditas aguas azules. Poco después dormitaba en una de las blancas sillas de plástico. Cuando desperté, el sol se estaba perdiendo en las montañas detrás del Hotel y una medialuna verde, joder, otro signo árabe, se perfilaba en el horizonte, sobre la mar.
¿Qué me depararía la tierna noche?

DOS:

Un perplejo en la playa

La luna estaba verde, verde, y los tigres y los búhos despertaban en la selva superverde. Ya las gaviotas y los pájaros de presa se habían acostado, a un poca distancia de la playa los pescadores del lugar habían anclado sus botecitos. Me paseaba despacio por la arena, entre palmeras y almendros enormes. No había nadie. Fumaba. ¿Qué hacía yo aquí, en medio de la selva, a mil leguas de la tan mentada civilización? Por la mañana, el avión había despegado de la ponzoñosa ciudad de M., ganando muy pronto altura sobre las últimas estribaciones de la cordillera occidental y volando luego a más baja altura sobre el extenso valle del Cauca. ¡Qué desolación! Cadenitas y cadenitas de montañas que hace quinientos años debieron ser muy fértiles, eran ahora sólo desiertos, yermos, entre las cuales corrían minúsculas cintas verdes que debían de albergar alguna quebrada miserable. Los conquistadores y colonizadores españoles, primero, y luego varias generaciones de campesinos criollos, se habían encargado de secar la tierra, ya buscando oro en los ríos y quebradas, ya tumbando el monte para sacar leña. Desastre total, irrecuperable. Los techos de las casitas brillaban al sol, en grupos a veces, a veces muy solas, a la vera de caminos que quién sabe dónde arrancaban y dónde terminaban. ¿Dónde conseguirían la comida esos campesinos? ¿Acaso comían tierra? ¿Acaso mierda? El yermo se extendió por centenares de kilómetros. Cuarenta minutos de desierto y luego, bendito sea Dios, empezó a verse de nuevo el verde, lo que se adivinaba como la inmensa planicie de Urabá, el contraste total. Todas las gamas del verde hasta el azul en multitud de haciendas y parcelas, ríos y cañadas y piscinas microscópicas. Carreteritas cruzando el inmenso territorio. Al oeste, allá lejos, el majestuoso Atrato saludó a los escasos pasajeros del avioncito.

Enfilamos rumbo al noroeste, siguiendo los meandros del río y sus afluentes, el inmenso delta, los prodigiosos colores generados por el encuentro entre el poderoso río y el oscuro, pesado océano del Golfo. Se atisbaban allá abajo los enormes cargueros que llegan cargados de armas y de contrabando, y luego se van atiborrados de droga y de banano, hacia el Caribe, New Orléans, Jamaica. Estábamos llegando. El avión empezó a descender rápido, siguiendo de nuevo las curvas del mar, el piloto parecía hacer gala de su habilidad, y de pronto apareció el pueblito, minúsculo, cincuenta casitas, en una amplia bahía de un azul turco-esmeralda: Capurganá. La pista de aterrizaje estaba casi en la mitad de la población. El piloto hizo un giro extraño, brusco, sobrepasó la montaña y, de pronto, cruzándola de nuevo, de regreso, ya estábamos en picada hacia la pista, tenía que ser una maniobra muy veloz, tocamos tierra en un instante, y se aplicaron a fondo los frenos, de tal manera que en menos de cien metros ya estábamos deteniéndonos ante una hilera de construcciones: “Aeropuerto Narciza Navas, Bienvenidos a Capurganá”. Nos esperaba un delegado del Hotel Árabe. “¿Nos vamos a pie, o en taxi?” -preguntó. “¿A cuánto estamos?” –preguntó una señora con un niño. “A unos quince minutos” -dijo el hombre. “Pues en taxi”, -dijo la mujer. “Con este calor, en taxi” –dije yo también. El taxi resultó ser una carretilla de bestia, como las que todavía transportan ladrillo y otras cargas en M., acondicionada con seis silletas de plástico y espuma. Un verdadero lujo. En Capurganá no hay automóviles ni motocicletas, sólo bicicletas, carromatos, mulas, caballitos, burros. Y muchos gatos y pocos perros. Nos fuimos por un caminito miserable, lleno de pantano, cruzamos dos quebradas, el pobre caballito hacía lo que podía para no hacer quedar mal al conductor, atravesamos dos burdos puentecillos de madera que amenazaban derrumbarse bajo nuestro peso, las ruedas de la carretilla pasaban a milímetros de los bordes, hábilmente esquivados por el hombre y la bestia. “Estos son los magníficos puentes que nos obsequió el Presidente de la República en su mandato: este costó diez millones y el otro diecisiete”, decía burlándose el tipo del Hotel. Llegamos. El Hotel Árabe era una misteriosa mole blanca de varios torreones, en efecto de estilo “árabe” o morisco, cuya aparición en medio de la selva, en medio de las primitivas cabañas, debió de haber causado en su época una tremenda impresión entre los nativos. Imaginarse la cantidad de billete que invirtió quién sabe  quién en esa empresa fitzcarraldina. Había una piscina, una torrecita de dos pisos que hacía de restaurante. Me tocó en la más alta de las moles, el cuarto 303 con vista a la playa. La señora del niño, con su pareja, muy jóvenes, se alojaron en la 404. Una segunda luna de miel, supuse. Pobrecillos. ¿Qué les ofrecería el destino hacia el año 2030, cuando nuestro desgraciado país estuviera gobernado por la última dictadura marxista-leninista del Universo? Después del almuerzo -la sopa de pescado, el inevitable pescado con yuca, ya lo suponía- y de la siesta, para huir del insoportable vallenato que sonaba en la piscina, me puse unas bermudas y me fui a la playa. En el morral, cigarrillos y la media de brandy. El olor a mar, a yodo, a intensidad, me golpeó de una: ¿Qué mierdas hago solo en esta playa? No era que la respuesta me fuera desconocida del todo, quizá cincuenta por ciento sí, el otro cincuenta no, he caminado por la vida sin hacerme demasiadas preguntas, bamboleándome entre uno que otro empleo en entidades culturales, en universidades, bibliotecas, un diario de la ciudad.

Soy lo que llaman ahora “un periodista y gestor cultural”, y mi vida amorosa o afectiva o sentimental, lo que ustedes quieran, había también fluctuado entre los habituales naufragios, naturales en un sujeto que se acerca a los cincuenta. Una ex – mujer con dos hijos que andaba ahora viviendo en la USA con sus hermanas, un par de amantazgos sin fortuna, por supuesto arruinados por mi asombrosa “incapacidad de decisión”, un triángulo ligeramente interesante y, desde hacía unos años, nada. La vida masturbadora usual entre los solterones a los que se les ha olvidado, por la falta de costumbre, cómo seducir a una mujer, la visita mensual a las chicas malas, etc. Me las había arreglado, sin embargo, para escribir y publicar, en un espacio de diez años, un abominable libro de poemas y tres novelitas en ediciones de 500 ejemplares cada una, que regalaba a quien me preguntaba por esos pecadillos literarios. Resultado: tres artículos sobre esos libros en la prensa local o universitaria, algunos José Sanincondenatorios de la “inmadurez peterpaniana del autor”, uno que decía que una de las novelas estaba entre las cinco más importantes publicadas en M. en el siglo XX. Y pare de contar. En la Infame Ciudad de M. ni los poetas ni los críticos ni siquiera los novelistas son capaces de escribir sobre las obras de sus amigos, dando como resultado que los comentarios sobre cada nuevo trabajo sólo se muevan de boca en boca, en los correvediles de bares y cafés, en los cocteles, en las inauguraciones “plásticas”. En mi último empleo como curador en la sala de arte de la Universidad XYZ, había dado toda la lora del mundo accediendo a colgar los cuadros “demodé” de una serie de artistas locales, famosos en los setentas, cuya obra ya a nadie interesaba. “El retorno de las momias vivientes”, había calificado una periodista, para colmo amiga mía, esa serie de cuatro exposiciones. El desastre. Ni un solo cuadro vendido, y los cuatro jinetes de la decadencia llamándome a insultarme todos los días. Renuncié. Mi pobre y santa madre, que hace un año había entregado su alma al Señor, nos había dejado a los tres hermanos una herencia que, si no considerable, nos permitiría a cada uno vivir con holgura por un buen tiempo. Después ya se vería. De pronto me dí cuenta de que estaba muy, muy cansado, de que no veía el mar desde 1989, cuando me encontraba en Cartagena “cubriendo” el Festival de Cine, justo en los días en que mataron en un avión a Pizarro, el jefe guerrillero del M-19. Llamé a la redacción del diario en M. a sugerir que titularan: “Asesinado en el cielo”. No me hicieron caso. Los jefes de redacción son siempre los periodistas más imbéciles. Por algo los ponen allí. ¡Qué días tan lejanos y tan imposibles! ¡Tantos crímenes! Y toda el agua y toda la sangre que habían corrido bajo los puentes desde entonces. ¡Y todo lo que falta por correr! Entonces, ahora, decidí venirme al mar, a ver que veía (este tipo de construcciones parecen débiles pero hay que ver lo que encierran), y héme aquí, pensando que pienso, tratando de darme una respuesta a mi pregunta: ¿Qué mierdas hago aquí, solo? Me había demorado cantidades para llegar hasta este punto, pero ahora lo veo todo más claro, con más precisión: necesitaba que el malparido mar me cogiera y me revolcara contra la arena, me restregara contra las piedras, me arrollara contra los pedrejones de la orilla, me sacara sangre por boca y nariz y rodillas y codos y me dijera, me gritara: “¡Grandísimo hijodepúta! (así, con tilde en la ú), es hora de que cojas tu cruz y la sigas, naciste para escribir sobre los malestares y grandezas y bajezas de tu época, y no te vas a seguir escudando en esa maricona cantinela de que “ya cumplí mi misión y me voy para un monasterio”, “ya no soy capaz de seducir a una mujer”, “estoy muy viejo y cansado y enfermo”, “la literatura es un arte moribundo”. ¡Escribe, marica, escribe!”. Así me hablaba la voz del Tentador aquel atardecer en la playa, yo no quería escucharlo ni saber nada de literatura, sólo quería convertirme en un monje franciscano suelto, sólo estar dormido y borracho, bajo las estrellas, como Zorba el Griego, sin que ningún pelele, ni siquiera Él, el Mar, viniera a pedirme cuentas. Pero Él, el Mar, estaba de una belleza conmovedora, de una seducción fantástica. Empecé a recordar pasajes de dos libros muy extraños que me había traído para leer en el hotel, y de pronto caí en cuenta de que a partir de allí podría iniciar una nueva relación con la abominable literatura, si me diera la gana: “La vida sexual de Catherine M.”, de Catherine Millet, destacada intelectual y critica de arte en Francia, cincuentona, y “Shangai Baby”, de Wei Hui, una joven china de Shangai, de apenas 30 años. Dos mil millones de años luz separaban el contenido de estas dos novelas, a lo que se agregaba un libro más, de una escritora antioqueña, ya entrada en la madurez, también girando sobre sexo y amores, como los otros. Tenía que presentar este último libro la semana que venía, en una biblioteca de la ciudad. Los tres libros eran radicalmente diferentes: el de Millet, una desenfrenada relación de su vida corporal, fría, precisa, cirujánica y sin sentimientos, treinta mil amantes en treinta años, sin una pizca de afecto, sin un “te amo”, una formidable máquina literaria de “perversiones” en el sentido cristiano. Una novela sólo posible de escribir en Francia. El de Wei Hui, una encantadora y dramática narración sobre amores y sexo y droga y rock duro (lo que más te gusta, nene) en la Shangai de los años noventa, plena de detalles, de inteligencia, de brillantez, de explosiones de júbilo y tristeza en la gran ciudad industrial del este de China. Y “Los días ajenos”, de Emma Lucía A., la antioqueña, una novela anclada entre principios del siglo XX y los días actuales: romanticismo a la antigua, cartas de los abuelos, enfermedad, locura y muerte, por un lado, y el triste retrato de “un amor actual”, con borracho antioqueño a bordo, matrimonio infeliz (el marido parece maricón), infidelidad, abandonos. La novela francesa termina, a la posmoderna, de cualquier manera. Las dos últimas, con preguntas muy femeninas y muy importantes: la china: “Sí, ¿quién soy?, ¿quién soy yo?”, y la antioqueña: “Me iba. ¿Qué importaba a dónde?”. Conecté las dos preguntas con la mía, menos literaria, más prosaica: “¿Qué mierdas hago solo en esta playa?”.

Sabía que había empezado a responderme.  La sombra sobre mis ojos se desvanecía. Encendí otro cigarrillo. Al fondo del monstruoso mar, sobre la línea del horizonte, se había iniciado la formación de una maravillosa tormenta. Un nubarrón de varios kilómetros empezaba a descargar millones de litros de agua en varios frentes, como se ve en esos documentales norteamericanos sobre tornados, huracanes, tifones y otros fenómenos devastadores y criminales que me interesan mucho. Los truenos retumbaban a lado y lado de la bahía. Estupendísmos relámpagos como flashes cósmicos fotografiaban la escena. Por la punta derecha de la península aparecieron las lucecitas rojas de posición de un barco que, sin duda, iba a verse en apuros. Navegaba hacia el norte, hacia Cabo Tiburón, hacia Panamá, hacia las islas de filibusteros en las Antillas, hacia quién sabe dónde. De seguro un barco de contrabandistas de adorable catadura. ¡Cómo sería escaparse en ese barco y no volver nunca, nunca! “La tormenta está muy fuerte”, pensé, “tal vez el barco venga a refugiarse en el muelle”. Me iría hasta allá, le diría al capitán Flint, así se llamaría, y tendría por supuesto una pata de palo: “Señor Flint, tome mis últimos 500 dólares y lléveme a la Cochinchina. Soy un tremendo cocinero. Le pagaré con mi trabajo”. Vana esperanza. Mientras las descargas desde el nubarrón se hacían más uniformes, formando una sólida cortina, como una aterradora catarata de varios kilómetros, el barquito siguió avanzando, impertérrito, con rumbo fijo. No perdí de vista sus lucecitas parpadeantes hasta que dobló por el otro cabo, al norte. Ahora la tormenta se venía sobre la playa con una fuerza descomunal. Intenté prender un cigarrillo pero el viento agotó mis últimos fósforos. Me tomé otro trago de brandy y me fui para el hotel, feliz. Mañana sería otro día. Nos habían dicho en la recepción que nos iríamos en paseo a caballo a “la Puerta del Cielo”, una cascada de ensueño montaña arriba, en la selva. Prometía ser una jornada interesante. 

Alejandra Higuita


  

Debate Minimizar
 

comments powered by Disqus


 
             

 

inicioinicio
crónicacrónica
carta robadacarta robada
artesartes
relatorelato
deportesdeportes
libroslibros
ensayoensayo
postalespostales
pie de fotopie de foto
disco rayadodisco rayado
cómiccómic

colmillo@rabodeaji.com. www.rabodeaji.com 2007 ©. Todos los derechos reservados

DotNetNuke Powered!